Carta para Julia

Jolgorio ante merecida presea

Rafael Robles de Benito
Foto ‘La Jornada’ / Archivo
La Jornada Maya

Miércoles 6 de diciembre, 2017

Mi queridísima Julia:

Quizá no lo recuerdes, pero hace años me dijiste, palabras más, palabras menos, que empecé a conocer, lo que hoy día sabemos, sobre los primeros libros de texto gratuitos, aquéllos que tenían en la portada una alegoría morena de la madre patria, envuelta en los colores de la bandera mexicana.

Llevas algo que ya no es frecuente, ni reconocido: la Patria dentro del corazón, como muchos de nosotros. Sé que esto se oye cursi y no me importa. No me importa porque también sé que desde aquellas primeras lecturas conservas a la prima Águeda y a la Suave Patria, de Ramón López Velarde; al Sapito Glo, Glo, Glo, de José Sebastián Tallón. También de entonces recordarás la cálida poesía de Carlos Pellicer. Creo que aquí hay muchas de las claves que te llevaron al fin a la selva Lacandona.

Asimismo, avizoro que en ti hay elementos que trascienden la selva de Chiapas. Para empezar, eres “La Maestra”. Así se te conoce (y lo sabes) en muchos grupos empeñados en proteger la riqueza natural mexicana. Te llaman maestra por mucho más de lo que entraña tu labor académica. Eres maestra porque muestras un camino, un sitio a dónde ir y la posibilidad de elegir rumbos para alcanzarlo. Eres maestra también porque late por tus venas nuestra alma mater, la UNAM, donde estudiamos y donde has contribuido a formar a muchos jóvenes, que hoy engrosan las filas de la conservación, investigación y generación de información acerca de los recursos naturales.

Pocos, creo yo, han hablado acerca de tu mirada, límpida y dulcísima; de la generosidad con que compartes lo que sabes y lo que tienes; de la solidaridad que profesas cada día o de la honestidad implacable que conduce tus acciones. A riesgo de que se me tilde de cursi, quiero dejar constancia, en blanco y negro, de que estos rasgos forman parte y substancia de quién eres.

Durante los mejores años de la gestión ambiental mexicana tuve la fortuna, qué digo fortuna, el privilegio, de trabajar contigo. Fui testigo entonces de tu tesón incansable, tu hondo compromiso con la conservación del patrimonio natural de nuestro país y de la empatía con que siempre te aproximas a las circunstancias del otro, sea quien sea y venga de donde venga.

Cuando supe que te iban a otorgar la medalla Belisario Domínguez, me sumé al jolgorio generalizado que se desató en las “redes sociales”. A lo largo de estos días, ha ido creciendo en mí la sensación de que ese entusiasmo y algarabía son más cosa nuestra, de quienes te queremos, que tuya. A ti, eso de los premios y medallas no te hace demasiada mella. No obstante, déjanos festejarlo. De alguna manera, quienes compartimos mucho de tu manera de pensar, tu apego a México y tu gozosa forma de ponerte en el entorno natural, sentimos no solamente que te mereces de veras la presea, sino que además, al recibirla, nos salpicas un tantito de honra.

Sobra decirte que hay por ahí quienes vociferan señalando que no mereces tal reconocimiento. Al fin y al cabo, ni que fueras “monedita de oro”. En tu afán por avanzar en la conservación de las riquezas naturales mexicanas y por detener, o al menos abatir, el deterioro del ambiente has pisado más de un callo: siempre hay intereses a corto plazo y aspiraciones de acumulación de bienes y dinero que se oponen ciegamente a cualquier esfuerzo que los limite, así sea en aras de superior interés público. Sé que es un lugar común, pero esas voces, Julia, son las de los perros que le ladran a Rocinante. Lo sabes, desde luego, y sigues cabalgando.

Por hoy, querida Julia, no te digo más, sólo te abrazo. Lo haré en persona, cuando nos encontremos por ahí. Enhorabuena.