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Rafael Robles de Benito
Foto: Carlos Ramos Mamahua
La Jornada Maya

Miércoles 10 de enero, 2018

En el marco de su acuerdo por la sustentabilidad de la península de Yucatán, los tres estados que integran esta región de México se han comprometido a alcanzar una tasa neta de deforestación cero para el año 2030. Esto implica también lograr una disminución muy significativa en las emisiones de gases de efecto invernadero en estas entidades. Desde luego, las emisiones continuarán, y algunas de ellas tendrán a incrementarse, de manera que cabe preguntarse si basta con abatir la deforestación para contribuir a la mitigación de los efectos del cambio climático. Hecha a un lado por el momento esta discusión, hay que reconocer que la meta propuesta por los tres gobiernos estatales es loable.

Para saber si se alcanza esa ambiciosa meta y medirla en términos de carbono secuestrado en los diferentes tipos de vegetación que se encuentran en el territorio peninsular, hay que hacer cuentas. Muchas cuentas, y muy complejas. Aunque reportar las hectáreas cubiertas por selvas, manglares, dunas costeras, sabanas y demás tipos de vegetación puede resultar un buen indicador, no es más que eso, un indicador. Lo cierto es que tendríamos que ser capaces de medir cuando menos las toneladas de carbono presente en la vegetación viva y en pie, en la hojarasca y demás material vegetativo muerto, y en los primeros horizontes del suelo.

También habría que incorporar a estas cuentas, restándolo al carbono capturado, el emitido en forma de bióxido a la atmósfera por las diversas actividades humanas. Quizá nos encontraremos entonces con que abatir la deforestación no es más que un gesto, insuficiente para disminuir de manera significativa las emisiones de gases de efecto invernadero que exacerban el cambio climático.

Supongamos entonces que se logra evitar del todo la deforestación neta en la península. ¿Cuál será la cuenta final de las emisiones de las actividades realizadas en la región? ¿Se secuestrará más carbono del que se emite? No pretendo en estos breves párrafos agotar el análisis de este asunto; pero sí quisiera dejar puestas sobre la mesa tres propuestas para la reflexión:

Primero, hay quienes consideran, sobre todo en el estado de Campeche, que se puede producir carbón vegetal de manera sustentable. Tendrán que demostrar que la utilización de este combustible en un tiempo determinado, emite menos carbono a la atmósfera del que se captura en los bosques donde se evita la deforestación. Si las cuentas se inclinan del lado de las emisiones, entonces no se puede considerar sustentable la producción de carbón vegetal en un escenario en el que se pretenden mitigar los efectos del cambio climático.

En segundo lugar, las comunidades rurales de la región continúan utilizando leña como el principal combustible doméstico. Aunque es cierto que el uso de la leña no genera nada parecido a la deforestación, también lo es el hecho de que contribuye con números rojos a las cuentas del carbono, ya que significa una emisión casi continua de gases a la atmósfera. De un tiempo a la fecha, se han hecho diversos esfuerzos por introducir el uso de estufas “ahorradoras”, o “ecológicas” en la región. Más allá de discutir si estos esfuerzos han logrado o no un éxito relevante en la introducción de esta tecnología entre las familias campesinas, a veces parece que se trata un poco de tapar el sol con un dedo: se quema menos leña, pero se sigue quemando leña. Tendríamos que preguntarnos cómo calentar el hogar y preparar los alimentos sin generar emisiones, si es que nos interesa de veras adaptarnos a un planeta sujeto a un cambio climático de alcance global.

Y tercero, y más importante, el fuego sigue siendo una herramienta agropecuaria fundamental para las actividades productivas en la región. No se usa únicamente en la milpa tradicional, sino también en el manejo de potreros, en la zafra azucarera, y en el cambio de uso del suelo, cuando se pretende substituir la selva por algún monocultivo. Más allá de la prevención y combate de los incendios forestales, nadie parece encontrarse particularmente preocupado por este tema. Es más, tenemos incluso un nutrido marco jurídico que legitima la utilización del fuego como herramienta para los trabajos del campo, de manera que mientras nos esforzamos por abatir las emisiones de bióxido de carbono a la atmósfera, con presupuestos exiguos y decrecientes, alentamos las quemas agropecuarias, dotamos de permisos a los productores para llevarlas a cabo, les dictamos protocolos para que las efectúen eficazmente y les ponemos incluso fechas para que se realicen en los mejores momentos posibles para garantizar una combustión adecuada.

Parece un panorama dibujado por Franz Kafka o Lewis Carroll. No podremos presumir de estar avanzando hacia la adaptación al cambio climático, si no nos tomamos en serio la necesidad de modificar las actividades productivas en el campo, de manera que no requieran fuego para funcionar satisfactoriamente, esto por supuesto tendrá que atravesar por derogar las leyes, reglamentos y normas que permiten el uso del fuego. De otra manera, al final del día, estaremos jugando tímidamente a enfrentar el cambio climático, sin comprometernos a encararlo cambiando la forma en que llevamos a cabo las actividades productivas que más contribuyen a él.


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