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Texto y foto: Sasil Sánchez Chan
La Jornada Maya

Jueves 21 de febrero, 2019

En el mundo existen muchas formas de resistencia cultural, encaminadas a conservar nuestra identidad como mayas. Una de ellas es mantener nuestra lengua materna indeleble en el mapa lingüístico de un mundo empeñado en imponer sus propios valores sociales, idioma y cultura como parte de una colonización económica.

Ante el peligro que muchas lenguas maternas enfrentan a causa de ese vertiginoso avance que tienen las formas de comunicarnos, generadas por el Internet y las redes sociales, la Asamblea General de la ONU decretó el 2019 como Año Internacional de la Lengua Materna, con el objetivo de visibilizar e impulsar el habla de los pueblos originarios del mundo.

Con la nobleza que caracteriza este tipo de declaraciones de buena voluntad, los hablantes de los idiomas originarios, que son casi 7 millones de personas tan sólo en México, tendrán la oportunidad de que el arropamiento que harán las instituciones oficiales se convierta en programas, proyectos e iniciativas de ley encaminadas en mostrarle al mundo la importancia de las lenguas indígenas.

La declaratoria de la Asamblea General tiene como eje primordial reiterarle al mundo que la diversidad de lenguas originarias existe, pues son el presente de millones de personas, y así lograr que su promoción se convierta en una oportunidad de construir un proyecto que verdaderamente trascienda y abone al impulso de los idiomas indígenas en cualquier medio posible. La labor entonces debe recaer en los organismos oficiales, sí, pero también en los no oficiales, en los promotores de la lengua, en las asociaciones civiles y, principalmente, en los hablantes de sus respectivas lenguas originarias, para que sean ellos quienes marquen la pauta de cómo y desde dónde ocurre la vida de las lenguas y pueblos originarios.

[b]Raíz en el corazón de la identidad[/b]

En el caso particular del maayat’aan, esta es la segunda lengua indígena más hablada en México, debajo del náhuatl, lo cual no sólo es un indicador de la enorme vigencia que tiene, sino que también demuestra una vitalidad y dinamismo incontenible. Este idioma no sólo ha logrado crecer en sus formas de representar la realidad para incluir en ella desde los grandes avances tecnológicos, médicos o científicos, también mantiene su raíz en el corazón de la identidad de un pueblo que persiste pese al dominio férreo de un sistema que celebra su existencia sólo en los actos oficiales y en fechas estipuladas.

Hablar una lengua indígena significa concebir al mundo desde la palabra, desde su esencia y su razón, como una forma de existir desde el pensamiento y la voz. Quienes lo hacemos enunciamos desde la raíz misma de la palabra, entendiendo que en ella se encuentran contenidos siglos de historia, de identidad; cada frase representa enseñanzas de generaciones, conocimientos que caminan, viven y renacen de una voz a otra.

El mundo que construimos los hablantes de lenguas originarias cuando las letras empiezan a retumbar en el paladar son nuestra voluntad de estar aquí, de exigir el derecho que tenemos a existir y pensar desde nuestra realidad.

Al crecer con el sonido de una lengua indígena, el mundo se mira con ojos de aquello que se aterriza en un todo cultural, que ha construido su realidad con la piel de sus padres, de sus abuelas. Pero a su vez, también se aprende a escuchar cómo cada palabra ha caminado hasta transformarse en otro pensamiento; cómo el idioma cambia, cómo van quedando atrás algunos elementos y cómo se incorporan otros para hacer de nuevo que los componentes del mundo existan dentro de nosotros.

Por eso hablar desde nuestra lengua es resistir, alzar la voz ante la sordera de los sistemas oficiales, expresarnos para permanecer entre los vivos.

Mirar hacia otros horizontes, llevar la lengua más allá de la voz, plasmarla, implica volver al inicio, pues desde tiempos remotos, el idioma tuvo un significado a partir de la palabra: se escribió.

Evolucionar con el tiempo, desde las estelas hasta la era digital, ha provocado que establezcamos un sistema de comunicación no sólo por la vía oral, sino también por la escrita, pues escribir significa habitar, estar, permanecer.

Necesitamos ser visibles con todas sus letras, con la palabra, con sus colores y sonidos. Es fundamental leernos en maayat’aan, tanto en un significado literal, como en ese verbo que implica dejar un legado que, posiblemente, será la historia del futuro de un idioma que hoy está vivo.


*Lingüista yucateca, editora de la página en maya de este diario, [i]K'iintsil[/i], quien participará en el conversatorio del 22 de febrero a las 9 horas en el Gran Museo del Mundo Maya.

[i]Mérida, Yucatán[/i]
[b][email protected][/b]

Consulta la versión en maya, [a=https://www.lajornadamaya.mx/2019-02-21/T---aane----u-chiikulal-ti----yano---oni---]aquí[/a].


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