Texto y foto: Notimex
La Jornada Maya

México
Martes 25 de junio, 2019

Sus cuerpos inertes yacen boca abajo sobre el agua. Ellos no tendrían que estar ahí. Nadie debería partir así. La muerte de niños y niñas migrantes que siguen un sueño que no les pertenece, es una tragedia que aún no conoce las palabras precisas.

El agua, el recurso natural que preserva la vida, cobró su último suspiro. Ayer, se llamó Aylan, hoy Valeria, mañana quién sabe. Lo único cierto es que esto se volverá a repetir. La migración de adultos y menores es una historia sin fin.

En 2015 su muerte conmocionó al mundo. Aylan Kurdi, de dos años de edad, fue un migrante sirio que falleció ahogado al naufragar el barco en el que viajaba por el mar Mediterráneo, luego de escapar junto a su padre de la guerra en Siria.

La imagen de Aylan jamás será olvidada. Arrastrado por las olas del mar, el pequeño cuerpo yace boca abajo en la orilla de la playa de Bodrum, en Turquía. El sueño de paz de su familia se esfumó. La guerra terminó con la naciente vida de Aylan.

Ayer, al otro lado del mundo, la historia se repitió. Valeria Martínez, de un año y 11 meses, murió ahogada en el cauce del río Bravo. La fotografía de la niña salvadoreña al lado de su padre, ambos boca abajo, es una metáfora de lo poco que importa este problema en el mundo.

A escasos kilómetros de donde las víctimas intentaron cruzar a pie el río Bravo por Matamoros, Tamaulipas, quedó entre la devoradora vegetación y un par de latas vacías de cerveza, los anhelos de un padre y la sonrisa de una hija. El sueño americano para los suyos, se disolvió. El hambre acabó con la incipiente vida de Valeria.

El color rojo, tonalidad con la que estaban teñidas la camisa y el short de Aylan y Valeria, respectivamente, es una fatal casualidad. La sangre, por desgracia, no deja ni dejará la migración.

La fotografía de Aylan ahora tendrá una desgarradora compañera, la imagen de Valeria y su padre. Ambas no dejarán olvidar lo que ocurrió y de eso se encargan los miles de usuarios y más de cien medios de comunicación alrededor del mundo que retomaron la foto y la historia de la infante.

Aylan, Valeria y miles de menores más deberían reír, disfrutar, aprender. Ni ellos, ni ningún migrante tendrían que tener su último aliento sobre el vital líquido que debería dar vida, no arrebatarla.

Nadie debería ser víctima de las malas decisiones de sus gobernantes, de la guerra, el hambre y los sueños rotos. Sueños que, además, ni siquiera son propios.


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