Opinión
José Díaz Cervera
17/08/2026 | Mérida, Yucatán
Recibir y ofrecer. Estar abierto al mundo. Tener intimidad entre las bondades de la luz. Ofrendar nuestro corazón al acto sublime de confiar. Proclamar la inutilidad ontológica de los espejos. Proponer el encuentro, construir un refugio, refundar la plenitud: abrazar es la única verdad para el “nosotros”.
Si tú me abrazas, me devuelves la voz.
Si tú me abrazas, me recuerdas mi nombre.
Si tú me abrazas, dejó de ser apenas la mitad de lo que soy.
He pensado mucho en el abrazo como una fuerza cósmica; recuerdo a mi hijo Rodrigo de año y medio abriéndome los brazos cuando me acercaba: ¿instinto?, ¿necesidad?, ¿impulso natural del corazón humano?, ¿reflejo condicionado?, ¿milagro?
Contrariamente a lo que sucede con los besos (recordemos el pasaje de Judas), el abrazo no miente, lo que nos habla —para bien o para mal— de su radical honestidad: no se puede abrazar con repugnancia, no se puede abrazar con animadversión, no es posible un abrazo indiferente: el abrazo acusa los contenidos del corazón y es también el acto de la más plena generosidad.
Uno puede pulsar el egoísmo de alguien cuando observa su forma de abrazar: el abrazo desnuda el estigma del siniestro o del perverso y exhibe la condición de su alma mutilada.
Tendríamos que desarrollar una socio-poética del abrazo para reconocer el lugar que ocupa entre los meandros de la economía de mercado. Tal vez deberíamos preguntarnos si los libertarios tienen capacidad para abrazar a alguien.
El egoísta abraza con absoluta ineptitud y el reaccionario lo hace con absoluta incompetencia.
El abrazo certifica nuestra mutilación emocional y ontológica, tal y como lo refirió Platón en “El banquete”: el abrazo es nostalgia, artesanía y promesa.
La triste economía de mercado ha cambiado los abrazos por el oropel de una envoltura y nos ha dejado solamente los muñones para cargar las cajas luminosas de una emoción de utilería donde nos festejamos por contrato. Poco a poco nos hemos ido olvidando del abrazo y nos crecen las alergias y la desconfianza ante la obligación de competir y de mirar en “el otro” una amenaza.
Tal vez, entonces, el mayor acto subversivo que podríamos instrumentar es el de salir a la calle y abrazar a todos aquellos que encontremos; sólo así redescubriríamos nuestra vocación humana y entenderíamos la importancia de la solidaridad.
Sería absurdo proponer un “Día del abrazo”. Pero tal vez deberíamos comenzar por implementar, como parte de nuestra rutina, el abrazo espontáneo con quienes vivimos o con quienes trabajamos.
Instrumentar la cultura del abrazo es uno de los mayores retos que cualquier sociedad puede plantearse para la conquista de la salud mental, del bienestar emocional y del desarrollo del sentido comunitario. Un mal día puede ser luminoso si damos un abrazo o lo recibimos, pues dejamos a un lado las pesadumbres del “yo” para disfrutar las delicias del “nosotros”.
A fin de cuentas, abrazar es construir humanidad.
Edición: Ana Ordaz