Fatimah

Leer los tiempos

José Ramón Enríquez
La Jornada Maya

Miércoles 18 de diciembre, 2019

Fatimah (Alfaguara, 2019), de Maruan Soto Antaki, es una inesperada novela laberinto, llena de recodos abiertos a nuevos caminos que exigen no sólo retomar una y otra vez la lectura, sino buscar atentamente en otras fuentes lo mucho que se ignora sobre historias ancestrales, para volver al punto del extravío, en apariencia mínimo pero en realidad fundamental.

Después de Clandestino, novela publicada por Maruan Soto Antaki que viajaba entre diversas geografías, por el mundo de las izquierdas, desde la Guerra Civil española hasta nuestros días, podría esperarse la novela de su saga materna: el mundo persa. Sin dejar de narrarla, Fatimah va mucho más allá y nos hace cruzar umbrales insospechados para el lector común, como yo puedo ser.

El personaje central de la novela es un californiano hijo de iraníes, esto es de persas, que tras separarse de su pareja ha visitado México para dar tiempo a que ella empaque cosas y culmine el doloroso ritual de las separaciones. Tras un tiempo vuelve a casa, sin aviso, y debe cruzar, por Tijuana, el puente sobre el Río Bravo que separa México de su vecino del norte. Ese limbo lleno de latinos asustados en busca del sueño americano o de estadunidenses que regresan de la borrachera y demás excesos del desenfreno inventado para que dejen sus dólares entre las suciedades físicas y morales de su “back yard”.

El personaje no cuenta con la nueva ley inventada por el racismo trumpiano, “muslim ban”, orden ejecutiva para la Protección de la Nación contra la Entrada de Terroristas Extranjeros en Estados Unidos, que a lo largo de la novela le hará conocer el rostro implacable del terrorismo de Estado.

Mushin Najafi es el protagonista. La agente Marwani, antagonista y el agente Pirsing, testigo, ambos encargados de interrogarlo en un cubículo desde el cual pueden distinguirse otros rostros con miedo de indocumentados latinos o simples sospechosos de serlo.

En principio podría parecer la típica ignorancia del policía gringo ante cuanto respecta a otras culturas pero el que una de las agentes sea de origen árabe abre la maquiavélica posibilidad de aquel refrán: “para que la cuña apriete ha de ser del mismo palo”.

La dialéctica del interrogatorio cruel, excesiva en apariencia, incluso innecesaria, permite al autor explicar, en primer término, que los iraníes son persas, no árabes, y que los padres de Mushin Najafi salieron de Irán rumbo a California desde los tiempos del Shah Reza Pahlevi, mucho antes de Al Qaeda y la yihad islámica. Todo esto que va tomando por sorpresa tanto al agente Pirsing como a mí como lector desinformado, no conmueve en absoluto a la agente Marwani.

Ante las cada vez mayores sorpresas de agentes y lectores como yo, se establece que, en realidad, el conflicto entre protagonista y antagonista será entre persa y árabe. Crece también la importancia de que la madre de Marjafin lleve el nombre de Fatimah, la hija amada de Mahoma, el profeta, cuya historia es leída de distintas maneras por los chiíes y los suníes, y significa una fuente más de discrepancias en el Islam.

Como no puede ser de otra manera, ese nombre da título a la última novela de Maruan Soto Antaki, nacido en la Ciudad de México en 1976. Serio y atinado comentarista político, es un especialista en los asuntos de Oriente Medio. Hijo de la antropóloga siria Ikram Antaki y de un militante comunista mexicano, “heredó una idea y se obsesionó con ella, “sólo existen dos temas en el mundo; lo que sucede adentro y lo que pasa afuera; lo público y lo privado. El mundo y el alma. A partir de ellos se acerca a la literatura, todo lo demás parte de ahí”.

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