Después de un año de demoras y meses de dudas derivadas de la pandemia del coronavirus, llegan finalmente unos Juegos de Verano como nunca se habían visto. Serán Olímpicos, pero de otra categoría.
No habrá aficionados en Tokio (sí se permitirán algunos en las sedes fuera de la capital). Coinciden con un rebrote del Covid-19 en un país en el que poca gente ha sido vacunada. Los deportistas y demás miembros de las delegaciones estarán confinados a una burbuja, bajo amenaza de ser deportados si se salen de ella. Personal del gobierno y aplicaciones tratarán de seguir cada paso de todos los visitantes. La venta de alcohol está prohibida o limitada. Brillarán por su ausencia los intercambios culturales que le dan ambiente a la justa.
Mientras tanto, los casos positivos en atletas siguen.
Un tercer deportista en la Villa Olímpica en Tokio dio positivo a coronavirus, luego que la delegación de la República Checa reportó el caso de un miembro de su equipo de voleibol de playa que pudiera perderse los primeros partidos.
Ondřej Perušič no estaría en el encuentro inicial del lunes luego que una prueba PCR confirmó su infección.
Kara Eaker, una suplente en el equipo de gimnasia de Estados Unidos, también resultó contagiada en un campo de entrenamiento en Japón.
Al Fong, el entrenador personal de Eaker y de otra suplente, Leanne Wong, confirmó el resultado en un mensaje electrónico a la Associated Press. Wong dijo que Eaker, de 18 años, fue vacunada hace dos meses. Eaker y Wong fueron colocadas en aislamiento.
Desplazándose como corriente eléctrica, estará el sufrimiento causado por el Covid-19, aquí y en el resto del mundo. Todo hace pensar que serán unos juegos surrealistas, que dividirán a Japón en dos mundos. De un lado, la mayoría de los japoneses, pocos de los cuales se han vacunado y quienes se muestran en desacuerdo con la justa, no tendrá acceso al espectáculo y lo verá por televisión. Paralelamente surgirá un mundo vedado de estadios cerrados al público, deportistas de élite vacunados y legiones de periodistas, funcionarios del COI, voluntarios y personal de las delegaciones que harán lo posible por enfocarse en una competencia pensada para audiencias distantes.
Desde la postergación de los juegos hace un año, la prensa japonesa ha estado obsesionada con la justa. ¿Se llevarán al cabo realmente? ¿Si los realizan, cómo serán? Tal vez lo que más los absorbe es la idea de que haya una competencia de semejante magnitud en medio de un desastre nacional que se ha venido gestando en cámara lenta.
Desde ya, es demasiado pronto como para saber qué va a pasar con estas corrientes cruzadas durante los juegos, en los que unos 15 mil deportistas y, según algunos estimados, casi 70 mil técnicos y personal de apoyo, periodistas y otros involucrados, se insertarán en la vida de Tokio.
Edición: Ana Ordaz
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