Rodrigo Díaz Guzmán
Hace casi 500 años, la vida de una localidad portuaria de Bélgica se transformó: En agosto de 1539 la ciudad de Gante, colonia del imperio de Carlos V, se negó a pagar más impuestos de los ya acordados con el monarca; en represalia y acompañado de 5 mil soldados, éste tomo el pueblo y ejecutó a los líderes de la revuelta, no sin antes obligarlos a caminar por toda la ciudad, atados de sus cuellos por medio de una soga en humillante procesión. Desde entonces los habitantes de Gantes se autodenominan como los stropdragers o portasogas.

Tras ese episodio, y a partir del siglo XIX, la población de Gante celebra el inicio de dicha revuelta y, dejando atrás el sentimiento de derrota, se dejan llevar por las delicias de lo prohibido, del juego, o lo impúdico.

Esta celebración, considerada una de las fiestas populares más grandes de Europa, se lleva a cabo desde la tercera semana de julio. Durante 10 días, locales y turistas son atraídos por los espectáculos callejeros que animan a los presentes y recrean escenas como salidas de algún cuadro del pintor flamenco Pieter Brueghel (Bruselas, 1526-1569).

Estas alegorías permiten a los participantes sentir su festiva búsqueda por lo extraordinario, en plena victoria contra la pesadez de la cotidianidad.

En alguna época, las fiestas de Gante fueron conocidas como las Bierfeesten (fiestas de la cerveza) por el alto consumo de la bebida, sin embargo, a partir de la década de los 90, el gobierno de la ciudad decidió mejorar la imagen de las ferias elevando el nivel cultural.





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