Foto: Facebook World Baseball Classic

Hay felicidad, y luego está la felicidad venezolana. Se siente más dulce. Más ruidosa. Más profunda.

Quizá porque no llega tan a menudo. O porque ha sido reprimida por las fuerzas de seguridad y autocensurada para evitar la cárcel. O porque parece, colectiva e individualmente, inalcanzable.

Pero la nación la sintió el miércoles. Su gente lloró, gritó, bailó, se abrazó y bebió después de que la victoria de Venezuela por 3-2 sobre Estados Unidos en la final del Clásico Mundial de Beisbol la noche anterior desatara la emoción.

“No habíamos expresado esa felicidad que queremos gritar”, comentó la peluquera Deyanira Machado afuera de un salón de belleza en Caracas, la capital.

A diferencia de tantas cosas aquí, el marcador en los televisores de todo el país era definitivo. No iba a cambiar en los próximos minutos o días. No estaba sujeto a interpretación. Y jóvenes y mayores, políticamente activos o no, ricos y pobres, exhalaron tras contener la respiración durante años.

“Esa felicidad la teníamos ahí guardada porque algún día nosotros la vamos a sacar como tiene que ser, como anoche (por el martes) , y mejor que anoche”, expresó Machado.

El triunfo llegó después de dos meses vertiginosos para los venezolanos.

Comenzaron el año viendo cómo su presidente autoritario de casi 13 años, Nicolás Maduro, era sacado a escondidas en la noche por el ejército de Estados Unidos y aparecía esposado en la ciudad de Nueva York. Luego vieron a la Casa Blanca trabajar con leales al partido gobernante, no con la oposición política, para intentar enderezar el rumbo del país.

Mientras miles de venezolanos en el extranjero celebraban la caída de Maduro, aquí nadie se atrevía a expresar públicamente ni el más mínimo indicio de aprobación. La brutal represión del gobierno, particularmente después de las elecciones presidenciales de 2024, les había enseñado a contenerse de expresar hechos o emociones que pudieran considerarse antagonistas.

La presidenta interina Delcy Rodríguez declaró un “Día de júbilo nacional” después de que terminó el juego, convirtiéndolo en un feriado no laborable para todos, excepto los trabajadores esenciales. Aunque nadie necesitaba permiso para faltar al trabajo o a la escuela. Era un hecho desde el momento en que concluyó el partido y comenzó el ruido.

La gente golpeó ollas y sartenes por toda Caracas mientras un estruendo de bocinazos de autos y motocicletas se apoderaba de algunas vías. Venezolanos en plazas públicas cantaron el himno nacional con lágrimas corriéndoles por el rostro. Toda la ciudad parecía estar despierta mucho después de la medianoche. Los carritos de compra en tiendas abiertas las 24 horas se llenaron de cerveza.

La alegría sin filtros llenó las calles y las redes sociales hasta bien entrado el miércoles. 


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