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Manuel Alejandro Escoffie Duarte*
La Jornada Maya

24 de Agosto de2015

Las ciencias sociales atribuyen al ser humano un modo de pensamiento fundamentado en el empirismo y la evidencia. A esta vertiente, área de historiadores y académicos, se le conoce como el modelo paradigmático. Sin embargo, otra manera de llegar al mismo objetivo consiste en el modelo narrativo. A diferencia del primero, preocupado por la claridad y precisión de los hechos, recurre a elementos de la ficción dramática para ayudar a entender qué es lo que nos hace humanos en todo momento y lugar de la historia. Una “verdad narrativa” más que histórica. He aquí el terreno de las novelas, los poemas, los cuentos, las leyendas, y por supuesto, el cine. Oliver Stone es uno de los realizadores que con
mayor constancia se ha dedicado a la exploración del pasado mediante dicho modelo. Sus filmes acostumbran partir de figuras de la historia estadounidense para hacerlas más grandes que la vida y desafiar la percepción que se suele tener de ellas. Igual que Homero y Tolstoi, adaptan el pasado, lo simplifican y lo elevan. Seleccionan un aspecto del mismo y lo traducen en significados emocionales. Pocos ejemplos de dicho proceso resultan tan poderosos como Nixon (1995), retrato del trigésimo séptimo presidente de los Estados Unidos, que este año cumple dos décadas de haber sido recibida en salas con absoluta indiferencia por parte de críticos y de espectadores.

Cuando la vi por primera vez, mis conocimientos sobre Richard Nixon y el Watergate eran pobres. Sabía burdamente de ellos gracias a episodios de Los Simpson y Futurama. De modo que la película entró a mi vida sin expectativas. Desde entonces, agradezco que así haya sido, porque hizo posible concentrarme en el palpitar del corazón de la historia: un hombre cuya inteligencia y liderazgo fueron los factores que intervinieron en su caída. No era una simple biografía; era una tragedia en el sentido clásico de la palabra. ¡Y ocurrió de verdad! Al menos en esencia. Después de todo, hablamos de ver a Nixon con los ojos de Oliver Stone. El diablo está en los detalles.

Inmediatamente, me convertí en un [i]Nixon junkie[/i]. Leí cualquier cosa que llegase a mis manos. Vi otras películas del tema; incluso documentales. No por admirarlo, sino porque su tragedia siempre me hacía regresar a él. Pocas veces una vida encaja de manera tan conveniente con los requisitos de un drama. Era como si hubiese sido diseñada para ello.

Sin embargo, ninguna de estas variaciones logra hasta el día de hoy seguir ejerciendo ese mismo hechizo especial sobre mí. ¿Por qué? ¿Será por su estructura subjetiva y no lineal viajando en el tiempo y el espacio, de acuerdo al estado psicológico del personaje? ¿La fotografía de Robert Richardson que obedece a la misma lógica? ¿El uso eclético de formatos en 16 mm, color, blanco/negro y stock perfeccionado en JFK (1991) y llevado a su extremo en Asesinos Por Naturaleza (1994)? ¿El sombrío score de John Williams invitando a imaginar la Casa Blanca como el Xanadu de Ciudadano Kane (1941) o el Elsinore en Hamlet? ¿La titánica personificación de Anthony Hopkins en el papel titular? ¿O será la posibilidad, aunque me sienta renuente a confrontarla, de que hubiese algo de Nixon en mí? ¿O en cualquier persona? Mientras mantenga la costumbre de volver a esta película cada cierto tiempo, las preguntas seguirán acosándome. Y con suerte, lo mismo pasará con alguno de ustedes después de la primera vez.

*Maestro en Estudios Cinematográficos y Coordinador de Promoción y Difusión Cinematográfica en la Universidad Autónoma de Yucatán (UADY)


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