Fernando Camacho Servín
Foto: Marco Peláez
La Jornada Maya

Ciudad de México
Domingo 17 de mayo, 2020

Sentados en sillas de tela, en cartones o en el duro pavimento, los familiares de las personas contagiadas de COVID-19 se dedican a lo único que está en sus manos en estos casos: esperar. En los alrededores de los hospitales se les puede ver a pie firme, aguantando el calor, la lluvia o el frío, pero sobre todo la incertidumbre que hace sentir cada minuto como si fuera un mes.

Durante un recorrido hecho por [i]La Jornada[/i], en varios de los centros de salud donde se atiende a pacientes de COVID-19, fue posible conversar con algunas de las personas que han dejado su vida en pausa hasta saber cuál será la suerte de sus seres queridos.

En muchos nosocomios, las 12 de la tarde es la hora que dicta los tiempos de todo lo demás. Es a mediodía cuando las enfermeras dicen en voz alta los apellidos de los pacientes para que sus familiares pasen uno por uno a escuchar el parte médico que aguardan con una mezcla de ansiedad, esperanza y miedo.

Afuera del Hospital Xoco, al sur de la ciudad, Monserrat desarma la tienda de campaña verde que ha sido su hogar por más de una semana y la pone a orear al sol, como una tortuga boca arriba. A su alrededor, otras personas fuman, comen el guisado de pollo que alguien repartió de forma solidaria, revisan por enésima vez su celular o tratan de engañar a sus nervios con un crucigrama que no se deja resolver.

"Es un informe al día, pero hay que tener paciencia, porque a veces llegan personas a urgencias y ni modo que las dejen esperando", explica la mujer, quien desde el pasado 4 de mayo ha montado una paciente guardia afuera de este hospital. A través de sus anteojos y del cubrebocas raído que utiliza, se adivinan las ojeras tras estas noches de duermevela.

Pero el reporte de hoy es especial. Luego de escuchar a la enfermera, esta maestra de primaria regresa con lágrimas de felicidad: su mamá, de 47 años de edad, será dada de alta en breve. Como en la trinchera de una guerra donde los otros soldados se vuelven tus hermanos, recibe la sonrisa y la felicitación de los desconocidos con los que ha aprendido a compartir largas horas de optimismo y angustia.

[b]Sin regresar a la casa[/b]

"Tengo dos pequeños, pero ya llevo ocho días aquí, sin verlos, porque no sé si soy portadora asintomática y puedo llevarles el virus. Primero Dios sale mi mamá del hospital, y lo primero es hacerme la prueba para ver que soy negativa y poder regresar con tranquilidad a mi casa", planea aliviada.

Pero mientras una historia se va cerrando para una familia, una interrogante se empieza a abrir para otra. Don Francisco García, de oficio albañil, y su esposa Gloria Leal, acaban de pasar la primera de no se sabe cuántas noches afuera del Hospital General de México, en espera de que les confirmen si su hijo Francisco Javier dio positivo a la prueba de COVID-19.

Ellos y su nuera hicieron lo posible por dormir en un taxi que les prestaron. Y es que no sólo tuvieron que lidiar con la incomodidad, el frío y la duda, sino también con los [i]viene-viene[/i] que pasaron varias veces a exigirles el pago de su cuota de 40 pesos para dejarlos estacionar ahí. Pero doña Gloria tiene claro que no va a retirarse hasta saber la razón de la neumonía que sufre su muchacho.

"A mi hijo lo intubaron porque llegó con las uñas moradas y era urgente que le pusieran oxígeno. A su esposa le dijeron que por celular le iban a avisar de todo, pero, la verdad, de aquí no me voy a mover hasta que no salga", expresa la mujer, con sus ojos de cansancio, pero que tratan de fingir tranquilidad.

Mientras tanto, frente al Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias, hay también varios grupos de personas que esperan noticias de sus seres queridos. La mayoría –como casi siempre– son las madres, hermanas e hijas, y muchas de ellas vienen equipadas para todo: banquitos de plástico, gorras para cubrirse del sol, botellas de agua, cobijas para taparse del frío y pedazos de cartón que les servirán de cama.

Como suele ocurrir en estos casos, los vendedores ambulantes ven su oportunidad de hacer negocio. Por aquí se oye el pregón de quienes anuncian dos cubrebocas lavables por 15 pesos, pero también los que ofrecen tortas o frituras, que la mayoría come sin lavarse las manos, a pesar de que frente al hospital hay un tinaco gigantesco y jabón para asearse.

Eso es para las urgencias del estómago, pero también hay remedios para el espíritu necesitado de consuelo: una joven que porta una escultura de San Judas Tadeo ofrece bolsitas con "semillas de la abundancia". Más de uno las compra y se santigua con ellas, como buscando las fuerzas física y moral.

Dos jóvenes que prefieren no dar su nombre saben de eso, de los ánimos que suben y bajan, de la angustia y de la espera: su mamá está internada en el Instituto Nacional de Nutrición desde hace 15 días, sin que termine de vencer al virus, y ahora una de sus hermanas acaba de ingresar con síntomas de COVID-19.

"Somos cristianos y la oración por ellas nos ayuda mucho. Así pasamos mejor la angustia que se siente cada vez que suena el teléfono, con el pánico de que sea para darnos una mala noticia".

Edición: Emilio Gómez


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