de

del

Margarita Robleda
Foto: Notimex
La Jornada Maya

Jueves 22 de agosto, 2019

La invitación a “conectar la de pensar” que hice en el texto pasado no deja de papalotearme las neuronas. En él mencionaba que hemos perdido la capacidad de diálogo, carecemos de palabras suficientes para expresar nuestro sentir, nuestro dolor. Es entonces cuando explotamos y manifestamos nuestra ira sin importar sobre quién. Hablaba del odio con el que están azuzando a la minoría blanca en otros países y ésta, al sentirse fortalecida, vomita balas.

De la misma manera, comentaba que no tenía claro si el grupo de manifestantes del pasado 16 de agosto en la Ciudad de México decidió expresar así su reclamo o si se habían infiltrado grupos interesados en provocar el rechazo del público a las manifestantes.

Los días pasan y la información llega de varias fuentes. Curiosamente, en los medios extranjeros se habló más de lo que provocó la explosión que la tiza que pintó de colores al Ángel.

Es una pena llegar a este extremo pero, díganme, ¿cómo podemos detener el feminicidio que está sucediendo cada dos horas y media en el país?, ¿cómo reclamo y expreso mi dolor desgarrador por mis hijas y nietas violadas, abusadas, minimizadas? En Tlaxcala hay un municipio donde llegan y se distribuyen a las mujeres secuestradas ¿Alguien hace algo al respecto?

[b]La buena educación[/b]

Recuerdo que hace algunos años, en un vagón para mujeres del metrobús de la Ciudad de México, un hombre estaba sentado en un asiento. Una señora comenzó a increparlo. Le hacía ver que estaba invadiendo un espacio para mujeres. Al escucharla, comencé a sentirme incómoda. De pronto caí en cuenta de que no era por la presencia del hombre, sino que era ella y su reclamo lo que me molestaba. Entendí de que no eran en balde los 500 años de conquista y el “¿mande?” que siguen exigiendo los padres a los hijos como parte de la “buena educación”. Nos molesta que alguien reclame. Entramos en conflicto. Algo se remueve en nuestros intestinos, huesos y células. Estamos hechas para servir. Como mujeres, esa tendría que ser nuestra esencia: ver por la felicidad de los demás. No hacerlo pasa facturas cargadas de culpas.

¿Cómo tendría que ser nuestro reclamo ante el atropello?, ¿amable, gentil, educado? “Disculpe señor, es usted tan amable de no violarme. ¿Sabe? Me pongo nerviosa, luego no duermo bien, tengo pesadillas y no logro relacionarme saludablemente con mi pareja”. “Por favor, no me mate, aún tengo algunas cositas pendientes que me gustaría hacer”.

¡Ay! Los carteles de la marcha hablan con voz clara: “Seríamos más si no las hubieran matado”. “La mujer siempre pierde”. “No nací mujer para sufrir por serlo”. “¿Quién nos cuida de los policías?”. “El Feminismo no ha matado a nadie, el Machismo mata todos los días”. “Defender nuestros derechos, no es provocar”.

Sí, me dijeron: “Calladita te ves más bonita” y me lo creí. Algo se me frunce cuando veo que otra es capaz de reclamar. No creo que la violencia sea la solución, pero algo tendremos que hacer para iniciar un diálogo donde aprendamos a exponer, escuchar, exigir, proponer… aunque por hacerlo ya no sea tan bonita.

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