Aurelio Fernández F. *
Foto: Afp
La Jornada Maya

Viernes 29 de marzo, 2019

Las patrias son una monserga. Por eso me gusta aquel viejo lema de Thomas Paine de “mi patria es el mundo”, que poetas y cancioneros usan en sus composiciones y algunas personas llevan a la práctica. Creo en las grandes o pequeñas identidades colectivas proporcionales al hábitat humano que uno necesita. La petición de López Obrador para que el Vaticano y la Corona de España pidan perdón por las muchas masacres que realizaron durante la conquista de la actual América está llena de carga política, de provocación calculada y hasta de distracción a problemas más importantes, según otras voces. Todo eso es verdad, pero también lo es que de vez en cuando vale la pena exprimir, aunque envenenemos un rato nuestras almas, esta vieja purulencia subcutánea que no acaba de sanar. De hecho, la morbilidad no se resuelve porque decidamos no verla.

Cuando, de nuevo, se señala la herida, sucede lo peor. Las respuestas de españoles y españolistas a la petición presidencial contienen ese inconfundible hedor supremacista, racista y colonialista de tiempos pasados, y desataron, a su vez, reacciones nacionalistas igualmente deleznables, incluso entre aquellos que, a la hora de ofender a un compatriota, no dudan en llamarle “indio”.

Para despejar dudas, me tiré un clavado en mi biblioteca hasta encontrar un libro de texto que se usaba para una materia muy célebre impartida durante el período franquista, e incluso un tiempo después, llamada [i]Formación del Espíritu Nacional[/i]. Es una joya que merece ser recuperada en estos momentos de patrioterismo exaltado. Hay un apartado insuperable que se llama [i]El derecho de conquista[/i], dividido en varios puntos, el primero de los cuales indica que, gracias a las bulas del papa Alejandro VI, que dividieron los países conquistados entre España y Portugal, se dio al primero, y “por la gracia de dios”, gran parte de un continente, es decir, se regaló “un mundo a un príncipe cristiano, confiriéndole una autoridad absoluta sobre millones de seres vivos y sobre inmensos territorios…”. El segundo y destacable punto de aquel manual de adoctrinamiento obligatorio corresponde al “Derecho de conquista para elevar el nivel cultural”: las culturas conquistadas, se afirma, “aún la incaica y la azteca, estaban en un alto grado de barbarie” y la misión civilizatoria que pregonan sus descendientes políticos, como Pablo Casado, líder del Partido Popular, se hallaba, pues, más que justificada. Todo lo cual nos lleva al tercer punto, o la santificación del derecho de conquista, pues se trataba de “colonizar tierras deshabitadas”, en las cuales apenas podía uno “tropezar con núcleos de población”. Estos eran los argumentos de aquel temario de propaganda que se enseñó por décadas en todos los bachilleratos. Y sus autores no se olvidaron de señalar, con nombre y apellido, a todos aquellos que, tiempo ha, criticaron el despótico comportamiento de los conquistadores. Los llamaron fabricantes de “la leyenda negra contra España” y fray Bartolomé de las Casas seguía siendo, en pleno franquismo, el primero de los traidores.

Ésta era la ideología oficial que el régimen falangista transmitía a sus rehenes escolares, pero los dichos que recogió Armando G. Tejeda en su crónica madrileña de [i]La Jornada[/i], corresponden perfectamente a estas enseñanzas imperiales: les hicimos un favor al conquistarlos, les dimos lengua y cultura, acabamos con sus ídolos paganos y les llevamos al único dios verdadero, impidiendo que siguieran practicando sus salvajes sacrificios humanos, aunque en el camino acabaron con el 90 por ciento de la población, proeza genocida que concluyó en apenas 100 años. Un largo etcétera de clichés despectivos sobre la maldad de los mexicas y la bondad de los peninsulares emergió en redes sociales y entrevistas banqueteras. Lo malo es que la avalancha no fue excepción, sino regla.

Estoy seguro de que una mayoría de los españoles, y todos los que en México profesan lealtad a la corona, creen a pie juntillas esta doctrina de la hispanidad y por ello la repiten con singular frenesí; todo americano debe agradecer su existencia a la madre patria.

Naturalmente, la borrachera rojigualda trajo la resaca mexicana: desde esos pinches españoles que, encima de no bañarse, se niegan a devolver el oro y la plata que se llevaron; hasta el yo si veo a un gachupín por la calle le miento la madre y me lo madreo; o el menos visceral argumento de que la cultura de estas tierras era superior a la europea, pues aquí se inventó el cero.

A mi entender, la purulencia es mucha, demasiada. No es fácil extraerla; las generaciones presentes no la verán sanar. Creo que acierta el presidente de México al destapar la cloaca y pedir a la monarquía una disculpa. Ni la Corona ni los españolistas harán tal cosa. Si algo queda de aquel imperio donde no se ponía el sol, es la exaltada soberbia de un país venido a menos que compensa, contra sus viejas colonias, su propia irrelevancia en Europa. Atreverse a exigir elecciones a países como Venezuela sólo prueba la mezcla de soberbia y ridículo que practica el reino de España, ese peculiar régimen que paga los salarios de los curas con los impuestos de todos y se rehúsa a juzgar los crímenes de Franco o a destapar los cientos de fosas con republicanos asesinados sin miramientos. Por eso hay que recordarlo de nuevo: España es el único país donde no se hizo un ajuste de cuentas con el fascismo, a diferencia de Alemania y Japón. Por eso creo yo que los catalanistas, los independentistas de Euzkadi y las izquierdas antimonárquicas son de los pocas que comparten la exigencia de abrir el capítulo fundacional de la conquista americana: ellos también fueron víctimas de los sucesores de aquel imperio fenecido, o las tropas coloniales de África que en 1936 se levantaron contra la república española para reconquistar, a sangre y fuego, el país que estaban perdiendo.

Sin embargo, en vez de pedir perdón por sus ibéricos apellidos, como dice el impresentable de Pérez-Reverte, o pedirse perdón a sí mismo, a juicio de Vargas Llosa en el clímax de su españolismo, López Obrador podría ajustar cuentas con ese pasado colonial evitando repetir sus prácticas y abandonando los postulados económicos que han convertido nuestro país en tierra de saqueo. Podría revisar, en serio, el pensamiento indígena original y considerar al hombre como parte de la naturaleza y no a la naturaleza como insumo desechable para un crecimiento que, de momento, favorece sólo a unos pocos.

* Director de [i]La Jornada de Oriente[/i]

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