Eduardo Lliteras Sentíes
Foto: expedia
La Jornada Maya

Miércoles 13 de marzo, 2019

Cada mañana nos despertábamos con el golpeteo de los picos de los tucanes en la ventana. No había cortinas. Ni hacían falta, por ser un segundo piso que daba a un remate y andador con frondosos árboles del centro de Cancún, cuyas frondas nos protegían de las miradas indiscretas. Por la ventana, enfrente de la misma cama, se columpiaban multicolores los tucanes con su picos de arcoiris mientras mordisqueaban los frutillos del árbol que abrazaba el departamento que rentábamos.

Apenas amanecía y ese era el espectáculo que regalaba Cancún antes de salir a reportear por los incontables caminos blancos que se abrían todos los días entre la lujuriosa vegetación para edificar nuevos hoteles. Playa del Carmen era apenas un puntito enclavado entre la selva y la mar más luminosa del mundo. Se iba y venía por un estrecho camino de un carril de ida y otro de vuelta hasta Playa, donde un alcalde con su guarura empistolado daba el banderazo a la edificación de otro mega desarrollo extranjero, mientras los bulldozers aplastaban todo a su paso.

Era apenas el inicio del boom. Hablamos de hace 30 años cuando la fiebre de las playas quintanarroenses iba en ascenso y ambiciosas cadenas hoteleras se apoderaban de grandes extensiones de tierra y arena con aguas turquesas. Los prestanombres de gobernadores y políticos priístas acaparaban la parte del león; muchas fortunas estaban siendo amasadas gracias al compadrazgo del partido único con empresarios yucatecos que puntualmente salen a hacer campaña por el tricolor en cada elección.

El Dorado estaba servido, gracias a la corrupción sin límites de las autoridades de todos los niveles, dispuestas a permitir todo tipo de violación a la legislación ambiental a cambio de su mochada, en menos de una generación Quintana Roo ha entrado en declive. La voracidad ciega y la descomposición criminal desde la esfera más alta del poder, se traduce hoy, en lo que ya muchos temían: una caída en la ocupación, abaratamiento del destino y oferta por encima de la demanda.

Los expertos en el tema, empresarios del sector reconocen, por una parte, que en la era de El Dorado, la oferta hotelera estaba por debajo de la demanda, al contrario de lo que sucede hoy.

La falta de planeación y la voracidad de las autoridades han permitido que la oferta de cuartos crezca por encima de la demanda justo cuando cae el gran mercado estadounidense, ahuyentado por diversos factores. Se habla ya, entre los especialistas del sector, del “declive turístico” que actualmente registra el Caribe mexicano. Nos advierten fuentes del sector que la caída en la ocupación y en las ventas de los tiempos compartidos es notable.

Y preocupante, ya que mientras cae el turismo y la derrama económica, aumenta la voracidad de los delincuentes que operan en la zona. El cobro del derecho de piso, las extorsiones, han obligado a muchos a dejar su actividad o a pensar en irse. Algunos piensan en Yucatán, en pleno auge, como la meta a la que hay escapar del colapso de la inseguridad y la economía en Quintana Roo.

Dice el Grupo ALG que ya registra una disminución del 14 por ciento de asientos procedentes de los Estados Unidos, mientras se anuncian proyectos de otros 30 mil cuartos para la Riviera.

Además, las tarifas han caído 15 por ciento sobre un 2018 que ya fue de bajada, con una caída de la ocupación hotelera del 3 por ciento. Sumados, ambos índices, dan como resultado un descenso de la derrama del 20 por ciento.

Algunas voces se quejan de la falta de promoción del nuevo gobierno federal –apenas con 3 meses en el cargo. Ciertamente, la promoción no se puede dejar, pero lo que está resultando incontenible es la promoción negativa de la delincuencia rampante, de los ejecutados, asaltos, balazos a cualquier hora, inclusive en la Zona Hotelera, al estilo del Chicago de Al Capone. A esto hay que sumar la destrucción ambiental de la riviera, convertida en una auténtica catástrofe.

Reeves Wiedeman en un extenso artículo escrito para The Cut, del New York Magazine, lo describía así: “Avaricia, gringos, diesel, drogas, chamanes, algas y una inmensa discoteca en la jungla”. A éste cóctel indigesto hay que sumarle las invasiones y desalojos de mafias asociadas con el gobierno, por supuesto, pero también los negocios de extranjeros dedicados al real estate, que han amasado fortunas talando la selva y construyendo complejos lujosos dizque ecoturísticos para las élites del primer mundo. En Tulum, ya no quedan ni monos araña ni tucanes. Pero sí una burbuja que se está desinflando junto con los vendedores de reiki, especialistas en biomagnetismo, lectores de color, desionizadores, numerólogos y demás charlatanes junto a los recaudadores del derecho de piso.

El grave problema para Yucatán, con un vecino que se tambalea, es evidente. Se ve difícil sostener, por mucho tiempo más, la isla de paz, si Quintana Roo termina por sumirse en la vorágine de la violencia y de la crisis económica que expulsará a muchos fuera del edén de los “Tuluminati”.

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