El espíritu laico de la universidad pública

¿Desde cuándo se fue olvidando este inviolable principio de respeto a todas las creencias?
Foto: La Jornada Maya

José Luis Domínguez Castro


Costó mucho dinero, y viajes de gestión por trámites a obispos y clérigos de la época por más de 50 años, desde la salida de los jesuitas en 1767 hasta 1824 para que se lograra fundar la Universidad Literaria: una opción que ofrecía estudios de enseñanza superior y sus títulos correspondientes a los criollos en esta ciudad de Mérida, la de Yucatán. Tuvo pocos recursos y duró poco tiempo, entre otras causas, por las rivalidades y constantes pleitos al interior de la iglesia entre curas seculares y religiosos.

Costó muchas vidas y tras muchas batallas cruentas, con la toma, casa por casa, de la ciudad de Mérida, el general Manuel Cepeda Peraza, logró rescatar a Yucatán para la república y, auxiliado por un nutrido grupo de intelectuales liberales, pudo imponer un nuevo esquema a la educación superior: científica, laica e incluyente y fundar en 1867 el instituto literario del estado. Habían pasado ya 100 años desde el cierre de la universidad de Mérida, la fundada por los jesuitas.

Al gobernador Felipe Carrillo Puerto le llevó buen tiempo y con su paciente gestión enfrentar a la sociedad tradicional para que el presidente Álvaro Obregón y el ministro de instrucción pública José Vasconcelos lo apoyaran en su nuevo proyecto educativo. Las notas que fueron su sello fundacional: una universidad laica, gratuita y abierta a todos y todas, independientemente de su religión, ideas, o condición socioeconómica, tal y como consta en el acta constitutiva de la universidad nacional del sureste fundada en 1922.

Eduardo Urzaiz Rodríguez fue el más fiel vigilante de este espíritu universitario durante los dos periodos en los que la dirigió, en su fundación en los años 20 y en una segunda gestión (1946-1955) misma que fue interrumpida con su muerte.

Otros rectores han sido fieles defensores del laicismo y celosos cuidadores del este patrimonio universitario; el ingeniero Joaquín Ancona Albertos, que pagó con su renuncia y su autoexilio la valiente defensa que en su momento hizo de tales principios. Antes del autoexilio en Puebla, enseñaba en la Universidad de Yucatán una materia obligatoria que proponía el estudio comparado de las religiones y que derivaba en una actitud abierta y respetuosa hacia todas las creencias.

El doctor Jesús Amaro Gamboa en los años 40, fomentando el excursionismo, el periodismo estudiantil y la participación paritaria de los estudiantes y maestros en el consejo universitario, o el doctor Alberto Rosado G. Cantón en los años 70, promoviendo la investigación al interior de cada facultad y fundando un instituto especializado, fueron de distinta manera promotores de la esencia universitaria, respetando la tradición del laicismo, como garantía segura de estabilidad institucional, y patrimonio común de las y los universitarios.

¿Desde cuándo entonces, comenzó a trocarse este sólido principio de respeto a la libertad de conciencia envuelto en el necesario ropaje del laicismo institucional? ¿Desde cuándo se fue olvidando este intocable principio de respeto a todas las creencias como condición de trascendencia universitaria? 

Seguramente siempre ha habido algún grupo de alumnos o un maestro que pida “orar antes de iniciar” una reunión o una cátedra, como siempre han surgido propuestas de graduados de celebrar una “misa de acción de gracias” a la manera social tradicional de las quinceañeras. Son los menos, y afortunadamente también siempre han surgido mentes lúcidas de maestros y estudiantes universitarios que han sabido evitar tales expresiones públicas al interior de los muros escolares, logrando así darle continuidad a la actitud de respeto absoluto a las creencias de todos los ciudadanos de la república del pensamiento. 

Ojalá que esta nueva amenaza que ensombrece el horizonte de nuestra alma mater, sea analizado cuidadosamente por las autoridades actuales escuchando las voces y redes de individuos y agrupaciones universitarias, a fin de que sea conducido a su correcto tratamiento en aras de la defensa de los principios universitarios.

En la UADY, estamos a escasos meses de llegar a los 100 años de vida como universidad moderna. Recordemos que, a diferencia de las instituciones medievales, la universidad pública en México se ha fundado sobre una sólida roca de laicidad y por tanto, de respeto absoluto a la libertad de las conciencias. 

Defendamos nuestro patrimonio universitario, para seguir gritando durante los siguientes 100 años ¡Luz, ciencia y verdad!


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Edición: Ana Ordaz