El tianguis de la esperanza

Historias para tomar el fresco
Foto: Katia Rejón

Voy a hablar de La Esperanza, diría Vallejo. De su tianguis ubicado en el parque principal de la colonia que los días que no son martes ni viernes se parece a cualquier otro. He estado en este parque comiendo sándwiches en soledad, sin más paisaje sonoro que el viento. Sobre las mismas gradas donde hoy platico con Bertha Homa mientras de fondo escuchamos ese icónico remix de Antony Well: Yo soy sexy, sexy, sexy.

 

Foto: Katia Rejón 

 

Aunque como todo lo mágico, el tianguis sólo dura hasta mediodía, la esperanza de vida de un tianguis es de hasta 600 años. El más antiguo es el de Chilapa de Álvarez en Guerrero que llevaba seis siglos de labor ininterrumpida hasta que llegó la pandemia. En comparación, este es un tianguis joven. Bertha viene a La Esperanza desde hace más de 20 años, antes vendía plástico y ahora tiene un puesto mitad de electrónica mitad de productos de belleza. 

“Soy la viciosa del tianguis. Me gusta estar acá. Podría hacer otras cosas que hagan más liviana mi existencia, pero me gusta que desayunas, ves a la gente, las compañeras te aprecian. Tengo compañeras que vieron mi cambio y se decidieron a hacer el suyo. Pienso: sirvo para algo”, dice. 

 

Foto: Katia Rejón 

 

Se presenta como vendedora de productos de belleza y mayorista de una marca conocida de suplementos alimenticios. Hace poco bajó 18 kilos y cuando le preguntan que cómo puede tener una cara tan tersa a los 52 años, ella les comparte su venta, expande su clientela con su carta de presentación. 

Pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en que Bertha tuvo que dejar de venir al tianguis por su maternidad. Cuando volvió, ya no tenía nada para vender y regresó con una olla de arroz con leche. No vendió ni un vaso y se puso a llorar. “Yo me decía: Dios mío, ¿qué hago aquí? Me dio mucha tristeza y me sentí mal”, dice. 

Ese día una de sus compañeras del tianguis se llevó la olla puesto por puesto y repartió todo el arroz en vasitos de 5 pesos. “Aquí nos apoyamos entre todos, y volví”, agrega.

La voz que ahora sale de las bocinas de su puesto canta Costumbres de Rocío Dúrcal a un ritmo más acelerado. Aunque intentes olvidarme, siempre volverás, una y otra vez. Una y otra vez. Siempre volverás. 

 

Foto: Katia Rejón 

 

En Mérida hay por lo menos 10 tianguis de esta dimensión en distintas colonias. Lo interesante de estos lugares (además de que son el formato de mercados más antiguo) es que marcan la pauta de las casas vecinas. Generan algo así como un eco del tianguis que convierte una tienda de material de construcción en baño público para los asistentes y locatarios. O una casa en un minitianguis improvisado o puesto de comida, y atrae a ambulantes de fruta y jugos. 

En los mejores días, los tianguis son alegres, mercados de conversación, ofertas que alegran el día entero, un desestres para caminar mientras piensas las cosas; o al revés, te distraes espulgando las toneladas de mercancía que van desde un pez de esos que se mueren a los dos días o una playera de 1963. Tardas más terminando de pensar: “¿Quién compraría algo así?” Que en ver a alguien preguntar por su precio.

Todo sucede al mismo tiempo. Quién sabe de cuántas serendipias es autor un lugar como éste. Y además, qué nombre. Cuando una de mis mejores amigas me dice: “He vivido en la Esperanza durante casi toda mi vida”, pienso que su casa está entre el huerto desnudo y el huerto verde, cuando las ramas están a punto de estallar en flor, como describe Rovert Frost en su poema.

Irma, que también es poeta, lleva 21 años viviendo en esta colonia y al principio iba con su mamá, ahora va con su hermana o sola. Dice que viene a despejar la cabeza, a mirar sin saber qué va a encontrar: “Muchas de las mejores cosas que compré en el tianguis fue cuando no lo buscaba”, cuenta.  

Hay que tener esperanza de que algo sucederá para venir al tianguis. No importa si vienes de visita o a vender.

 

Foto: Katia Rejón 

 

Con el auge de la ropa secondhand los tianguis se han convertido en los principales provedores de las tiendas vintage. Aquí no termina la venta: algunas personas vienen para después reparar, embellecer y revender. Por eso el tianguis también es para las personas creativas, no hay un solo perfil de vendedores y compradores como bien dice Bertha.

“Muchas veces nos tratan como si no fuéramos personas de valor. Acá en el tianguis hay abogadas, contadoras. A veces, ese estigma te enoja. Mi sueño es que pueda seguir viniendo. He visto gente grande que viene y está muy cansada. Me digo que este trabajo no va a ser eterno y sí pienso hasta cuándo podré venir. Pero jamás digo: Ya no quiero ir al tianguis”, dice.

Aunque hay aproximadamente tres mil personas viviendo en La Esperanza, hay muchos más a quienes nos gusta ir a pasear por ella, aunque sea de vez en cuando.



Edición: Estefanía Cardeña