Más allá del placer de la lectura

1a parte: beneficio mental
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán

Óscar Muñoz

 

De acuerdo con la aclaración de Marx Arriaga, funcionario de la Secretaría de Educación Pública (SEP) encargado del rediseño de los libros de textos gratuitos, la cual hizo pública, él no quiso decir realmente que “Leer por goce es un acto de consumo capitalista”, como mucho aseguraron que lo dijo. Según él mismo, la frase fue sacada de contexto, porque para él “Leer con placer engrandece nuestro amor por el conocimiento sin necesita un fin o ideología”.

Más allá de los dimes y diretes entre unos y otros “expertos en lectura” acerca del gusto por leer, valdrá la pena destacar la esencia de este proceso: la lectura cambia favorablemente el cerebro. Si bien leer, como afirman muchos, forma a los individuos como mejores personas, la lectura también contribuye a mejorar la forma de pensar. Y esto último sucede porque, al leer, el cerebro reconfigura los pensamientos, es decir, el cerebro se ve afectado directamente por las lecturas. Ello se debe a que el cerebro cambia por el hábito de la lectura.

La ciencia ha descubierto que el sistema neuronal de las personas que leen habitualmente está más desarrollado que los demás que no leen nada o leen muy poco. No importa que algunos lectores, los más chicos, disfruten leer historias fantásticas o algunos otros, los mayores, gocen historias realistas. Sin importar tanto qué género leen más los individuos, algunos científicos han descubierto que los lectores tienen una mayor concentración de materia gris, que es tejido que se encuentra en la superficie del cerebro y que sirve a la información de proceso. 

Por ello, leer contribuye a desarrollar las capacidades cerebrales más de lo normal. La lectura permite la construcción de redes neuronales más firmes, lo que favorece una mayor concentración de materia gris, que facilita la comunicación entre los dos hemisferios del cerebro. Bastaría con comparar la actividad neuronal de adultos recientemente alfabetizados con la de adultos con un amplio hábito lector para notar las diferencias cerebrales.

De acuerdo con las conclusiones de estos científicos, los lectores habituales desarrollan más algunas áreas cerebrales, como el lóbulo frontal, que permite construir dentro de la cabeza las imágenes que reconocemos en la lectura; el lóbulo occipital, que sirve para la asociación de símbolos, como son las letras, y hasta el lóbulo temporal. Sólo faltaría saber si estas áreas del cerebro se verían más favorecidas con la lectura tradicional o con la digital. Aunque algunos científicos se han adelantado y afirman que es mejor la lectura en libros de papel.

No hay que olvidar que el cerebro es un órgano plástico, por lo que la lectura resulta una especie de gimnasia. Leer implica un dominio del lenguaje, lo cual es una abstracción compleja; también una habilidad para descifrar la escritura y demás signos, y la capacidad de relacionar imágenes en torno de las palabras y las frases. Y todo ello en fracción de segundos. De ahí que muchas veces es obviada la complejidad de la lectura.

Generalmente, un lector habitual puede predecir un texto porque hay procesos de reconocimiento de palabras y de sentidos contextuales. Es por ello que muchos afirman que la lectura es dinámica, lo que permite saltarse letras o trozos de palabras. Ante esta circunstancia, convendría leer textos cada vez más complejos, que permita estimular las neuronas, lo que no podría hacer un libro demasiado simple. 

Por lo anterior, ojalá el sistema escolar estatal y nacional tomaran en cuenta estos descubrimientos y promuevan la lectura en este sentido. Ojalá… más allá del gusto por la lectura.

 

Edición: Laura Espejo