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Foto: Rodrigo Díaz Guzmán

Una tumba del Cementerio General de Mérida pretendía decirle a alguien: “El tiempo no borrará tu recuerdo”, pero el tiempo, como una mala obra (las únicas que el tiempo sabe hacer), borró una letra y partió en dos la última palabra. Este sitio de ángeles de piedra blanca tiene exactamente 200 años, es uno de los más antiguos de México. Fue la primera obra pública de Yucatán independiente pues abrió sus puertas en 1821, justo cuando este territorio era un país aparte y el resto de México luchaba por independizarse de España. 

El doctor Raúl Rivero explica en su conferencia inaugural Historia y arquitectura del Cementerio General de Mérida, organizada por el ayuntamiento de Mérida para celebrar los dos siglos del sitio, que en este cementerio se enterró por primera vez a las personas en un mismo lugar sin importar su procedencia o su actuar en la vida. 

 

Foto: Rodrigo Díaz Guzmán

 

Que la muerte dejara de ser jurisdicción de las iglesias fue un duro golpe para quienes deseaban rencarnar en un lugar sagrado. La solución fue construir iglesias miniatura, mausoleos que separan a la gente “buena” de la gente que no tendrá el ticket hacia el paraíso. 

En ese entonces, el terreno era una hacienda ganadera llamada San Antonio X-Coholté en la ruta del Camino Real a San Francisco de Campeche y sus límites territoriales eran la Mulsay y San Antonio Dziskal. Hoy, la traza colinda con la Melitón Salazar (del lado del Panteón Florido), Los Reyes y el centro.

Eric vivió toda su infancia y adolescencia en la calle de la 66 de la Melitón Salazar, a cuadra y media del patio del Panteón Florido. Sus amigos siempre le preguntaban si no le daba miedo, pero vivir cerca de los cementerios es algo que ha formado parte de su vida hasta ahora: aunque se mudó hace unos años de la Melitón, actualmente vive a espaldas de otro cementerio.

“Honestamente, nunca he tenido una experiencia paranormal con respecto a este tema. Si me preguntas, yo creo que son más ideas de la gente que vive fuera de este entorno”, explica.

Cuando era niño, iba con sus amigos a recorrer las tumbas y en especial a visitar a “la mujer embalsamada” dentro de un mausoleo. El relato popular entre los niños de la colonia era que el cuerpo de la mujer estaba momificado y por eso nunca se volvería polvo de huesos. Vivir cerca del cementerio formaba parte de su cotidianidad y más que una sensación de miedo, sentían curiosidad.

 

Foto: Rodrigo Díaz Guzmán

 

En los últimos días de octubre y primeros de noviembre, las casas se convierten en faros de luz para el camino de las ánimas, prenden veladoras para guiarlas. Eric dice que —aunque hay mucha oscuridad alrededor— y suelen ser vasos pequeños en las fachadas, es posible ver el minúsculo fuego de las personas vivas para las muertas.

Le pregunto si no extraña vivir en la Melitón y responde: “Como no tienes idea”. Sigue viviendo cerca pero “las dinámicas sociales son muy diferentes entre un fraccionamiento y una colonia”. La zona de Melitón por la que él vivía es muy cercana a las calles del centro, los separa sólo una cuadra. 

Pasan de las seis de la tarde y el cementerio está cerrado. Es una pequeña ciudad con arquitectura neomaya, neocolonial, art decó, ecléctico, griego, gótico, afrancesado. Tiene sus propias familias, división social, músicos y héroes. Tiene leyendas y sitios históricos (el muro donde fusilaron a Felipe Carrillo Puerto, el agujero de las balas). Tiene hasta su propia manera de comunicarse, mensajes de amor grabados en piedra: Nos rencontraremos algún día, Te extrañamos. 

 

Foto: Rodrigo Díaz Guzmán

 

Mientras las bóvedas, osarios y tumbas descansan sobre su belleza gris, las calles de enfrente están más vivas que nunca. Hay negocios de automotriz, chatarrería, maquiladoras, pintura y una calle que termina en un altar: han intentado abrir esa chop-calle que desemboca en una quinta que hace décadas tenía un plantío de repollo, frijol y arroz, pero los vecinos se juntan para evitarlo. 

Casi todos los vecinos de esa calle están afuera tomando el fresco. En el altar, José Ramón Pérez Estrella de 40 años ocupa una de las sillas de Coca Cola y, en otra, lo acompaña su perro. “Siéntate”, me dice muy amable cuando le doy las buenas tardes. Con cinismo animal, el perro me ladra y se va. 

“Vivir acá es muy tranquilo. Como es un callejón, apenas entra alguien lo reconocemos”, dice. Su papá puso este toldo que guarda un nicho de la Virgen de Guadalupe y explica que antes de la pandemia hacía novenas que convocaban hasta 100 personas en este espacio. 

Su infancia la recuerda por el vacile dentro del cementerio, ahora los niños ya casi no entran porque no es seguro. “Jugábamos fútbol en el parque que está en frente y cuando oíamos un ruido extraño, corríamos espantados dejando el balón. A veces nosotros mismos hacíamos ese ruido”, recuerda. 

 

Foto: Rodrigo Díaz Guzmán

 

Mildred, que vive aquí desde que la quinta seguía activa, dice que ahora el Día de Muertos es triste porque ya nadie sale de su casa ni se hacen las festividades. 

“Los muchachos de por acá se van a pasear al cementerio, como hay luz en la noche... pero ahorita no sé. Ahorita ya está muy cambiado, la gente tiene miedo de la salud, se murió mucha gente por acá, enfermeras, gente que vivió acá mucho tiempo. Cuando dejen entrar al cementerio, sí los vamos a ver. Ayer pasamos por allá y todavía no saben si van a abrir o van a mantener cerrado (en Día de Muertos)”.

Ella pone en la puerta una veladora, una flor y un tamal para guiar a los muertos del cementerio, otra forma de comunicarse sin palabras. 

La primera persona enterrada en el Cementerio General de Mérida tiene nombre y apellido documentado: Felipe Trejo, un teniente; la última, quién sabe. Es difícil seguirle el paso a la migración hacia esa ciudad superpoblada, donde la única constante es que hay gente que quiso y fue querida.


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Edición: Estefanía Cardeña


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