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Foto: Rodrigo Díaz Guzmán

José

Cuando José era niño y hacía calor, el monte que separaba su casa del periférico se incendiaba. Todo el fraccionamiento se llenaba de cenizas flotantes y helicópteros descargaban grandes cantidades de agua para apagar la quema.  

El fraccionamiento Las Águilas de la zona Altabrisa es irrastreable en Google Maps, apenas se ubica por el nombre de un parque y una tlapalería. José me había dicho: “Es pequeño, son seis calles nada más” del lugar donde su familia ha vivido por casi 40 años, donde viven los vecinos más antiguos, antes, incluso, de que se llamara Altabrisa. 

“Tú cruzas la calle y ves otro estilo de vida. Desde el camión se nota cómo al pasar de Paraiso Maya a Las Águilas hay un cambio de paisaje”, dice José (prefiere sólo el nombre de pila). 

 

Foto: Rodrigo Díaz Guzmán

 

En la década de los ochenta, su familia consiguió una casa en la orilla del periférico norte a un precio que —también por el cambio de la moneda—se ha multiplicado cien veces. La mayoría de sus vecinos de entonces permanecen en sus viviendas o las han heredado a sus hijos. Las rentas han aumentado y José piensa que “tiene que ver más con la zona, no con la casa” pues es común que cuando comparte que vive en Altabrisa, las personas piensen que tiene mucho dinero. 

Hace más de 20 años Altabrisa se instaló en el norte de la ciudad como una de las zonas residenciales más modernas y caras de la ciudad. Tiene un centro comercial, hospitales de alta especialidad, residenciales, restaurantes, parques y todos los servicios de un área urbanizada.

“Más allá de los estereotipos del norte y sur, siento que es una zona muy cuidada. Yo voy a la plaza, los bancos, al súper no voy porque es muy caro, pero es un lugar que habito y, de alguna manera, me siento parte”, cuenta. 

José pasaba en camión por donde hoy está el Hospital Regional de Alta Especialidad y está casi seguro que por ahí había “un gran cráter”. En su memoria se quedó la impresión infantil de ver un hoyo enorme pero no sabe decir qué tanto de ese recuerdo está intervenido por la fantasía. Lo que sí recuerda fue esa vez que con otros niños brincaron el monte que colindaba con los patios de las últimas casas, y encontraron unas rieles pequeñas y una carreta. 

“El entorno ha crecido. Quizá haya cosas aplastadas por el concreto y nunca sabremos qué fue de ellas. En el 2004 o 2005 empezó la construcción de Paraíso Maya y todo ese monte desapareció”, dice.

 

Foto: Rodrigo Díaz Guzmán

 

La construcción de esa zona también implicó el desplazamiento de quienes habitaban cerca de la zona principal de la colonia. Las casas con albarrada se convirtieron en Home Depot, Oxxos, gasolineras; donde ahora está Lapa Lapa era una quinta donde se celebraban fiestas de XV años. 

Lo último que recuerda fue la casa de una pareja de adultos mayores que no tenía puerta principal, sólo una sábana junto a la que estacionaban su triciclo. “Yo sabía que en algún punto iban a terminar desplazados, un restaurante compró el terreno, pero fueron de los últimos que vendieron su casa, resistieron hasta el 2017. 

Ahora está en el proceso de desapegarse del fraccionamiento donde ha vivido toda su vida, 28 años, para mudarse por razones personales. Dice que su primera opción es irse a un lugar cercano.

 

Luis

Luis Borboa es alegre, bromista y platicador. “Mira mi gallo, lo mandamos a disecar. No es cierto, no es cierto, está hecho de polvo de hueso”, es lo primero que dice cuando entramos a la sala de su casa. Vive en una residencial de Altabrisa desde hace 11 años, fue periodista por más de cuatro décadas y ha recorrido países y ciudades, los suficientes para concluir que Mérida es de las mejores ciudades para vivir en Latinoamérica.

 

Foto: Rodrigo Díaz Guzmán

 

Pero el lugar donde pasó casi toda su vida es la Ciudad de México, él dice: “Mi hermosa Ciudad de México”. Le pregunto si la extraña y su primer impulso es decir: “Con todo mi…bueno, tanto como añorar no, pero es una de las ciudades que es necesario no verla, sino conocerla”. 

La Ciudad de México y el periodismo son dos temas recurrentes en la entrevista, se trenzan en las preguntas de su vida actual. Mudarse a Mérida fue algo fortuito, aunque ya la había visitado antes y le gustaba la tranquilidad, la ciudad y la comida. Una de sus hijas se mudó cerca y él le pidió a ella y a su yerno (ambos son ingenieros arquitectos) que le recomendaran el mejor sitio para vivir en la ciudad. 

“Yo creo que escogieron bien, aunque pensaba en una casa no tan metida en el tránsito. No quería eso porque de eso ya estoy ‘hasta acá’. Cuando vine dije ‘está bien’, no pensé que con el tiempo íbamos a estar dentro de todo el escándalo, servicios de día y noche, el hotel, no había nada de eso”, explica. 

 

Foto: Rodrigo Díaz Guzmán

 

Le pregunto si no siente que a veces los yucatecos pueden ser hostiles con “los fuereños”. Responde que no sólo sucede aquí, que en el norte del país ha visto gente que pone letreros en su casa que dicen: “Haz patria, mata un chilango”. 

Conciliador y alegre, alza los hombros para decir que en cada ciudad hay una forma de vivir, de ser y de pensar. Que en todos los sitios hay gente buena. 

Antes de nuestra plática, había conversado con su vecino por primera vez. Hablaron del camión de la basura que no se llevó los desechos del otro señor. “Primera vez. Con los de enfrente, cuando coincidimos al salir, nos decimos buenos días. Eso sí, por el teléfono estamos bien comunicados (tienen un grupo de WhatsApp): se me perdió mi gato, escuché tal cosa. En la vida real, no los ubico”, dice.  

 

Foto: Rodrigo Díaz Guzmán

 

Ha recorrido la ciudad para conocerla, de norte a sur, y dice que en esta zona específicamente las personas suelen vivir más aisladas. Él está acostumbrado a llenar su casa con visitas, su familia tiene que hacer reservación “como si fuera hotel”. Antes de la pandemia, su casa estallaba en escándalo, lugares para dormir improvisados para recibir a 20 personas de manera simultánea. 

Luis toma café mientras habla de sus amigos más queridos, los que fueron por él hasta California cuando estaba muy enfermo. Detrás de él hay un peluche gigante y un equipo de estéreo debajo de una radio antigua. Su casa tiene objetos que parecen contar una historia, de épocas, estilos y paisajes muy diferentes. Así como Luis pasa de hablar de Altabrisa a sus proyectos de trabajo, sus nietas, para después decir:

“Déjeme contarle rápidamente la historia de La Jornada. Éramos un grupo de periodistas en el Unomasuno…”.  

 

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Edición: Estefanía Cardeña


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