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La última y nos vamos

Historias para tomar el fresco
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán

El periodista argentino Martín Caparrós dice que los reporteros siempre hablan de un lugar pensando en lo extraordinario. Y cuando empecé a escribir Historias para tomar el fresco, estaba dispuesta a encontrar ese elemento de sorpresa en cada lugar. Hablé con más de 50 personas para tejer esta serie de por lo menos 30 colonias, barrios y fraccionamientos de la ciudad de Mérida. En algún punto me di cuenta de que lo extraordinario y lo ordinario no siempre se ven tan diferentes. Que un elemento singular, en ciertas circunstancias, puede repetirse todos los días y seguir siendo maravilloso.

No me costó mucho encontrarlo. Solo una vez en todo este tiempo, regresé a casa con las manos y la grabadora vacía. La mayoría de las veces iba a ciegas a un lugar pues no había información disponible sobre la persona a la que iba a entrevistar, ni de la calle o la colonia. Pero regresaba con el ánimo renovado, impresionada de que haya tanto por decir y que prácticamente todas las personas tengan algo que contar. 

Recuerdo una entrevista con la familia de un cordelero de Cordemex, quien ya había leído antes la columna. Eran diez personas sentadas en una sala, contaban cómo cada uno de los trabajadores de la fábrica tenía un apodo y el diminutivo era para sus hijas o hermanas: El burro y los burritos; El caballo y los caballitos; como ellos eran La tortuga y las tortuguitas. Entonces una señora que llevaba toda la entrevista callada y con las piernas muy juntas, se hizo para adelante y soltó para sorpresa de todos: ¡Había uno al que le decían “media nalga” y a sus hijos “medias nalguitas”! 

Otro día, un entrevistado de 90 años me cantó un bolero un domingo en la mañana; y en día de muertos, hasta fui brevemente parte de un grupo de amigas de toda la vida. Estas entrevistas fueron tardes divertidas o mañanas nostálgicas, y un ejercicio de escucha que me enseñó muchas cosas, como la posibilidad de reír y coincidir con personas que opinan y viven distinto a una, pues conversar es el mejor remedio para las diferencias. Y ojalá me alcanzara la vida y el tiempo para contar cada palabra transcrita. 

Caparrós también dice que lo extraordinario nunca lo es tanto, porque se repite. Después de un tiempo, lo que puedo decir, contar y preguntar de un lugar me devuelve a un mismo punto como una ola que se va y regresa. Han pasado nueve meses y las historias comienzan a repetirse: Una ciudad de sol y viento que se ha convertido poco a poco en concreto. El paisaje de mar y selva que ahora se piensa desde las nubes. Alguien que extraña los viejos tiempos, otra que desea los que vienen.

Si al principio tuve temor de no contar “la historia correcta” de un lugar, ahora temo no poder aportar una mirada nueva. Las historias siguen estando ahí y hace falta contarlas. Lo que ya no está es la curiosidad, el impulso y la duda que inició esta serie. Para ser completamente honesta, me cuesta trabajo seguir escribiendo sin esos ingredientes. He comprendido dónde está el oriente y dónde está el poniente. Sé llegar al otro extremo de la ciudad recordando lo que hay, reconociendo los paisajes irregulares. Y he aprendido a tomar el fresco como lo hacía mi abuelo, siempre en su silla de madera en la puerta de la 42 sur. 

Escribí de la casa donde vivo, de aquella donde crecí y la otra a la que no me gustaba ir, y ahora extraño. Intenté salir de mí misma para comprender que estos lugares no son solo míos, y creo que es un ejercicio que más personas deberíamos hacer. 

Si hay una respuesta común en las preguntas de las Historias, es que una casa no se hace sola, trae consigo comunidad o familia, o ambas cosas, que ni lo más íntimo deja de ser colectivo. Así que hoy me despido, pues no debo ser yo quien continúe esta serie. Seguiré escribiendo de la ciudad que amo, de sus paisajes y quienes habitamos, vendrán otras series y columnas.

Sólo me queda una última pregunta: ¿Tú qué historia para tomar el fresco contarías?

Edicicón: Ana Ordaz


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