Sabiduría primordial

La vitalidad de los libros de antaño se reconoce con su papel en la historia
Foto: Facsímil

La vitalidad de los libros de antaño, en particular la de aquellos que hacen énfasis en su sello vernáculo, puede apreciarse en toda su riqueza desde una perspectiva que los integre en el curso general del proceso civilizatorio, reconociendo su papel en el conjunto de la historia literaria.

En 2022 se cumplió el centenario de la publicación de La tierra del faisán y del venado, de Antonio Mediz Bolio (Buenos Aires, Contreras y Sanz Editores, 1922), su obra más conocida y celebrada; él mismo la definió como un esbozo estilizado del pensamiento maya, según asienta Alfonso Reyes en el prólogo. En su entramado se perciben, en efecto, las huellas de la cosmogonía de este antiguo pueblo mesoamericano, con abundantes trazas de sus representaciones mitológicas y de creencias que se mezclan con figuras e ideas de corte occidental. Sus siete capítulos, enmarcados entre un prefacio y un epílogo, recrean una secuencia de moldes étnicos cuyo origen autóctono se combina con nociones en boga durante los años en que fue escrito. En este contexto alternan el nacionalismo característico de los años de consolidación del Estado mexicano, el impulso revitalizador del pasado indígena que vivió Yucatán durante el gobierno de Felipe Carrillo Puerto, la pervivencia de elementos míticos de raíz maya, la fuerza de concepciones espirituales exóticas y los avances logrados en las ciencias sociales. 

Mediz Bolio tuvo una relación estrecha con la cultura maya viva y con sus elementos históricos y lingüísticos; para convencerse de esto basta recordar que tradujo el Chilam Balam de Chumayel en una versión muy apreciada (San José, Costa Rica, Ediciones del Repertorio Americano, 1930), fuente que estudió durante muchos años y de la que extrajo valiosas claves para reinterpretarlas en su libro de 1922 con evidente mérito literario. En cada una de sus partes, varios matices del concepto de sabiduría la sitúan como un bien distintivo de la comunidad autóctona en una mítica Edad de Oro, cuya dimensión ética se prolonga en un sector restringido de la sociedad aunque llega a convertirse en patrimonio mayoritario en algunos de sus aspectos, es decir, oscila entre el conocimiento hermético y el ordinario, entre lo selecto y lo popular, tendencias que se reflejan en las formas de escritura antigua, que condicionan a su vez la manera como pueden apropiarse sus contenidos.

Esta sabiduría equivale a la capacidad de los pueblos antiguos de guardar equilibrio con la naturaleza, tomando de su seno sólo lo necesario para la sobrevivencia diaria, pero también se expresa en otras modalidades. Actitudes asociadas con esos valores pueden observarse en la juventud del príncipe Nazul, de Zac-Quí, o en la edad provecta de la curandera de Nohpat, abuela de quien pasaría a ser el rey enano de Uxmal. También son asimilables a la belleza de la palabra que transmite la misma percepción de la realidad: “Soy cazador y soy guerrero. Me armo contra mi enemigo y busco mi caza como cualquiera. Pero yo sé quién es mi enemigo y cuál es la presa que busco. Vosotros no lo sabéis. Eso es todo”.

La visión serena y esclarecida de la existencia está implícita en las enseñanzas que derivan de cada una de las danzas incluidas en la sección quinta del libro, sobre todo al exaltar el gozo espontáneo de la vida, la prudencia, el despertar del amor y el gesto reverente a los principios organizadores del mundo. Se manifiesta en los significados que pueden descifrarse en los procesos naturales para favorecer el discernimiento de la humanidad.

El animismo subyacente en el legado de la civilización nativa que el autor exalta en las cadencias de su prosa, inscritas en las imágenes evocadas en cada pasaje, deja ver que todas las cosas tiene su yumil, su dueño o espíritu protector, sean los animales del monte o los árboles, las flores o las piedras adivinatorias. El simbolismo del colibrí, que lleva los pensamientos buenos o malos de las personas, incita a dirigir los impulsos de una forma generosa y cordial, porque en esa medida los conducirá la pequeña ave en sus vuelos: “El colibrí es el dardo que viene de las manos que no se ven, y relumbra en la luz como las miradas de los que desean en la oscuridad”.

La señal adversa de los dioses aflora en Maní (“Todo pasó”), velando la abundancia y la alegría: “Vamos a llorar nuestras últimas lágrimas sobre el polvo santo de la tierra, que es nuestra madre silenciosa”. Mediz Bolio refiere con nitidez la concepción cíclica del pensamiento maya en las circunstancias que envuelven el cambio de los tiempos, con muestras del esplendor y de la decadencia de un pueblo cuyo cuerpo simboliza el faisán y su espíritu el venado, que el cantor personificado en el texto anhela ver resurgir para rendir testimonio de la gloria del Mayab.

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Edición: Ana Ordaz


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