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Como si tratara de recuperar el tiempo perdido por el cierre de sus fronteras durante casi tres años a causa de la política de “covid cero”, en las semanas recientes China ha desplegado una intensa actividad diplomática de relevancia global. A inicios de marzo, sorprendió al mundo con el anuncio del restablecimiento de relaciones formales entre Arabia Saudita e Irán, mediado y auspiciado por Pekín. Días después, el presidente Xi Jinping efectuó una visita de tres días a Rusia para refrendar sus vínculos estratégicos con la potencia euroasiática y, posteriormente, ha recibido a los gobernantes de Singapur, Malasia, Francia, España y Brasil, así como a la presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen. La próxima semana arribarán a territorio chino el ministro de Relaciones Exteriores de Uruguay y el presidente de Gabón, quien será el primer jefe de Estado africano en ser recibido por el presidente Xi Jinping tras su segunda relección.

De esta serie de encuentros, cabe destacar la visita del mandatario brasileño, Luiz Inacio Lula da Silva, quien el jueves asistió en Shanghái a la toma de posesión de su compañera de lucha de larga data y ex presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, como dirigente del Nuevo Banco de Desarrollo (NBD) de los BRICS, la asociación de las grandes economías emergentes (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) que reivindican un papel de independencia y contrapeso frente al bloque liderado por Washington y los organismos multilaterales supeditados a los intereses occidentales, como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial. En dicho evento, Lula criticó el papel del FMI por asfixiar la economía argentina, como hizo con Brasil y con todos los países del tercer mundo durante tanto tiempo, y cuestionó la hegemonía del dólar como divisa de los intercambios internacionales. Ayer, expresó ante su homólogo la voluntad de que la relación bilateral no se limite a lo comercial, sino que trascienda más allá y que sea profunda, fuerte con vistas a la construcción de un mundo multipolar.

El viaje del líder histórico de la izquierda partidista brasileña tiene un evidente paralelismo con el relanzamiento de los contactos globales por parte de Pekín, pues, aunque por motivos distintos, Brasil y China encaran la tarea de potenciar sus vínculos con otros estados tras un periodo de aislamiento. El propio Lula resaltó que su país está de vuelta en la escena internacional “después de una ausencia inexplicable”, en referencia al ostracismo al que se vio condenado el gigante sudamericano durante el régimen neofascista de Jair Bolsonaro. El acercamiento fue discursivo, con Xi llamando a su par “viejo amigo” y calificando el lazo binacional como el de “socios estratégicos integrales”, pero también se aterrizó en los hechos con la firma de 14 acuerdos en diversos rubros.

La voluntad común de “dar forma a un orden internacional justo y equitativo” también se manifestó en otras de las reuniones sostenidas por Xi, para alarma de los sectores que apuestan por la prevalencia del unilateralismo estadunidense. En particular, generó malestar en los medios y los círculos políticos adictos a Washington la expresión del mandatario francés, Emmanuel Macron, de que Europa no debe alinearse con ninguno de los bandos en el contencioso en torno a Taiwán, pues hacerlo implica quedar atrapada en crisis ajenas que le impiden construir su autonomía estratégica.

El acercamiento entre Brasilia y Pekín, inscrito en un esfuerzo diplomático más amplio de ambas, constituye una señal positiva de avance hacia la multipolaridad, es decir, hacia un concierto mundial en el que las decisiones trascendentales se tomen mediante el consenso y el diálogo, no por la coacción militar o económica. Cabe saludar estos desarrollos y hacer votos por que fructifiquen en beneficio de los ciudadanos, en particular de las mayorías que han sido sistemáticamente excluidas de los productos del crecimiento y la globalización.

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Edición: Emilio Gómez


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