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Si algo caracteriza a los seres humanos es su movilidad. La historia de prácticamente todas las culturas incluye alguna migración. Para los judeocristianos, la Biblia incluye en el Génesis la migración forzada de la primera pareja, expulsados del Paraíso; y tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento incluyen relatos en los que los protagonistas deben salir de sus poblaciones natales para dirigirse a otros lugares, obedeciendo la voluntad divina.

Las culturas prehispánicas en Mesoamérica también incluyen alguna migración. El relato de la fundación de México-Tenochtitlan no deja de ser el de un pueblo que debe abandonar su lugar de origen ante la promesa de una tierra prometida, aunque para obtenerla haya tenido que rellenar un lago.

Después, la época moderna estuvo caracterizada por la continua movilización de grandes grupos humanos. Los antiguos dominios españoles en América, conforme se fueron independizando, también buscaron atraer población; en algunos casos buscaron católicos perseguidos de las guerras napoleónicas, pero otros países también expulsaban grandes contingentes a causa del hambre. Irlanda, Hungría, Italia que se unificaba; luego el Asia Menor: Líbano, y los judíos rusos, y los refugiados de Anatolia en Grecia, y desde antes los coreanos subyugados por los japoneses, y los chinos que llegaron a México y Estados Unidos.

La movilidad, la migración, pasan por el derecho a mantener las condiciones para una vida digna. Si se tratara únicamente de los ciclos de plagas y hambrunas, posiblemente no tendríamos flujos migratorios tan amplios. Sin embargo, las guerras alimentadas por las grandes potencias y especialmente por países que en algún momento fueron metrópolis imperiales, han contribuido a que la migración sea un asunto en el cual los países receptores tienen tanta responsabilidad como los expulsores y los de tránsito.

Este fin de semana, representantes de 11 países de América Latina y el Caribe, reunidos en Palenque, Chiapas, convocaron a los países destino a adoptar “políticas y prácticas migratorias acordes con la realidad actual de la región” y a abandonar aquellas inconsistentes y selectivas, como la regularización de ciertas nacionalidades; esto tal vez pensando en la preferencia por los cubanos en Estados Unidos, pero que se trata de una lista que podría resultar mucho más amplia.

Baste decir que la historia de Estados Unidos incluye el maltrato y muerte de sirvientes ingleses que, por contrato, llegaban a las originales 13 colonias con la promesa de unos cuantos acres en propiedad, si sobrevivían los años pactados al servicio de un amo que había llegado años antes que ellos.

No es ninguna casualidad que miles de migrantes atraviesen países enteros buscando llegar a Estados Unidos. Hoy, según cálculos de la Casa Blanca, hay 20 millones de personas en tránsito irregular por las Américas. Muchos menos llegarán al río Bravo, y de la cantidad original, menos llegarán a cruzar la frontera mexicana hacia el norte. En varios puntos, América Latina sufre regímenes en conflicto con los derechos humanos, o cuyos gobiernos enfrentan el bloqueo de Estados Unidos, o donde la imposición de políticas económicas ha conducido a la población en general a un callejón sin salida.

La solución al problema de la migración no se encuentra en el nivel local, y ese es el acierto de convocar a una reunión en Palenque. Sin embargo, los 13 acuerdos a que se ha llegado deben pasar a la acción en lugar de quedarse en meros exhortos. Los llamados a adoptar políticas más humanitarias tienen pocas posibilidades de éxito cuando ocurren en tiempos electorales y cuando el mundo se encuentra polarizado, muchas veces gracias a los líderes de las grandes potencias.

Pero también es cierto que tanto las antiguas metrópolis europeas como Estados Unidos requieren de mano de obra migrante. Buena parte de su economía descansa sobre el trabajo que realizan jornaleros contratados irregularmente, que se desempeñan en condiciones que en sus propias leyes laborales se consideran vejatorias, pero que los mercados prefieren ignorar en favor de un supuesto beneficio para los consumidores.

Dependerá de las naciones participantes que la mesa de Palenque tenga éxito, pero para que esto suceda se requiere también de un acto de contricción de los países de destino y México también debe dejar de verse y presentarse ante las naciones como un país de tránsito, cuando miles de personas han optado por quedarse permanentemente. Aunque, independientemente de los acuerdos alcanzados y de las acciones que se tomen, la migración continuará, como ha sido por los siglos de los siglos.

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Lee: Cumbre migratoria en México concluye con rechazo a las medidas coercitivas

 

Edición: Estefanía Cardeña


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