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Resulta habitual que México obtenga resultados, cuando mucho, mediocres en el informe del Programa Internacional para el Seguimiento de los Alumnos (PISA). Las reacciones de las autoridades educativas han ido del silencio al berrinche, o se anuncian reformas que han ido más por castigar a los docentes que por garantizar a los estudiantes un piso mínimo de calidad en instalaciones y acceso a tecnología para su formación, así como de capacitación y seguridad laboral para los maestros.

El hecho es que las mediciones en matemáticas, lectura y ciencia suelen estar por debajo de la media en una prueba que se aplica en los 81 países integrantes de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos.

En esta ocasión, los resultados de la prueba fueron comparados con los del informe anterior, de 2018, por lo que cualquier interpretación pasa por el cambio de régimen. La generación evaluada anteriormente concluyó la secundaria durante la presidencia de Enrique Peña Nieto, mientras que la actual es resultado de la Nueva Escuela Mexicana. Sin embargo, debe tomarse en cuenta que también hubo una pandemia de por medio y que México fue uno de los primeros países en cerrar las escuelas y uno de los últimos en regresar a las clases presenciales, no obstante la evidencia del retroceso y desigualdad en el aprendizaje que hizo aflorar la educación a distancia.

 

Lee: Estudiantes de México, penúltimos en matemáticas, lectura y ciencia: examen PISA

 

En esta ocasión, los estudiantes mexicanos obtuvieron en general menos puntos que en 2018, aunque no se trata de una caída drástica. Cierto es también que todos los países resultaron afectados por la pandemia de Covid-19 y esto se reflejó en la prueba. Es decir, en términos de aprendizaje escolar, nadie obtuvo una mejoría con respecto a las calificaciones de 2018. Lo que llama la atención es que la llamada Nueva Escuela Mexicana tampoco ha marcado una diferencia positiva en las mediciones internacionales con respecto a la educación.

Tampoco puede decirse que haya una mejora en el desempeño escolar, toda vez que los estudiantes que llegan a los niveles destacados de la prueba PISA son menos de 10 por cada millar. 

Quedan entonces varias interrogantes por resolver antes de descalificar tanto a PISA como a la Nueva Escuela Mexicana, porque la misma OCDE reconoce que en general la educación en todos los países resultó afectada por el confinamiento a que obligó la pandemia. Queda de manifiesto que intentar responder a una crisis semejante a través de mecanismos de comunicación remotos no es la mejor opción y que la convivencia diaria y un buen docente favorecen los aprendizajes más que contar con una conexión a Internet.

Pero la respuesta hacia los resultados de PISA también pasa por un tamiz ideológico. Al tratarse de una prueba homologada entre los miembros de la OCDE, y aunque no tiene un carácter vinculante, suele concluir con una serie de recomendaciones sobre ajustes en planes educativos, métodos de enseñanza y diseño de currículas que resultan cuestionables dado que representan una injerencia sobre la política nacional en educación. Puede interpretarse como una evaluación del mercado a la producción de mano de obra calificada en 81 países.

En suma, lo que la OCDE señala acerca de que PISA da datos y sirve para que los gobiernos de los países sepan qué dirección tomar en lo educativo, no deja de ser una acción por lo menos polémica en cuanto a la decisión que cada pueblo tiene para diseñar su sistema. La mera sugerencia de cambiar el rumbo para revertir la tendencia a la baja en matemáticas, lectura y ciencias implica movilizar al magisterio y hacer ajustes cuyos resultados se verán mucho después de un sexenio, una expectativa poco realista tanto para quienes miden el tiempo en períodos electorales.

Pero mientras, quienes quedan en medio son los estudiantes, que son quienes egresan con niveles de comprensión lectora y resolución de problemas matemáticos que resultan insuficientes para acceder a la educación superior o tener un desempeño satisfactorio en un puesto laboral que requiera de estas habilidades, y aquí es cuando se tiene un problema complejo si es que de verdad existe la voluntad para dar un salto cualitativo en materia de instrucción, y resolverlo pasa por instaurar políticas públicas que garanticen un mínimo de calidad en instalaciones, formación y seguridad laboral de los docentes y acceso a tecnologías. PISA, mientras, seguirá siendo un gran reto.

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Edición: Estefanía Cardeña


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