Opinión
La Jornada
06/01/2026 | Ciudad de México
Las principales compañías petroleras estadunidenses registraron importantes aumentos de cotización en bolsa a raíz del secuestro del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, y las declaraciones de Donald Trump sobre su determinación de apoderarse de toda la industria petrolera del país caribeño. De manera significativa, las empresas que experimentaron mayores ganancias bursátiles no fueron las que extraen y comercializan el crudo, sino las especializadas en proveer tecnología y construir pozos y plataformas, lo cual se explica por la urgente modernización de la infraestructura petrolera venezolana, envejecida por décadas de asedio estadunidense que impidieron a Caracas renovar sus instalaciones y darles el mantenimiento adecuado.
Asimismo, se reveló que inversionistas de Wall Street ya adquirieron bonos venezolanos con la expectativa de que el sometimiento de Caracas a una condición colonial abra pingües oportunidades de negocio en el sector de hidrocarburos, la construcción y el turismo. De acuerdo con un consultor que asesora a los dueños de capitales, hay un notable entusiasmo por el “liderazgo directo” de Estados Unidos y ya está en marcha un plan provisional para que funcionarios de este país viajen a Venezuela a imponer los términos del saqueo.
Aunque altos ejecutivos de las mayores petroleras estadunidenses –Chevron (la única que actualmente opera en suelo venezolano), ConocoPhillips y ExxonMobil– negaron cualquier contacto con la Casa Blanca antes o después de la intervención militar del sábado 3, ya tienen programada una reunión con el gobierno de Trump para la próxima semana, en la cual tratarán su papel en la futura Venezuela “gobernada por Estados Unidos”. Ante las dudas que genera la masiva inversión necesaria para revitalizar la industria que el propio Washington destruyó, el magnate puso sobre la mesa una subvención gubernamental: “se tendrá que gastar una enorme cantidad de dinero, y las compañías petroleras lo gastarán, y luego recibirán el rembolso a través de nosotros o de sus ingresos”, dijo.
Más allá de la inédita transparencia con que Washington expresa que el expolio es el motor de su política exterior, la intervención en Venezuela está marcada por una profunda paradoja. Aunque este país posee las mayores reservas de crudo del planeta, su hidrocarburo es del tipo extrapesado, que requiere procesos costosos de refinación y ser mezclado con diluyentes antes de transformarse en combustible o cualquier otro producto. Estos sobrecostos no son un problema si se ven compensados por los precios del petróleo en el mercado mundial, pero en la actualidad dejan un margen de ganancia mucho menor del que las compañías estadunidenses obtienen en yacimientos domésticos o en otras regiones. Además, la demanda ya se encuentra cubierta por una superabundancia de crudo barato, e inyectar todavía más producción al sistema inevitablemente provocaría una caída de precios que haría inviables las operaciones venezolanas. Para colmo, la transición energética detendrá y eventualmente tirará la demanda de hidrocarburos antes de que puedan recuperarse las inversiones proyectadas en Venezuela.
Todo lo anterior es bien sabido por las compañías petroleras, como reflejó un ejecutivo al expresar: “no creo que veamos a ninguna otra empresa que no sea Chevron, que ya está ahí, comprometerse a desarrollar este recurso”. También lo sabe Trump, pues de lo contrario no habría ofrecido subsidiar una actividad por la que antaño las trasnacionales habrían peleado. En suma, si el magnate logra aplastar la soberanía venezolana y hacerse de su petróleo, el saqueo no sólo sería contra la nación caribeña, sino también contra los contribuyentes estadunidenses que financiarían la obsesión petrolera del presidente con sus impuestos y con el deterioro catastrófico de su calidad de vida. El pueblo venezolano, por supuesto, no vería un centavo; por el contrario, su situación empeoraría por la voracidad de las corporaciones extranjeras y la oligarquía local expulsada del poder en 1999, cuyos integrantes sueñan con una restauración de la mano de Washington. La Venezuela soberana está herida de muerte, y sobre ella planean zopilotes con el Nobel de la Paz en una garra y títulos bursátiles en la otra.
Edición: Ana Ordaz