Opinión
Julio Hernández López
06/01/2026 | Ciudad de México
Posición complicada
No es un lance menor la declaratoria presidencial mexicana de rechazo a la agravada doctrina de intervencionismo en naciones americanas que ya es conocida como “Donroe”. Con el cuidado al que obliga el máximo cargo de poder, Claudia Sheinbaum estableció que no hay doctrina ni potencia que deba asumir que le pertenece nación ajena. Y reiteró que en México el que manda es el pueblo.
A como están los ánimos en el equipo de halcones que dirige el gobierno de Estados Unidos, cebados y envalentonados por su reciente ataque criminal a Venezuela y el secuestro de su presidente en funciones, la razonada postura de la presidenta de México puede inscribirla de manera subrayada como enemiga de las políticas de la bélica Casa Blanca, una “comunista” a añadir a la lista de candidaturas trumpistas a recibir un golpe mayor.
Además, México ha suscrito un pronunciamiento de gobiernos progresistas latinoamericanos y de España, y su representante en Naciones Unidas, Héctor Vasconcelos, ha advertido el daño que Washington asesta al derecho internacional, en específico a los ordenamientos de la propia organización mencionada.
Entrampamientos varios
Las expresiones de Sheinbaum y su gobierno son las más fuertes, o las menos acompasadas o tolerantes, en relación con el trumpismo usualmente provocador y vociferante en su relación con México. La Presidenta ha mantenido la “cabeza fría” como pragmatismo rector, pero el nivel de amenazas de Trump ha crecido a partir del ataque militar a Venezuela, que vuelve más verosímiles los amagos de acción directa en México.
Sheinbaum tiene varios entrampamientos. El más evidente consiste en la necesidad de sostener principios diplomáticos, históricos e ideológicos de izquierda o nacionalistas, a la vez que se atiende el pragmatismo comercial, financiero y económico que se desprende de una vecindad geográfica que a la vez ha significado una dependencia histórica y que hoy empuja a Palacio Nacional a aceptar y procesar una integración norteamericana que en los hechos es una forma de anexión a la locomotora gringa que reclama América para sí, ante la posibilidad de ceder a China y Rusia en otras latitudes a repartir.
También es notable el entrampamiento de un proceso político-electoral (la llamada 4T) que tiene en sus manos un enorme poder institucional, con legitimidad de origen, pero que no puede tomar medidas profundamente transformadoras porque los factores reales de poder se lo impiden y condicionan. Todo esto, en el marco de una clase política guinda, y de cromáticas aliadas, que se ha desenvuelto reactivamente ante exigencias estadunidenses en materia de combate y control del crimen organizado, pero que no puede desprenderse de sus piezas corruptas y dañinas ni castigarlas ejemplarmente, con lo cual concede a la hipócrita retórica gringa el sostenimiento de las acusaciones y la “justificación” de acciones directas en México.
Todo ello, mientras en Caracas una debilitada, condicionada y amenazada Delcy Rodríguez ha tomado posesión de la presidencia encargada de Venezuela, con una comisión de halcones gringos (Marco Rubio, Pete Hegseth y Stephen Miller) designada por Trump para ejercer coacción a fin de que los intereses empresariales y políticos de Estados Unidos sean suculentamente servidos, sobre todo los esenciales, los petroleros (a la hora de cerrar esta columna se habían escuchado disparos en el entorno del Palacio de Miraflores; primeras versiones atribuían el hecho al vuelo de drones, tal vez en un enredo operativo interno).
Maduro: prisionero de guerra
Por su parte,
Nicolás Maduro mantuvo, más allá de su historial en la política venezolana, una actitud decorosa en su primera comparecencia ante una autoridad judicial de Estados Unidos: reivindicó su condición de presidente de Venezuela y se declaró secuestrado y prisionero de guerra. Viene un complicado proceso en su contra que, de entrada, se sustenta en hechos evidentes de violación a los principios del derecho. ¡Hasta mañana!
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Edición. Ana Ordaz