Opinión
La Jornada Maya
06/01/2026 | Mérida, Yucatán
El mes de diciembre está asociado a varias festividades que, a su vez, han servido de motivo para emplear pirotecnia. Desde las manifestaciones de fervor hacia la virgen de Guadalupe hasta la nochevieja, las explosiones de petardos interrumpen el paisaje sonoro en prácticamente todo el país, y al mismo tiempo dejan atrás una secuela de daños materiales y a la salud de muchas personas.
El uso de los fuegos artificiales es una costumbre sumamente arraigada. Está documentado que, en caso de amenaza o de algún festejo, prácticamente todas las poblaciones de México y en especial de la península de Yucatán llamaban a sus habitantes mediante las campanas de la iglesia y voladores o cohetones. Por el contrario, las quejas al respecto son apenas de este milenio, aunque no por ser un fenómeno reciente carecen de razón; si algo han tenido estos señalamientos es precisamente el apuntar a contradicciones como la existente entre conmemorar la Navidad -haciendo referencia a un nacimiento en condiciones paupérrimas -con la quema de dinero que supone el reventar “bombitas”.
La campaña contra la pirotecnia podría verse como un nuevo enfrentamiento entre modernidad y tradición, pues su uso a lo largo del año se concentra en fiestas patronales, procesiones religiosas, y quienes la adquieren son generalmente los gremios -como el de alarifes, tablajeros o señoras -participantes en una devoción. Son estas asociaciones de antiguo régimen las que recurren a los artesanos que elaboran toritos, cipreses y cadenas de “bronceo” que producen chiflidos, estallidos, luces multicolores… y mucho humo.
Ahora, independientemente de que se quiera crear un conflicto con estas organizaciones y los artesanos que elaboran pirotecnia, debe aceptarse que mucha de la que actualmente se utiliza y que adquieren los ayuntamientos de las principales capitales del país proviene de fábricas extranjeras, por lo que favorecer el uso de unas implica afectar a una actividad económica establecida, que suele ser supervisada por la Secretaría de la Defensa Nacional, por el uso de explosivos, y que paga impuestos.
Pero también es muy cierto que la pirotecnia artesanal conlleva riesgos importantes. Casi cada año nos enteramos del incendio de alguna bodega en Tultepec, Estado de México, que termina afectando a cientos de personas. Históricamente, en Yucatán, también es posible encontrar, revisando la prensa del siglo pasado, que por causa de un “volador” se quemó el techo de una casa y una familia -o todo un pueblo -sucumbió ante las llamas. En Mérida, es legendario el caso del cine Rialto, en el barrio de Santiago, a mediados de esa centuria, por un cohete que cayó dentro del edificio (no estaba completamente techado) y prendió las paredes de madera.
Ahora, los fuegos artificiales han dado lugar a incendios reales: los primeros minutos de enero arrojaron
el saldo de un restaurante familiar consumido por las llamas, también provocadas por la pirotecnia combinada con una techumbre de huano, al igual que el kiosko de la ciudad de Kanasín, donde se quemó la decoración navideña. La gran pregunta es si es posible fincar responsabilidades contra alguien, porque los voladores fueron encendidos por una mano humana. El daño ha sido la pérdida de una inversión y las fuentes de empleo correspondientes, y por otro lado, de infraestructura urbana. Ningún festejo debiera incluir el perjuicio a nadie.
Es tiempo también de hacer conciencia y reconocer que ningún artefacto pirotécnico es juguete que pueda dejarse para diversión libre de la niñez, sin supervisión. Es hasta contradictorio que la noche del 31 de diciembre se regale una bolsa de “bombitas” a niños a los que no se les permite encender una estufa si no es bajo la rigurosa mirada de un adulto. Los festejos que terminan en un hospital tienen ahí su origen. Esto es lo que nos toca como ciudadanía.
A la autoridad le toca revisar sus procedimientos de supervisión a quienes elaboran pirotecnia, vigilar su venta, crear campañas para la prevención de accidentes y acerca de las molestias que producen en personas neurodivergentes y animales. Desde ahora hacemos votos para que el fin de año resulte, de verdad, en saldo blanco.
Edición: Fernando Sierra