Opinión
Margarita Robleda Moguel
12/01/2026 | Mérida, Yucatán
“Oye Bartola, ahí te dejo estos dos pesos, pagas la renta, el teléfono y la luz…” Siempre hemos escuchado hablar de lo difícil que es remontar la cuesta de enero.
Se acabó el fandango que inició desde septiembre en el que los anuncios de juguetes crean expectativas feroces en los chiquitos y en el que las tiendas nos venden Navidad con infinidad de ofertas y prolongan el Buen Fin para que nuestras casas se miren como las de las películas navideñas norteamericanas con sinfin de foquitos y monumentales árboles y renovada decoración.
Comenzaron las prisas entre jalowin, y disfraces de monstruos, para recolectar tanto dulce que urge esconder por temor a las caries, las posadas, las cartas a Santo Clos, la adquisición de regalos, que se vean lucidores y que no cuesten mucho, la abundancia de desayunos para que el año no termine sin antes vernos, las presiones sociales, armar la cena lo más suntuosa posible , sin tomar en cuenta los gastos; correr, correr, y correr, no encontrar donde estacionar, agotar el aguinaldo que nos pica en las manos, atascar la tarjeta, pedir préstamos para terminar el año… ufff, los últimos pesos son para comprar una rosca y cumplir las tradiciones. Y después de todo, gané un kilo, y no me saqué al niño.
Enero siete comienza la cuesta de enero. Siempre se habla de la cuestión monetaria, pero no del vacío que se siente, del hastío, tanto correr, tanta expectativa. Tanto esperar por algo que durante tantos años me han dicho que me haría muy feliz y la realidad es que en algún momento perdimos la ruta a Belén, al origen de la fiesta, el sentido verdadero, que no está relacionado con la economía, para dedicarnos a correr, competir, cumplir, etc, etc.
Recibí regalos que no me gustaron, no se como pensó que me gustaría, ¿será un roperazo que no encontró dónde meter? La cara de decepción de los que recibieron los míos, me dice que no se contentan con nada. Debo haber subido como 8 kilos y ahora estoy sin dinero para entrar de nuevo al gimnasio. Bueno, mejor, voy a la clase gratis y al poco tiempo, no vuelvo. ¡Yo cumplí!
En un video de Diana Al Azem, Profesora, divulgadora y escritora, nos muestra como jóvenes, de distintas familias, de pocos recursos, abren su regalo, lo ven, entran en furia y lo tiran al suelo. En uno, una señorita tiró al suelo una computadora. ¿No le gustó la marca? En otro es una pantalla que no solo tiró sino, también pisó. El tercero es un niño que se asoma al regalo, no le gustó lo tiró y regresó a patearlo. Diana comenta que por desgracia esto está ocurriendo con mucha más frecuencia de lo que pensamos en las familias. Frases dichas con desdén, sobre un regalo que hiciste con mucho cariño y te duele, y es que, no solo es el regalo, sino también la ingratitud que demuestran, la sensación de que nada es suficiente y entonces uno se pregunta ¿Dónde está el fallo? ¿En qué momento dejaron de apreciar nuestros hijos, todo aquello que reciben?
“Todo está en su cerebro. Cuando hiperregalamos desde la infancia, activamos en el cerebro el sistema de recompensa que ésta conecta con la dopamina. Cada regalo nuevo, cada sorpresa, cada capricho porque sí, genera un pico de placer, pero a la larga, el cerebro se habitúa. Lo que era emocionante, ahora se vuelve normal, lo que ilusionaba, ahora aburre y lo que debería agradecerse, ahora se exige. Esto no quiere decir que es un niño malcriado, tiene que ver con los padres que educamos en la inmediatez, en la saturación de estímulos y en la sobre abundancia que adormece la gratitud. Un adolescente hiperregalado no solo se vuelve poco agradecido, se vuelve intolerante con la espera, el esfuerzo y pierde la tolerancia emocional con el valor de las cosas. ¿Qué necesitan nuestros hijos? Menos cosas y más tiempo. Menos objetos y más conexión.”
El psicólogo educativo Borja Quicios comenta en un artículo: Consecuencias del Síndrome del niño hiperregalado en Navidad.
“No valora lo que recibe. Siempre quiere más. Es muy caprichoso. Es muy consumista. Tiene baja tolerancia a la frustración. Puede volverse egoísta. Tiene poca creatividad y juego pobre. Cree que no hay normas ni esfuerzo”.
¡Ay, Bartola! ¡Enséñanos a vivir y disfrutar lo que tenemos!
Bienvenidos 2026, año de la recuperación humana.
Edición: Emilio Gómez