Opinión
La Jornada Maya
11/01/2026 | Ciudad de México
Todo Estado aspira a ser respetado por los demás, independientemente de su capacidad militar, composición demográfica, sistema de gobierno adoptado o poderío militar. El establecimiento de relaciones comerciales entre países suele ser el mecanismo de equilibrio, en el cual se ponen las bases para una convivencia armónica de intercambio, pero también suelen agregarse mecanismos para la resolución de conflictos que sí resultan en desventajas para las naciones más débiles.
Desde finales del siglo XX se observó que la tensión entre países no iba a darse dentro de la relación entre unos y otros, sino por las acciones que determinadas organizaciones radicales llevaron a cabo sin el apoyo de un gobierno, que terminaron por afectar de alguna manera al antiguo socio. Organismos como Al Qaeda, el Daesh o ISIS, no actuaron como parte de las fuerzas armadas reconocidas. Aun así, fueron el motivo para que una potencia, Estados Unidos, llevara a
cabo operaciones que terminaron con la intervención de los gobiernos de Irak y Afganistán, respectivamente.
En América Latina, los cárteles del narcotráfico suelen ser verdaderas fuerzas económicas y con alto poder de fuego; algunos, por sus operaciones, pueden ser denominados como empresas trasnacionales. Se trata, no obstante, del crimen organizado y ningún gobierno quisiera estar ligado a ellos; aunque se han dado casos en los que negocios, corporaciones oficiales y ayuntamientos, gobiernos locales y también han corrompido la administración nacional en varios momentos de la historia reciente.
En estos momentos, el gobierno de Estados Unidos, encabezado por Donald Trump, ha manifestado sus intenciones de intervenir en otros países, como hizo en Venezuela iniciando el presente año, alegando que desde esos territorios se envían drogas que terminan por afectar a su población.
Trump, en los mensajes hacia su base electoral, ha indicado que procederá contra los cárteles, pero en lugar de hacerlo en su propio país, la amenaza es la de impulsar operaciones de su ejército en cualquier lugar del continente americano, menos Estados Unidos, por supuesto. En el caso mexicano, dada la vecindad adyacente, ese discurso se convierte en arma para los opositores al gobierno que encabeza Claudia Sheinbaum.
La presidenta ha sido clara en cuanto a los principios que deben regir la relación entre México y Estados Unidos, y que ésta debe estar fundamentada en un diálogo respetuoso, dentro del cual se puede establecer la colaboración, la coordinación, pero nunca la subordinación.
A los ojos de una oposición sistemática, cualquier acto de la presidenta Claudia Sheinbaum que se encuentre vinculado al interés de Estados Unidos en disminuir el tráfico de drogas, particularmente fentanilo, allende el Bravo, será presentado como una subordinación ignominiosa. Lo que hay detrás, sin embargo, es un fuerte trabajo de inteligencia, el intercambio de información, el diseño de operativos para la aprehensión de capos y, eventualmente, un traslado de estos a prisiones estadunidenses. Eso se consigue en el marco de una relación respetuosa, no de subordinación.
Ahora, mantener el respeto en la relación ha sido un reto para el gobierno mexicano.
Una reacción inmediata, impulsiva, en algún otro momento, podría haber tenido consecuencias graves para el comercio entre ambos países, y pudo haber sido el pretexto para intentos por parte de Estados Unidos para intervenir en la política nacional. El aplomo y serenidad que ha transmitido la Presidenta en sus respuestas ha sido clave para que las instituciones mexicanas puedan hacer su trabajo y el país siga siendo soberano.
Edición: Emilio Gómez