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Foto: El Popular, 24 de noviembre de 1922

En el ámbito de las bellas artes, el papel de la crónica y la crítica va de la mano, pero es difícil distinguir cuándo termina una y comienza la otra. En teoría, es relativamente fácil concentrarse en la relatoría de los hechos; en la práctica, hay palabras clave, silencios y circunloquios que conducen a creer que hay un compromiso -y sobre todo, la falta de uno -cuando la lectura de la nota deja al lector demasiados espacios por llenar.

El 24 de noviembre de 1922, el diario El Popular, vocero del Partido Socialista del Sureste, publicó una nota, con fotografía, titulada “Amparito Guillot”, seguida de un subtítulo que indicaba “La gentil tonadillera y danzarina Española que debutó anoche en el Teatro Peón Contreras”.

No era la primera vez que la artista en cuestión se presentaba en Mérida. Y aclaremos de una vez que no existe parentesco alguno con la bolerista cubana Olga Guillot. El cronista deja saber que “existe ya una gran diferencia entre la que nos visitó anteriormente y ésta que en honor a la verdad se encuentra ya en el apogeo de su arte”. El público ya debía tener antecedentes de ella, “al salir a escena fue saludada con nutridos aplausos” por parte de la numerosa concurrencia al teatro.

Ahora bien, el reportero no profundiza en lo que ocurrió en el escenario. La nota terminó derivando hacia la adjetivación tanto del canto como de la danza de Amparito Guillot. A ojos contemporáneos, esto resulta extraño, por lo que es posible suponer que la comisión vino sin muchas contemplaciones y el testigo para la prensa carecía de capital cultural siquiera para reconocer las canciones y los números de baile del “selecto programa” seleccionado para el debut de la artista, “verdaderamente admirable, por su delicadeza y sutilidad”. O de plano, no les hizo caso cuando se anunciaron.

Eso sí, la nota es pródiga en adjetivos, por lo que sí había riqueza de léxico. Al referirse a la voz de la artista, señala: “El arte de Amparito no se confunde con el de otras artistas tan geniales que han venido a esta ciudad. Al pasar por su alma la tonadilla adquiere una delicadeza que la afina y la hace más honda, surgiendo luego de su predilecta garganta la armonía cristalina, que infunde y toda la emoción característica del sentimiento que canta [sic]”. Más adelante agregaba que las canciones causaron el deleite de la concurrencia y en ellas “pudo apreciarse su arte, en las diversas facetas brillantes, de la sentimentalidad, y de un humorismo sumamente elegante y sugestivo”.

En cuanto a las dotes entregadas por Terpsícore, Amparito “supo demostrar toda la delicadeza de su alma, maestra en el arte de agradar”, y “En sus bailes típicos, españoles, holandeses y otras regiones, supo encarnar todo el carácter innato de ellas con una gracia verdaderamente indescriptible”; tanto que, según admite, “el cronista se creyó envuelto en una intangible bruma de ensueño, pues tal era la ilusión que esta eximia danzarina produjo en el alma de los espectadores, al tejer sus danzas con el milagro de sus pies desnudos, envuelta en cendales vaporosos y al son de una música exótica”.

Bruma de ensueño… ¡el reportero se durmió en la butaca, seguramente! Y a falta de una muestra de aprecio por el arte, ofreció esta crónica que parece más una muestra de “cultivo” que de gusto genuino por el arte. 

Algo debió pasar porque Amparito Guillot sólo estuvo unos pocos días más en Mérida y las funciones se trasladaron al Teatro Principal. Siendo El Popular un diario esencialmente político y noticioso, los pormenores de la fárándula quedaban precisamente como un interés secundario.

Y ya hablando de intereses secundarios, ¿faltará mucho para que el arte vuelva a presentarse en el Teatro Peón Contreras? Esas parecen ser notas de otros tiempos, esencialmente futuros, y esperemos que no mucho.





Edición: Estefanía Cardeña


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