Opinión
J. Armando Arceo Vargas
26/01/2026 | Mérida, Yucatán
Rembrandt alcanzó la cúspide con La ronda de la noche, Beethoven con la Novena Sinfonía. Henry Miller con la obra Trópico de Cáncer. En mi opinión, Carlos Martín Briceño llega a la madurez como escritor con Los secretos vivos (Lectorum 2025).
Definirse como artista, independiente del género que se escoja, no tiene que ver con el número de publicaciones, ni con la categoría de premios recibidos que, en el caso de Carlos, han sido más de diez títulos y numerosos reconocimientos locales, nacionales e internacionales. La madurez se alcanza con la calidad de la obra.
En esta última entrega, Martín Briceño escribe la vida y define su estilo: el de un escritor crudo, sin tapujos, que escudriña en los rincones más profundos del ser humano. Su prosa se lee fácil, como pájaro que vuela libre en un hermoso amanecer o pez que nada alegremente entre aguas cristalinas o turbulentas, sin importarle lo externo, con la confianza del encuentro con su propia naturaleza, siendo él mismo.
En la cadencia de Los secretos vivos no queda afuera ninguno de los sentidos. Se manifiesta en la música más diversa, que bien puede ser el estruendo metálico de AC/DC, la bachata de Anthony Santos, el melancólico sax de Kenny G., hasta el sonido revolucionario de Silvio Rodríguez. El paladar no se queda atrás y nos convida con bocaditos de queso checoslovaco, un lomo de atún a las brasas sazonado con alepo, una bandeja de arroz amarillo decorado con flores de pimiento morrón, brochetas tricolores, un helado de Coppelia.
Pero ninguna de las delicias anteriores define tanto la prosa de Carlos Martín Briceño como su particular forma de percibir y expresar la sensualidad, el deseo y el sexo. Aquí, su prosa desinhibida, cruda y al mismo tiempo fina, nos transporta a los momentos más profundos que marcan y sellan para siempre la vida. El juego de la cotidianidad genital que expresa en Los secretos vivos, contextualizado en la homosexualidad, la timidez, la represión social, la transgresión, la infidelidad junto al peso de la culpa, el arrepentimiento, la resignación, son solo algunos de los temas en los que el autor extiende sus alas magistralmente.
Los secretos vivos abre una caja de Pandora. Martín Briceño se enfrenta una vez más al ser humano y a sí mismo como autor. La débil línea entre ficción y realidad desaparece en este fino trabajo de creación literaria. ¿Sus cualidades? Un cuidadoso manejo de los tiempos verbales, ausencia de rimas internas, no abuso de gerundios y adjetivos, cero lugares comunes, sin repetición de ideas, coherencia en la lógica del tema, mesura en la aparición de personajes, exclusión de lo superfluo, nada de cursilerías ni romanticismos. Carlos hace que cada cuento sea un todo redondo y fácil de digerir, contundente. Nunca deja al lector igual que antes; lo cuestiona, lo hace pensar, pero, sobre todo, lo coloca sin su permiso en el papel de los personajes. Y muchas veces el final queda abierto a la imaginación. En términos boxísticos, con Carlos Martín Briceño cada relato es un knock out.
En el año de 1934 el estadounidense Henry Miller pasó a la historia de la literatura por su obra valiente y descarada, retratando sin pudor las relaciones sexuales dentro la hipócrita sociedad mojigata de la época. 92 años después, Carlos Martín Briceño hace lo mismo. Devela la sociedad yucateca con toda su lujuria y sensualidad dentro de su maraña de amores y sinsabores y la cristaliza a través de su obra.
Edición: Emilio Gómez