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Foto: Fernando Eloy

Cuando se discuten temas sobre los que existen parámetros siempre es posible hallar ejemplos de experiencias personales cercanas que terminan por influir en las decisiones. Poniendo por ejemplo la calidad de algún modelo de automóvil dentro de una marca específica, existen estudios por parte de las compañías aseguradoras, información sobre el rendimiento de combustible y/o tiempo de recarga de la batería, facilidad para encontrar refacciones, etcétera; pero cuando alguien menciona que pretende adquirir uno, suele haber algún conocido o pariente con una experiencia negativa del mismo, lo que rápidamente orienta la compra hacia otra opción.

De esta manera, lo que ocurre es la creación de un contraste entre la realidad verificable con datos duros y la percepción individual. Traslademos ahora la experiencia de la adquisición de un vehículo a la seguridad con que se vive en un país, estado o municipio. El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) publica continuamente los resultados de la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU) y la que corresponde al último trimestre de 2025 revela un dato preocupante si no se analizan las variantes.

El dato en cuestión es que de octubre a diciembre aumentó la percepción de inseguridad en las cinco ciudades de la península de Yucatán que sirven para muestra en la ENSU: Mérida, Campeche, Ciudad del Carmen, Chetumal y Cancún.

Los incrementos no son en el mismo porcentaje. El más alto tuvo lugar en la capital de Campeche, con 13.8 puntos porcentuales comparado con el promedio de los tres trimestres previos, al pasar de 48.8 al 62.6 por ciento. Cancún, en la parte alta de la tabla, pasó de 74.1 a 81 por ciento, lo que debe ser preocupante para el principal destino turístico del país. Ciudad del Carmen y Chetumal aumentaron 4 y 4.1 puntos porcentuales respectivamente; pero mientras en la primera, alrededor de la mitad de su población se siente insegura, en la capital quintanarroense ya son más de seis de cada 10 habitantes los que se sienten en riesgo. Mientras, Mérida, la capital del estado más seguro, pasó de 31.5 a 36.9 por ciento; un aumento de 5.4 puntos.

Reiteremos que se trata de percepción, de una sensación de inseguridad atribuible a una combinación de factores asociados habitualmente a los últimos tres meses del año. El primero es la promoción del movimiento comercial, tanto con la campaña de El Buen Fin como con los gastos de las fiestas decembrinas. Es una época en la cual la gente en general cuenta con algo más de dinero, y por lo mismo, la delincuencia también se encuentra más activa y recurre ahora a muchas estrategias: desde el asalto en la vía pública hasta el engaño telefónico y extorsión por mensajes, incluso con inteligencia artificial.

Por otro lado, también hay una respuesta real de miedo ante el combate al crimen organizado. No es casualidad que el mayor porcentaje de personas que consideraron inseguro vivir en su ciudad se encuentre en Uruapan, justo tras el asesinato de su presidente municipal, Carlos Manzo.

Lo mismo para Culiacán, donde continúa el enfrentamiento entre La Mayiza y Los Chapitos.

Pero volviendo a la península de Yucatán, el resultado de la ENSU también refleja el tratamiento sensacionalista que se da a algunas notas.

Las detenciones de líderes del crimen organizado y generadores de violencia en las tres entidades suelen producir reacciones que se reducen a la idea de “están entre nosotros”, “podría ser mi vecino”, y lo que se tiene también es un mal manejo de la información en materia de seguridad a nivel local. Cuando las autoridades dan cuenta de los resultados de los operativos policiales y la velocidad con que se consigue la aprehensión de presuntos delincuentes tras los hechos, bien podría verse una reducción en la percepción de inseguridad.

Si, por el contrario, surgen videos en los que se observa a integrantes de las fuerzas de seguridad extorsionando o cometiendo arbitrariedades -como está ocurriendo en Minnesota, con el ICE de Donald Trump - lo natural es que a la percepción de inseguridad se deba agregar la desconfianza en las autoridades, y eso es el inicio de la pérdida de legitimidad para éstas. 


Edición: Ana Ordaz


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