Opinión
La Jornada
16/02/2026 | Ciudad de México
La población de Cuba pasa por una circunstancia desesperada y trágica debido al bloqueo criminal que Estados Unidos mantiene contra esa nación caribeña desde hace más de seis décadas y a su agudización por el gobierno de Donald Trump, quien ahora pretende asfixiar a los cubanos mediante sanciones a los países que envíen petróleo a la isla. Ello ha provocado un colapso energético debido a que la inmensa mayoría de la electricidad y de la movilidad de la isla dependen del crudo y sus derivados para funcionar. Prácticamente no hay actividad pública o privada que no se vea afectada por un atropello prepotente, arbitrario y cruel que no sólo se comete contra Cuba, sino contra los países que mantienen lazos económicos con ella, particularmente en lo que se refiere al abasto petrolero, como es el caso de México.
La agresión del bloqueo, que ha merecido el repudio mundial casi unánime, impone durísimas condiciones de vida a la generalidad de los cubanos, pero ademas prefigura, en el ámbito energético, una circunstancia que puede ocurrir en otras naciones si no se acelera la sustitución de los combustibles fósiles –que son recursos finitos en un plazo no muy largo– por otras fuentes energéticas. La llegada de este escenario catastrófico puede adelantarse debido a las absurdas políticas que el régimen trumpista ha implantado para acelerar y aumentar la quema de petróleo y abandonar los esfuerzos orientados a diversificar las fuentes energéticas.
En el caso del país caribeño, la dependencia del crudo para hacerlo funcionar es casi total. El bloqueo mismo ha sido determinante para que la isla viva un gran atraso en el desarrollo de la electromovilidad y para que tenga que generar su electricidad con un vetusto sistema de termoeléctricas. Por ello, la extorsión de imponer aranceles a quienes vendan petróleo a Cuba resulta particularmente devastadora. Así, la isla ha iniciado una transición energética en circunstancias extremas y empiezan a generalizarse los exhortos a enviarle, como parte de la asistencia humanitaria indispensable, no sólo alimentos, medicamentos, insumos médicos y artículos de primera necesidad, sino también componentes para sistemas fotovoltaicos: paneles solares, inversores, controladores de carga y baterías de ciclo profundo que liberen por las noches y días nublados la energía que se cosecha en horas de sol.
En los momentos actuales, se han empezado a instalar, con apoyo de China, parques solares para reforzar la maltrecha red eléctrica cubana, y algunas organizaciones de solidaridad internacional hacen llamados a donar paneles fotovoltaicos. Pero es preciso entender que las energías renovables de nueva tecnología –solar, eólica, geotérmica, biocombustibles y demás– no deben entenderse sólo como un remplazo de los combustibles fósiles, sino que es necesario, además, ir más allá del modelo energético centralizado y de obras de gran escala que éstos conllevan. Las ideas desarrollistas de grandes refinerías, centrales eléctricas enormes y extensas redes de alta tensión para transportar la electricidad por cientos o miles de kilómetros, deben ir dando paso a la generación distribuida, que obedece a una lógica distinta: producir y almacenar la mayor parte de la energía en el sitio en que se consume, lo que implica una descentralización mediante instalaciones municipales, comunitarias, barriales o unifamiliares. Por su parte, la producción de biocombustibles no requiere de instalaciones enormes y puede también ser abordada en escalas menores y locales.
Podría parecer excesivo y hasta cruel el planteamiento de que, además de enfrentar las asfixiantes circunstancias creadas por el bloqueo estadunidense, la isla deba emprender una transición energética general y acelerada. Lo cierto es que, a lo que puede verse, ésta puede ser la única salida para superar una crisis energética que impacta todos los aspectos de la vida en Cuba, y que es en esta dirección donde debe concentrarse una porción sustancial de la ayuda humanitaria internacional. Más allá de la irrenunciable reivindicación de las soberanías y el derecho internacional, el momento cubano actual puede convertirse en un ejemplo –uno más de tantos– para el mundo.
Edición: Ana Ordaz