Opinión
Felipe Escalante Tió
19/02/2026 | Mérida, Yucatán
La idea de que una imagen dice más que mil palabras suele tomarse literalmente cuando se trata de fotografías, pinturas, en fin, ilustraciones en general. En el ámbito periodístico, el ojo del fotógrafo es fundamental y podría decirse que marca la pauta de la calidad del medio.
Ahora, existe otra imagen que aunque recibe por nombre un despectivo (“caricatura” proviene del italiano caricare que equivale a “cargar”, “exagerar” o “sobrecargar”, lo que equivalía a alejarla de la realidad y/o de la belleza), también es referida como “cartón editorial” porque es también una reflexión sobre los acontecimientos. Y aunque en la prensa es posible encontrar un diálogo entre ilustración y algún texto de opinión o una noticia, hay ocasiones en que el dibujante no necesita de acompañamiento.
Un ejemplo lo encontramos en una publicación aparecida ya hace 120 años, el semanario El Padre Clarencio, feroz crítico del gobierno de Olegario Molina Solís en Yucatán y de Porfirio Díaz en el país. Por esas fechas, este último había visitado el estado mientras Carlos P. Escoffié Zetina, director de la publicación, se encontraba como “huésped” de la Penitenciaría Juárez, acusado de injurias graves contra un hermano del gobernador. Para entonces, también, la revista estaba a punto de cerrar su segunda época, ahogada por la presión política y porque muchos de sus agentes o distribuidores dejaron de pagar los ejemplares que pedían de ordinario.
La imagen ocupa las planas centrales de la entrega correspondiente al 18 de marzo de 1906 y en ella se encuentra, al centro, una gigantesca alegoría de la muerte; armada de una guadaña en la mano derecha mientras que en la izquierda muestra un reloj de arena alado, dando a entender que el tiempo vuela. La imagen es tan grande que rebasa por mucho los edificios por entre los cuales camina. A sus pies se observa a dos personajes de rostros reconocibles, pero que el caricaturista Etcétera no quiso identificar; uno de ellos parece huir rápidamente, al grado que se le cae el sombrero. El otro, mientras, mira hacia el otro lado, pretendiendo saludar. Ambos llevan bajo el brazo sendas jeringas que no son otra cosa que bitoques; es decir, artículos que se utilizaban para practicarle una lavativa al paciente. Uno está marcado como “Liga Sanitaria” y el otro como “Sanidad”, las dependencias encargadas por entonces de la salud pública.
Uno de los médicos -o “Matasanos” como indica el título de la caricatura” -pronuncia un verso: “Por más que pienso y discurro/ siempre soy el mismo burro. / Y sólo sé por mi ciencia de animal, / que nos ha llegado el mal / para hacernos competencia”. En otras palabras, esa “muerte” ha sorprendido a la población yucateca, que para colmo tiene en sus instituciones a dos médicos que no se distinguen precisamente por salvar vidas y que, acostumbrados a recetar lavados intestinales, no hallan cómo enfrentar la gigantesca amenaza que es el sarampión.
A la distancia, la crítica es un tanto inmerecida. Los avances de la medicina para ese entonces no habían dado con el modo de prevenir el sarampión y sobre todo detener su contagio. Recordemos que, a principios del siglo XX, Mérida era tenida como una ciudad moderna pero el agua que se consumía provenía de pozos, las medidas de higiene que hoy conocemos apenas empezaban a difundirse y la vacuna contra esa enfermedad tardaría todavía 50 años en desarrollarse. Ante una población sin anticuerpos, un brote podía resultar en muchas muertes, por lo que la sola mención del mal provocaba nerviosismo en las familias y, aunque la caricatura diga lo contrario, también en quienes se encargaban de la salud.
Ahora, en El Padre Clarencio colaboraba el doctor Pastor Rejón, quien había sido miembro del Consejo de Salubridad entre 1894 y 1897, durante el gobierno de Carlos Peón Machado, de manera que la caricatura puede verse también como un ajuste de cuentas entre médicos, pero eso no sucede… o simplemente pertenece a otras notas y otros tiempos.
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Edición: Estefanía Cardeña