Opinión
Carlos Martín Briceño
25/03/2026 | Mérida, Yucatán
“Cuenta tu aldea y contarás el mundo”, dicen que expresó alguna vez el escritor ruso Lev Nikoláievich Tolstói, mejor conocido por su nombre en español como León Tolstoi, autor de Guerra y Paz y Ana Karenina.
Parto de esta sentencia que sugiere que la verdad universal se encuentra en las historias de nuestro hábitat inmediato, para hablar de Días de mal presagio (Centro Cultural Tijuana 2025), el libro por el cual, Luis Antonio Canché Briceño obtuvo el Premio Nacional de Cuento en Lenguas indígenas Tetseebo 2023.
Y esto es precisamente lo que ha hecho Luis Antonio con Días de mal presagio: narrar su aldea, contar su entorno, plasmar en el sexteto de historias que integran este volumen, las oscuridades cotidianas de Chumayel, el poblado yucateco donde creció y aprendió a hablar la lengua maya.
Originados en “vivencias personales en Chumayel, de sueños e historias que recorren los pueblos desde hace generaciones”, según comenta el propio Canché Briceño, estos cuentos, que algunos podrían calificar de terroríficos, están saturados de hechos trágicos o sobrenaturales. Brujos, videntes y seres mitológicos deambulan en sus páginas como si pretendieran escapar de esa zona limítrofe, ubicada entre realidad y ficción, en la que se han mantenido agazapados durante siglos.
Tal es el caso del hechicero del relato que el autor, ganador del Premio de Literaturas Indígenas de América en 2022, ha tenido a bien dedicarme. Me refiero a 'La última brujería', uno de mis preferidos. Tomando como base la leyenda del Huay Chivo, Canché Briceño narra las peripecias que tiene que pasar una familia para acabar con la vida de don Atilano, “un viejo conocido en el pueblo por practicar la magia negra y hacerle maldad a la gente”. Las referencias a los mitos peninsulares que se transmiten de boca en boca son innumerables.
“Contaba la abuela Vita que Sajcabil estaba lleno de sascaberas, y dentro de esas cuevas subterráneas es donde los brujos se transformaban una vez llegada la media noche. Daban nueve volantines de un lado y nueve del otro, hasta lograr la transfiguración en seres horrendos, con el rostro humano y el cuerpo de animales como chivos, gallinas, cerdos, perros de enorme tamaño, entre otros…”
En el mismo tenor se encuentra 'La casa del brujo Águila', un relato que, dicho sea de paso, dialoga con otro titulado 'La casa de Adela', de la argentina Mariana Enríquez. Ambos transcurren en el interior de viejas casonas abandonadas que, de pronto, reciben la visita de niños curiosos que se han atrevido a desafiar la prohibición de entrar en ellas. En los dos casos las consecuencias son catastróficas.
“Desde ese entonces, sabía que algo malo le había sucedido a Martina, nunca debimos entrar por la pelota a la casa del Brujo Águila. Ahora veo a Martina convertida en un vegetal andante, me causa mucha pena. La atmósfera en casa se ha vuelto complicada. A mamá ya la veo demasiado cansada, me ha dado la encomienda de que esté al pendiente de mi hermana, y así lo he cumplido.”
Sin embargo, no en todos los cuentos lo sobrenatural es tan evidente. 'En La valentía de Pancho 'Armadillo' y 'Gemelos, el par que abre la colección, a pesar de contener múltiples referencias a situaciones bizarras —ruidos extraños en el monte, aparición repentina de insectos, proliferación de iguanas, escalofriantes graznidos de lechuzas— es la mano del hombre la que acelera el devenir de los acontecimientos.
Por ejemplo, en 'La valentía de Pancho Armadillo', fiestas populares, corridas de toros y brujería sustentan la narrativa. Escrito con aires de tragedia griega, será en el coso taurino donde zanjen diferencias los hombres que disputan el amor de la bella Luz Xool, hija de uno de los tipos más poderosos del pueblo.
En cuanto a 'Gemelos', más allá de la desgracia que acarrea el fallecimiento temprano de un hijo, es a través de los recuerdos del gemelo sobreviviente que nos enteramos de los ritos y creencias de los habitantes de una comunidad rural que parece preocuparse más por sus costumbres vinculadas con la muerte que de sus propios muertos.
“Pasado un tiempo, supe también cual fue la terquedad de la familia por sepultar a mi hermano con un tronco de roble a su lado. Se supone que de esta manera Baldo tenía la certeza de que se iba al cielo con su alma gemela. Juntos llegaron al mundo, juntos deben de partir.”
Me referiré finalmente a 'El último sol entre los maizales', el relato más breve pero también el más significativo de todos. Narrado en primera persona, cuenta la historia de un joven que, como parte de su servicio social, debe realizar una serie de entrevistas a presos maya hablantes encerrados en una penitenciaría rural. De esta manera se entera del caso de don Nahum, un septuagenario acusado, veinte años atrás, de haber violado a su nieta. ¿Su delito? Haber descubierto antes que nadie a la víctima y haber estampado su huella en un documento judicial sin entender lo que hacía.
Según las estadísticas oficiales, se estima que en México 7 de cada 10 hablantes de lenguas originarias que hoy cumplen una condena, no tuvieron un intérprete durante su juicio. La mayoría, al igual que don Nahum, firmó papeles que no comprendía. A pesar de que el artículo 2º constitucional garantiza la asistencia de intérpretes, en nuestro país el acceso a la justicia para los pueblos originarios sigue siendo un pendiente sin resolver.
Dice Mario Vargas Llosa que la buena literatura es aquella que da placer y crea gente menos manipulable. Escritos originalmente en lengua maya y, posteriormente, traducidos al español por el propio Canché Briceño, estos cuentos, además de cumplir con los postulados del premio Nobel peruano, son muestra fehaciente de que en nuestro país la narrativa en lenguas indígenas goza de cabal salud.
Edición: Fernando Sierra