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Foto: Efe

Los investigadores forenses utilizan el luminol para detectar trazas de sangre invisibles al ojo humano. Cuando los asesinos intentan borrar las huellas de sus crímenes, lavando la sangre de pisos y paredes, por ejemplo, el luminol los denuncia con su tenue luz azul, una reacción que se produce entre el compuesto químico y el hierro de la hemoglobina. Una habitación azul resulta, así, una habitación violenta. Como en el arte, que vuelve visible lo que a menudo pasamos por alto o lo que no queremos confrontar, la quimioluminiscencia del luminol permite percibir lo que la saña engendra, la cobardía intenta encubrir, y la impunidad perpetua con su silenciamiento forzado.

El luminol ha ayudado a esclarecer no pocos casos de feminicidio en México.

La fiscal, serie documental dirigida por Paula Mónaco y Miguel Tovar, sigue de cerca a la abogada y activista Sayuri Herrera Román, desde sus años como estudiante y participante de la huelga de la UNAM, hasta que se convirtió, el 8 de marzo de 2020, en la primera titular de la Fiscalía de Investigación del Delito de Feminicidio de la Ciudad de México. Como el luminol mismo, el guion y la cámara alumbran cuatro casos de feminicidios recientes: la desaparición de la odontóloga Karen Itzel, que aconteció cuando se proponía entregar su tesis de licenciatura; el asesinato de la cantante Yrma Lydia, ocurrido en un restaurante prestigioso de la capital, a plena luz del día; el homicidio de Ariadna Fernanda, cuyo asesino quiso hacer pasar como accidente y fue reclasificado más tarde como feminicidio; y el caso de Joana Esmeralda, madre buscadora.

La serie avanza con minucioso cuidado a través de todas estas violencias, señalando los quehaceres no sólo de la fiscal, sino de todo su equipo, compuesto por hombres y mujeres que son agentes, peritos forenses o integrantes del personal administrativo. La serie evita así generar la imagen de una heroína en solitario, ofreciéndonos en su lugar un atisbo de la laboriosa red de relaciones de trabajo de las que depende la justicia. Como decía el poeta estadunidense Fred Moten en referencia a la música negra, pero que también sería válido en relación con la impartición de justicia: “no hay solistas, sólo acompañamiento”.

Distribuida en tres capítulos, La fiscal va más allá de las narrativas patriarcales que subrayan con ciega insistencia el protagonismo del feminicida, enfocándose ahora y con justa razón en las víctimas y sus comunidades afectivas más cercanas. Y ellas no son aquí muchachas alocadas o mujeres sin voluntad o entendimiento, sino seres humanos complejos, a menudo entrañables, que se convirtieron en el blanco efectivo de violencia de perpetradores en el engañoso papel de esposos, amigos o jefes. La diversidad de perfiles confirma algo que ya sabíamos, pero que nunca está de más volver a señalar: que el feminicidio no respeta distinciones de clase, raza, etnia o educación. Que el feminicidio, como lo argumentaba Rita Segato, es la punta del iceberg de la guerra contra las mujeres del mundo actual.

Como lo demuestra la escena en el funeral de Ariadna Fernanda en que las amigas cercanas establecen hipótesis creíbles acerca del asesino, la serie señala el papel fundamental de las comunidades de mujeres tanto en los procesos de investigación como en las prácticas de duelo, incluyendo de manera preponderante la exigencia y la procuración de justicia. Sus voces emergen también como testigos dolientes sobre cuyos ecos recae la narrativa última del feminicidio y el restablecimiento de la verdad.

La serie no es naive ni miope respecto a la impunidad estructural que deja en la oscuridad tantos feminicidios en México. Pero también sugiere que, cuando hay voluntad, especialmente desde arriba, y compromiso inquebrantable en las labores cotidianas, es del todo posible esclarecer crímenes y lograr sentencias condenatorias contra los perpetradores. Más que lo existente, la serie se empeña en alumbrar, y hacer aparecer, lo posible. Cuando Sayuri Herrera abraza a la niña que ha decidido adoptar, recordé las palabras que pronunció en la primera presentación pública de El invencible verano de Liliana en una sala atiborrada de jóvenes: justicia es que esto no ocurra más.

Justicia es la no repetición. Es cierto que nos hace falta mucho trabajo tanto institucional como comunitario para llegar ahí, pero, por una tarde al menos, mientras divisaba la lista de los créditos finales, quise imaginar que muchos más quieren lo que ya queremos tantos deudos: un mundo sin violencia feminicida. Un mundo con ellas.


Edición: Ana Ordaz


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