Opinión
Rubén Torres Martínez
12/04/2026 | Mérida, Yucatán
A cuatro años de su inauguración, el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles (AIFA) continúa siendo uno de los proyectos de infraestructura más debatidos de la historia reciente del país. Su balance actual exige una lectura menos ideológica y más empírica: ni fracaso rotundo, ni éxito consolidado, sino obra en transición, con avances claros, pero con pendientes estructurales que no pueden soslayarse. Desde el ORGA hemos dado seguimiento a dicho megaproyecto desde el día uno de sus actividades.
En términos estrictamente cuantitativos, es innegable el crecimiento sostenido del AIFA. Durante 2025 movilizó más de 7 millones de pasajeros, lo que representa un incremento cercano al 11 por ciento respecto a 2024. Desde su apertura en 2022, el aeropuerto ha transportado más de 18.6 millones de usuarios. Estas cifras, en sí mismas, tiran por suelo la narrativa que lo consideraba una infraestructura subutilizada sin posibilidad de despegue. Sin embargo, el dato aislado puede inducir a conclusiones optimistas en exceso. El volumen de pasajeros sigue estando muy por debajo del Aeropuerto Internacional Benito Juárez (AICM), que continúa concentrando la mayor parte del tráfico aéreo nacional e internacional. Más aún, el AIFA se mantiene como un aeropuerto predominantemente doméstico: alrededor del 95 por ciento de sus operaciones corresponden a vuelos nacionales, mientras que el tráfico internacional apenas alcanza 4.5 por ciento. Esto no es un detalle menor, sino una limitación estructural que incide directamente en su posicionamiento global y en su capacidad de atraer turismo de alto valor. De hecho, el segmento internacional no sólo es reducido, sino que ha mostrado señales preocupantes. Durante 2025 y principios de 2026, el aeropuerto acumuló meses consecutivos de caída en pasajeros internacionales, con descensos de hasta 19.6 por ciento en algunos periodos.
Este comportamiento refleja una debilidad estratégica: el AIFA aún no logra consolidarse como un nodo relevante en la red aérea internacional, lo que limita su potencial económico y logístico. Ahora bien, sería injusto ignorar uno de sus mayores logros: el posicionamiento como principal aeropuerto de carga en México. El traslado de operaciones de carga desde el AICM permitió al AIFA movilizar más de un millón de toneladas desde su apertura. Este cambio no sólo ha generado ingresos crecientes, sino que ha contribuido a descongestionar el aeropuerto capitalino, cumpliendo parcialmente uno de los objetivos originales del proyecto.
El principal obstáculo del AIFA no está en el aire, sino en tierra. La conectividad terrestre sigue siendo su talón de Aquiles. Ubicado en Zumpango, en el Estado de México, el AIFA enfrenta tiempos de traslado largos y, en muchos casos, impredecibles desde la CDMX. Aunque existen opciones como autobuses y vialidades nuevas, la percepción de lejanía continúa desincentivando su uso. En este contexto, la promesa del tren suburbano adquiere una relevancia crítica. El proyecto que conectará Buenavista con el AIFA en aproximadamente 39 minutos, sigue estando retrasado y su entrada en operación, prevista ahora para 2026, llega tarde a las necesidades iniciales. El tren suburbano no es complemento, es condición indispensable para que el aeropuerto alcance su potencial. Sin una conectividad eficiente, cualquier crecimiento del AIFA será limitado.
Otro de los pendientes radica en la consolidación de rutas y aerolíneas. Aunque el AIFA cuenta con más de 40 destinos nacionales y algunas rutas internacionales, perdió conexiones clave en los últimos 12 meses. La recuperación de estas rutas no depende exclusivamente del gobierno, sino de la viabilidad comercial que las aerolíneas identifiquen. En otras palabras, el éxito del AIFA no puede decretarse: debe construirse a partir de la demanda real. En este escenario, el Mundial de Fútbol de 2026 organizado por la FIFA aparece como una oportunidad inmejorable. México será una de las sedes, y la CDMX concentrará una parte importante de la logística internacional. El AIFA podría fungir como aeropuerto complementario para vuelos chárter, selecciones nacionales y aviación privada, aliviando la presión sobre el AICM. Pero esta oportunidad no está garantizada. Para capitalizar el evento, el aeropuerto deberá resolver, en el corto plazo, tres desafíos clave: mejorar su conectividad terrestre, ampliar su oferta internacional y optimizar la experiencia del usuario.
El AIFA representa un caso paradigmático de infraestructura pública en México: una obra con fundamentos técnicos defendibles, pero cuya ejecución ha estado condicionada por decisiones políticas, tiempos apresurados y expectativas sobredimensionadas. Su viabilidad no está en duda en términos operativos; lo que está en juego es su capacidad para integrarse plenamente al sistema aeroportuario y al mercado internacional. A diferencia de otros proyectos fallidos, el AIFA sí muestra signos de consolidación. Ha alcanzado un punto de equilibrio financiero, incrementa sus ingresos y amplía gradualmente su base de usuarios. No obstante, estos avances no deben ocultar las brechas existentes. El aeropuerto sigue siendo, en muchos sentidos, una promesa en construcción. El desafío hacia adelante no es menor. Implica pasar de un aeropuerto funcional a uno competitivo. Esto requiere menos discurso y más política pública eficaz: incentivos para aerolíneas, inversiones en conectividad, coordinación metropolitana y una estrategia clara de internacionalización.
El AIFA no es el desastre que sus críticos anticipaban, pero tampoco el éxito rotundo que sus promotores proclamaron. Es, más bien, una infraestructura con potencial, atrapada entre logros incipientes y deudas pendientes. El Mundial de 2026 podría ser su punto de inflexión. La pregunta es si llegará preparado para aprovecharlo o si, una vez más, las promesas rebasarán a la realidad.
Edición: Fernando Sierra