Opinión
Carlos Martín Briceño
23/04/2026 | Mérida, Yucatán
Me ha tocado calificar concursos literarios en numerosas ocasiones. Y pocas veces, muy pocas, subrayo, he visto que un jurado se ponga de acuerdo tan rápido como en el caso de Jeremiadas y otras masculinidades que me sobran (Libros del Marqués/Ayuntamiento de Mérida 2025), obra ganadora del Fondo Editorial del Ayuntamiento de Mérida 2024.
Desde que llegamos a deliberar aquella tarde al Centro Cultural José Martí, los que conformábamos el jurado coincidimos de inmediato que, si algún libro debía publicarse, es el que ahora nos ocupa.
Por supuesto, en ese momento no teníamos la menor de idea de la identidad de su autor. Suponíamos que era un joven citadino, comunicólogo quizás, de clase media… ¿La razón? Los relatos transcurrían en ciudades, predominaban los personajes masculinos y, salvo el penúltimo titulado Chevrolet 53, los protagonistas eran adolescentes o adultos jóvenes que, a pesar de tener educación universitaria y elementos suficientes para tener una vida medianamente exitosa, seguían sin hallarle sentido a su existencia.
Y cuando supimos la identidad de su autor, caímos en la cuenta de que no nos habíamos equivocado.
En primer lugar, debo decir que ninguno de estos cuentos es políticamente correcto. No buscan seguir modas, ni complacer a los lectores respetando cánones del nuevo siglo. Sus personajes masculinos, por ejemplo, son machistas, irreverentes, cogelones, borrachos, aprovechados, cobardes, pusilánimes, pero también buenos amigos, padres responsables, enamorados serios. En cuanto a sus mujeres, estas suelen ser irresponsables, calientes, infieles, bebedoras, cabronas y, al mismo tiempo, seguras de sí mismas, estudiosas, sagaces y buenas amigas. Personajes creíbles y, hasta cierto punto, entrañables.
Pongamos de ejemplo al protagonista del primer cuento, titulado El autogiro. Se trata de un padre joven que está de viaje en Mérida con su hijo pequeño llamado Jeremías. El hombre está deshecho La esposa lo ha cambiado por un tipo con más lana que vive en Miami. Como es de suponer, la mujer planea llevarse al pequeño a vivir hasta allí. Al final, aunque aparentemente no sucede nada, sucede todo. El pobre cae en la cuenta de que jamás podrá vencer al capital. Más temprano que tarde se quedará sin el cariño del hijo.
Baluarte de la soledad, segundo de la colección, va más o menos por el mismo rumbo. Un joven estudiante de un posgrado en Chicago ha sido cortado vía telefónica por la novia que vive en México. La llamada lo desquicia. De viaje en Campeche, recuerda todo lo que sucedió. Tal vez en los brazos de otra chava que conozca por Tinder podrá olvidar. Pero quizás sea imposible: él es la causa, no la víctima.
Fifaboys, el número tres, es uno de los más divertidos. Sexo, futbol y mensajes cachondos de WhatsApp dan vida a una historia de chavos despreocupados que parecen no tener en la cabeza otra cosa que sexo. Y de nuevo el rompimiento, el alma lastimada del protagonista llamado Jeremías, un fuckboy que no consigue olvidar a la ex novia.
Pero no se crea que todo aquí es melancolía juvenil. Segunda historia y Hojas secas, cuarto y quinto cuentos del volumen, tratan de escritores frustrados y chavas alcohólicas, respectivamente. En el primero, Allende se adentra en el mundo de los talleres literarios e ironiza con inteligencia las reglas dictadas por los grandes cuentistas. La alusión a Chéjov con la pistola que ha dispararse es evidente. Un cuento muy divertido.
En cuanto a Hojas Secas, aunque sigue la misma línea de los primeros —desamor, amistad, alcoholismo— gana por puntos al tratarse de un cuento de puras chavas. Aunque éstas sean lesbianas.
Los últimos cuatro relatos, más elaborados que los anteriores, se salen un tanto de la línea. Me encanta el jugueteo adolescente de La que sigue, donde Jeremías se emborracha por primera vez; me asombra la vuelta de tuerca en el terrible desenlace de Nadie me grita; reconozco también la habilidad de Allende para meterse en la mente de un hombre mayor en Chevrolet 53, pero si se trata de escoger, me quedaría con la redondez Ministerio público, el último de la antología y quizás el mejor de todos.
“El sufrimiento real no da para escribir, solo se supera o te mata”, dice uno de los personajes de Ger Allende. Tal vez tenga razón, pero lo que es un hecho es que más allá del origen de estas letras, lo importante es que su autor es, entre otras cosas, un retratista de las juventudes actuales. Eso, y un cuentista de buena prosa.
Edición: Estefanía Cardeña