Opinión
Felipe Escalante Tió
22/05/2026 | Mérida, Yucatán
La historia, por más que queramos, es móvil. Siempre hay algo más por saber, y más involucrados de los que originalmente creemos, y los procesos regionales están relacionados con otros más grandes, incluso mundiales, aunque se quiera defender a ultranza la especificidad del terruño. La clave está en contar con preguntas, pero también con documentos consultables.
El episodio de los yaquis cautivos en las haciendas henequeneras de Yucatán, a principios del siglo pasado, es todavía una conversación sobre la cual apenas se ha hecho algo de luz. Raquel Padilla Ramos (QEPD) dejó una magnífica hoja de ruta, pero todavía hay mucho camino por recorrer. Por ejemplo, es posible inquirir qué ocurría con estos desterrados, remitidos desde Sonora en condiciones deplorables, una vez que eran asignados a una finca.
En las páginas del diario El Peninsular se encuentran varias notas sobre el tema, y de paso nos enteramos que ese periódico tenía un corresponsal -por lo menos -en el sur de Yucatán. En la edición del 9 de septiembre de 1905, apareció un reporte titulado “Sublevación de indios yaquis en las fincas de San Simón, Uxmal y Sacahkal. Muertos y heridos”, fechado el día anterior desde la población de Ticul.
Aquí tenemos una anomalía: las fincas del sur solían tener una producción un poco más diversa. El henequén era el producto principal, pero también solía practicarse también la ganadería e incluso algunos cultivos de subsistencia, como el maíz, y es ahí donde tiene lugar la “sublevación”. Todavía un mes antes, el mismo corresponsal se había dado cuenta de que un grupo de 70 yaquis se había rebelado en el mismo rumbo. En esta ocasión, no se brindaba un número aproximado, pero posiblemente se trate de los 30 de que dio cuenta un día antes. Es decir, el reportero envió dos telegramas al periódico, pero llegaron en días distintos. En uno sólo mencionaba a los indígenas, mientras que en este segundo agrega que estaban unidos con “varios coreanos sirvientes de dichas fincas”.
Por lo que se puede ver, incluso después del largo y desgastante viaje de destierro, los yaquis no estaban dispuestos a dejar que su espíritu fuera doblegado y fueron muy capaces de reorganizarse y mantener la resistencia. El relato del corresponsal continúa diciendo que “Inmediatamente que se tuvo noticia [del levantamiento], salieron de Santa Elena -pueblo más cercano del lugar de los hechos -los soldados que se creyó suficiente para sofocar la rebelión”.
La cooperación con los coreanos debió ser sumamente importante, porque estos habían llegado también bajo engaños. Las notas hablan de una partida de 30 hombres pero, un mes antes, en agosto, el reporte había sido de otra revuelta en la que se llegó a contar hasta 70 yaquis insurrectos. Así, en unos cuantos meses, se tendrían alrededor de un centenar de desterrados yaquis en franca rebelión.
La cuestión es que las cifras reconocidas marcan unos 800 yaquis deportados de Sonora a Yucatán, entre hombres, mujeres y niños, esto es apenas un primer conteo. Raquel Padilla llegó a registrar más de 6 mil 400, para la primera década del siglo XX. Estamos hablando de una época en la que la población de Yucatán apenas pasaba las 300 mil habitantes, por lo que estas revueltas debieron causar temor tanto entre los hacendados como en los mismos mayas sirvientes de las haciendas.
Ahora, las autoridades reaccionaron desde las poblaciones más cercanas, enviando los elementos disponibles. El corresponsal señala que, desde Ticul, “hicieron marchar diez hombres. Más tarde se recibió la noticia de que [los yaquis] no entraban en orden y hoy a las ocho de la mañana salieron del cuartel de esta ciudad veinticinco hombres armados, bajo las órdenes del Oficial. D. Wences Güémez. También de Muna nos dicen que salió un número considerable de gente para ver si se logra la aprehensión de los rebeldes; estos con flechas han estado batiendo a la tropa”.
Tal era el coraje de los yaquis, que a miles de kilómetros de su hogar se lanzaron a seguir combatiendo, con simples flechas, para enfrentar al ejército regular, y mantener a las tropas en jaque. Sin duda, aquí hay una gran historia por recuperar, pero eso es tarea tanto para quienes tengan la disposición de investigar, como para quienes tengan la curiosidad de escuchar esas otras notas que aparecieron en periódicos de los que pocos se acuerdan.
Edición: Emilio Gómez