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El presidente estadunidense, Donald Trump, volvió a insistir ayer en que su gobierno se encamina a lograr un acuerdo “bueno y apropiado” con Irán que sería, según él, mejor que el establecido en 2015 entre Washington, Teherán, Moscú, París y Berlín, en el cual la república islámica se comprometió a no fabricar armas nucleares. Dijo, asimismo, que instruyó a los representantes estadunidenses en el diálogo patrocinado por Pakistán “que no se precipiten, porque el tiempo está de nuestro lado”.

Atrás quedó, pues, la cadena de ultimátums que el propio Trump lanzó a Irán en el curso de este mes para que aceptara las condiciones que pretendía imponerle y que fueron sistemáticamente rechazadas. En contraste, la agencia noticiosa iraní Fars señaló que los dichos de Trump son “incompletos e inconsistentes con la realidad”. Un vocero de la cancillería de Teherán dijo por su parte que si bien existe “una tendencia hacia el acercamiento” entre ambas partes, ello no necesariamente significa que vayan a llegar a “un acuerdo sobre cuestiones importantes”.

Debe considerarse que si bien Teherán podría ceder en algunas de sus exigencias iniciales, como el retiro de toda presencia militar estadunidense de la región del golfo Pérsico –y de la península arábiga en particular– y la demanda de recibir indemnizaciones por la enorme destrucción humana y material que las fuerzas estadunidenses e israelíes perpetraron al lanzar una guerra injustificada, no parece probable que acepte entregar a Washington sus reservas de uranio enriquecido, renunciar a sus programas de desarrollo de misiles convencionales ni volver al statu quo del estrecho de Ormuz antes de esa guerra, como pretende Trump. En cuanto a la exigencia de la Casa Blanca de que Teherán se comprometa a no desarrollar armas nucleares, fue desde el inicio una demanda absurda y sin sentido, toda vez que Irán ya había asumido ese compromiso desde 2015 y lo ha venido refrendando desde entonces.

Lo cierto es que si el atribulado presidente estadunidense desea salir del atolladero en el que él mismo involucró a su país al agredir a la república islámica –sin más razón aparente que la de satisfacer los deseos de hegemonía regional del régimen de Tel Aviv–, no parece quedarle otro camino que el de acabar firmando un acuerdo de paz mucho más parecido al pliego de 10 puntos presentado por Irán que a la pretensión de obtener una rendición incondicional del país agredido, el cual, sin embargo, estaba muy distante de haber sido derrotado; por el contrario, de acuerdo con la extendida opinión internacional, dejó a Washington sin opciones para continuar las hostilidades.

Si algo le faltaba a Trump para aceptar esas realidades, su reciente visita a Pekín debió abrirle los ojos: acostumbrado a extorsionar y chantajear a sus interlocutores, en esa ocasión el magnate estadunidense no obtuvo del presidente Xi Jinping más que sonrisas de cortesía y ceremonias de bienvenida, pero ningún compromiso comercial o tecnológico, ni mucho menos una certeza de que China tomaría alguna acción para favorecer a Washington en su empantanamiento en el golfo Pérsico.

Ciertamente, ningún escenario bélico puede resultar más deseable que la paz, y cabe esperar que ésta pueda establecerse pronto en Medio Oriente. Pero para que eso suceda es indispensable que las partes cobren conciencia de la realidad, y en el caso de Trump esto significa que acepte su derrota.


Edición: Ana Ordaz


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