Opinión
Lourdes Álvarez
04/06/2026 | Mérida, Yucatán
Cuando hablamos de infidelidad solemos concentrarnos en el momento de la traición. Queremos saber quién fue el responsable, qué ocurrió y cuándo comenzó todo. Sin embargo, quizá la pregunta importante no sea quién fue infiel, sino qué estaba ocurriendo en la relación mucho antes de que apareciera la infidelidad.
Nos gusta pensar que una relación se rompe por un acontecimiento concreto. Es más sencillo señalar un hecho que reconocer un proceso lento y silencioso. Pero pocas relaciones se destruyen de un día para otro. La distancia suele comenzar mucho antes, en conversaciones que dejamos de tener, proyectos que nunca realizamos y compromisos que evitamos asumir.
El compromiso es mucho más que una promesa de fidelidad. Es la decisión consciente de invertir tiempo, energía y futuro en un proyecto común. Es aceptar que una parte de nuestra vida estará ligada a la vida de otra persona. Y eso no siempre resulta fácil.
Toda elección implica una renuncia. Al elegir una persona dejamos de elegir muchas otras posibilidades. Al construir una vida compartida aceptamos límites, responsabilidades y obligaciones. Quizá por eso el compromiso despierta tanto temor. Nos obliga a reconocer que no podemos tenerlo todo.
Vivimos en una época que exalta la libertad, pero con frecuencia confundimos la libertad con la ausencia de compromisos. Queremos conservar abiertas todas las puertas y todas las posibilidades. Sin embargo, una vida construida únicamente sobre posibilidades termina siendo una vida donde nada logra echar raíces.
No todas las relaciones nacen de una elección libre y consciente. Muchas veces las personas forman una pareja impulsadas por circunstancias externas: la presión familiar, la estabilidad económica, el deseo de formar una familia, el miedo a la soledad o simplemente la comodidad de una vida conocida.
Nada de esto condena necesariamente a una relación al fracaso. Existen matrimonios que comenzaron por razones prácticas y que con el tiempo construyeron cariño, respeto e incluso amor profundo. Pero cuando la base de una relación descansa más en factores externos que en una decisión propia, suele aparecer una pregunta difícil de ignorar: ¿realmente elegimos nosotros esta vida?
Quizá una de las experiencias más dolorosas de la vida adulta sea descubrir que hemos construido una existencia razonable, estable e incluso exitosa, pero que no termina de sentirse nuestra. Desde fuera todo parece correcto: la familia, el trabajo, la casa o los hijos. Sin embargo, algo permanece inquieto. No es necesariamente falta de amor. Es la sospecha de que algunas de nuestras decisiones más importantes fueron tomadas para satisfacer expectativas ajenas.
Cuando esa sensación aparece, algunas personas buscan fuera de la relación no solo una nueva pareja, sino la posibilidad de reencontrarse con una versión de sí mismas que creen haber perdido. La infidelidad ofrece entonces algo más que una aventura: ofrece la ilusión de una libertad recuperada y la sensación de estar tomando una decisión propia después de años de vivir según las decisiones de otros.
Tampoco podemos ignorar la importancia de la sexualidad. Aunque el amor, la amistad y la compañía son fundamentales, una relación de pareja también se construye en el terreno del deseo. Cuando esa dimensión desaparece durante largos periodos, algo cambia en la forma en que nos relacionamos.
Las causas pueden ser muchas: el paso del tiempo, las enfermedades, el cansancio, los conflictos acumulados o las preocupaciones cotidianas. En algunos casos aparece la impotencia sexual del hombre; en otros, la pérdida de deseo de alguno de los dos. Son situaciones humanas que forman parte de la vida, pero que muchas veces se viven en silencio por vergüenza o miedo.
Cuando estos temas no pueden hablarse con honestidad, suelen generar sentimientos de rechazo, frustración o abandono. Poco a poco la falta de intimidad se convierte también en una distancia emocional.
Los celos, reales o imaginarios, complican todavía más la situación. Una mirada, un coqueteo o una actitud ambigua pueden convertirse en motivo de sospechas y conflictos cuando la confianza ya se ha debilitado. Lo que duele no siempre es el hecho en sí, sino el miedo a dejar de ser importantes para el otro.
Quizá por eso la infidelidad rara vez tiene una sola causa. En ella suelen mezclarse el deseo, la necesidad de reconocimiento, las dificultades sexuales, los problemas de comunicación, el miedo al compromiso y la búsqueda de una libertad que sentimos perdida.
La pregunta fundamental no es si hubo o no una traición. La pregunta es si seguíamos comprometidos con la construcción de una vida compartida. Porque una relación no se sostiene únicamente por el amor ni por el deseo. También necesita la decisión cotidiana de cuidar el vínculo, de comunicarnos, de asumir responsabilidades y de seguir apostando por ese proyecto común.
La infidelidad puede ser una herida profunda, pero muchas veces la grieta ya existía desde antes. Lo difícil no es descubrir el momento en que apareció la traición. Lo difícil es reconocer cuándo dejamos de cuidar aquello que, silenciosamente, ya se estaba rompiendo.
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Edición: Ana Ordaz