Opinión
La Jornada
15/06/2026 | Ciudad de México
Tras varios días de anuncios y trascendidos sobre la inminencia de un acuerdo de paz entre Estados Unidos e Irán, el primer ministro de Pakistán, Abbas Araghchi, informó que ambas partes habían logrado “un texto definitivo” que incluía el cese de la agresión militar israelí contra Líbano. De acuerdo con esta información, Washington pondría fin al bloqueo naval a los puertos iraníes, Teherán permitiría el paso de embarcaciones –pago mediante– por el estrecho de Ormuz y las “negociaciones nucleares” –al parecer, el destino de las reservas de uranio enriquecido que posee la república islámica– tendrían lugar “en una fase posterior”. Ayer, el presidente estadunidense, Donald Trump, formuló, con las hipérboles que le son características, el inicio de una etapa de estabilidad regional, paz y seguridad, y se jactó de ser el primer mandatario estadunidense en conseguir un escenario semejante. Asimismo, “autorizó” a las fuerzas militares de su país el “levantamiento inmediato del bloqueo naval” contra Irán.
Previamente, el magnate neoyorquino lanzó una andanada verbal sobre el premier israelí, el prófugo de la Corte Penal Internacional Benjamin Netanyahu, quien la víspera ordenó un ataque totalmente injustificado sobre la capital libanesa que, a decir de Trump, puso en riesgo la culminación del pretendido acuerdo de paz con Irán, y opinó que el gobernante israelí “no tiene ningún jodido criterio”. Según el habitante de la Casa Blanca, la firma del tratado habría debido realizarse ayer mismo y la acción bélica de Tel Aviv la retrasó “unas horas”, pero según las autoridades pakistaníes tal culminación está prevista para el viernes próximo. El detalle de la fecha no es relevante sino porque, en su proverbial egolatría, a Trump le habría gustado hacer coincidir la formalización del convenio con su cumpleaños, que fue ayer.
En medio de las ambigüedades y contradicciones de los días recientes, hay dos grandes factores de incertidumbre. Uno es la actitud reservada del gobierno iraní, el cual se ha referido a una serie de términos condicionales y de ejecución futura contenidos en el acuerdo; el otro es la manifiesta resistencia del régimen de Tel Aviv a acatar un convenio en cuya negociación no participó y que, de concretarse, pondría un severo obstáculo a sus afanes de expansión territorial, los cuales se centran ahora en el sur de Líbano, si no es que en la totalidad de ese país árabe.
De lo que ha podido saberse se puede concluir que el único logro de Trump y de la agresión militar injustificada que lanzó contra la república islámica el pasado 28 de febrero sería el devolver las cosas al estado en el que se encontraban hasta antes de esa guerra, si bien con ganancias inocultables para Teherán, como el establecimiento de un sistema de peaje en Ormuz. De acuerdo con los trascendidos, Washington se comprometería a levantar las sanciones que estableció durante la primera presidencia trumpista y a pagar por la destrucción causada.
En cuanto al programa nuclear iraní, volverían las inspecciones internacionales a sus instalaciones atómicas y se refrendaría el compromiso de Theherán de no utilizarlas para fabricar armas nucleares, términos que ya estaban establecidos en el acuerdo de 2015 firmado por Irán con China, Francia, Alemania, Rusia, Reino Unido, Estados Unidos y la Unión Europea. Cabe recordar que en su anterior administración (2017-2021) el propio Trump decidió retirarse de ese acuerdo de manera arbitraria y establecer duras sanciones económicas contra la república islámica.
En suma, pues, si el documento del que se ha venido hablando llega a concretarse y a traducirse en el cese definitivo de la hostilidades –algo incierto, debido al empecinamiento israelí en proseguir el genocidio en Gaza, la limpieza étnica en Cisjordania y la agresión contra Líbano y la ocupación de una parte de su territorio–, será sobre la base de la peor derrota militar y estratégica sufrida por Estados Unidos desde Vietnam. El que Trump llame a eso “victoria” es realmente lo de menos porque, aunque poco probable, la paz es sin duda deseable.
Edición: Ana Ordaz