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Foto: Facebook Marcelo Ebrard

En entrevista con este diario, el secretario de Economía, Marcelo Ebrard, señaló que el mundo atraviesa un momento de agonía del libre comercio internacional, el cual ha derivado en una incertidumbre que pasa factura a las tasas de crecimiento económico en México. El funcionario destacó que el punto de inflexión se produjo cuando Estados Unidos –en su calidad de primera economía y cuyo gobierno fue el principal promotor de la hiperglobalización en los pasados 40 años– dio un viraje “radical, drástico, de todo el manejo comercial”, dominado ahora por un enfoque de seguridad económica y de diseño geopolítico en las relaciones mercantiles. Como para darle la razón al ex canciller, ayer el presidente Donald Trump insistió en que a su país le va mejor sin el tratado comercial con México y Canadá (T-MEC); si bien abrió la posibilidad de firmar el acuerdo que se renegocia hasta el 1º de julio.

Para entender la “agonía” del libre comercio hay que remontarse a los orígenes de la última gran oleada de liberalización. A finales de la década de 1970, las clases empresariales de las naciones más industrializadas del bloque occidental enfrentaban un “problema”: las altas tasas de sindicalización y el poder de los obreros organizados impedían a los dueños de capitales aumentar la explotación de los trabajadores y obtener los rendimientos deseados por sus inversiones. La respuesta fue “deslocalizar” la producción, es decir, trasladar las fuentes de trabajo a países en vías de desarrollo donde se pagaban salarios bajos y los gremios eran débiles o estaban supeditados al poder político, por lo que los derechos laborales eran papel mojado. La apertura de China bajo Deng Xiaoping y sus sucesores, el colapso de la Unión Soviética en 1991 y la crisis de la deuda en América Latina (creada, en gran medida, por el Departamento del Tesoro estadunidense) en la década de 1980 pusieron a disposición de las corporaciones occidentales un contingente enorme e inesperado de mano de obra dispuesta a aceptar cualquier empleo.

En ese contexto global, durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari se impuso en nuestro país el neoliberalismo y se negoció el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLC) con el propósito de atar al país a dicho modelo económico, de tal manera que ningún gobierno futuro pudiera revertir la supeditación a Estados Unidos y la primacía de la acumulación de capital sobre cualquier consideración social, ambiental, soberana o de otro tipo. A partir de la entrada en vigor del TLC en 1994 y hasta la actualidad (aunque con importantes cambios desde 2019), buena parte de la actividad productiva privada se reorganizó de tal forma que cada fábrica, oficina corporativa, call center, plantación o laboratorio funcionara como un engrane en la maquinaria del capital global centrado en Estados Unidos. La industria dejó de satisfacer necesidades nacionales para enfocarse en ensamblar bienes destinados al mercado de consumo masivo estadunidense. El campo negligió los cultivos básicos y viró a los cultivos de exportación, como el aguacate y las berries.

Este modelo funcionó para Occidente hasta que llegaron la pandemia de covid-19, la guerra de la OTAN contra Rusia en Ucrania y la conciencia de que China había rebasado al resto del mundo en capacidad productiva, y de que estaba a punto de hacerlo en tecnologías de punta. A raíz de estos fenómenos, Washington y sus aliados dejaron atrás la lógica de llevar la producción al lugar más barato posible. Ahora les apura mantener la exclusividad sobre los pocos sectores que todavía lideran y proteger sus industrias, incapaces de competir en costos y calidad con las manufacturas chinas.

Así pues, aunque no ha desaparecido el modelo en torno al cual México organizó durante tres décadas lo sustancial de su actividad económica, cabe advertir que se encuentra seriamente amenazado, no sólo por el drástico viraje de la globalización al proteccionismo, sino también por el declinante protagonismo de Estados Unidos –adonde se envían 85 por ciento de las exportaciones mexicanas– en la economía mundial. Por ello, no es recomendable esperarse a ver si los ataques contra el T-MEC son un capricho trumpiano que se esfumará en cuanto llegue un nuevo inquilino a la Casa Blanca. Es preciso, en cambio, repensar a profundidad el lugar de México en la economía mundial y diseñar políticas de largo aliento que sustenten el desarrollo del país en un contexto mundial marcado por la incertidumbre.


Edición: Ana Ordaz


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