Opinión
Felipe Escalante Tió
26/06/2026 | Mérida, Yucatán
Para quienes se afanan en mostrar a los personajes históricos, particularmente a los héroes patrios, en su dimensión humana, sin recubrimientos de bronce y alejados de todo ceremonial, la anécdota tiene un gran valor, pero así como ha habido quienes insistieron en mostrar al padre Hidalgo como un hábil jugador de barajas y sumamente ingenioso, o a un Álvaro Obregón sumamente ocurrente, el recurso ha sido la tradición oral o una nota testimonial; también, hay que admitirlo, hay quien ha tomado más que una licencia literaria y terminado por hacer de la imaginación su principal fuente.
En realidad, si se quiere saber acerca de un personaje en particular, el trabajo en archivos y hemerotecas se vuelve pesado, comparable a las labores en una mina, donde hay que extraer mucho material pétreo antes de encontrar el mineral. Hallar la historia de alguien implica revisar muchos documentos y periódicos, que muchas veces dan cuenta de dónde estuvo y tal vez qué dijo la persona en cuestión, pero los expedientes no necesariamente capturan el carácter del individuo.
Por eso, cuando aparece una entrevista o un relato lúdico, se celebra, porque también es posible imaginar la época y las inflexiones de la voz. Y cuando el autor nos dice hasta cómo es el tono, terminamos por sonreír un poco, porque el objetivo de quitarle seriedad al héroe broncíneo ya se alcanzó.
En Yucatán, mencionar al doctor Eduardo Urzáiz Rodríguez se hace precisamente en tono de homenaje. Por supuesto, éste es merecido por sus contribuciones a la literatura, la medicina y la educación. Pero pocos se animan a mencionar que, muy joven, 30 años antes de ser el rector fundador de la Universidad Nacional del Sureste, ya hacía sus pinitos como caricaturista, camino que también lo llevó a publicar un libro titulado Reconstrucción de hechos y que él mismo ilustró.
Pero, ¿cómo interactuaba este médico, siquiatra y maestro con sus amistades? Esto nos lo responde una columna llamada “Charlas y Semblanzas”, que se publicaba en la revista Pica -Pica, semanario frívolo político de caricaturas, en su edición del 13 de noviembre de 1915, y que aparecía firmada por El Fantasma de la Esquina.
Pues este “fantasma”, lo primero que menciona es haber escuchado “una voz que me pareció la de una tiple de jacalón”, y motivado para averiguar si en verdad se trataba de una artista, se encontró con el facultativo, quien había acudido a practicarle una visita.
La interacción posterior es un diálogo que resulta un intercambio que raya en el absurdo, pero deja ver que el doctor Urzáiz era alguien que disfrutaba de hacer chistes incluso mientras auscultaba a sus pacientes:
“- ¿Qué hay mi amigo?
“- Pues hay un dolor.
“- ¿De vientre?
“- No doctor, es de veinte mil demonios porque figúrese usted que hace cuatro días que no hay evacuaciones.
“- ¡Hombre no habrá usted leído El Mexicano que trae la evacuación de Toluca por los zapatistas.
“- Me refiero a las otras, doctor.
“- ¡Ah, vamos! ¿Hay pronunciamiento de estómago…
“- Y levantamiento general en el aparato digestivo.
“(Aquí el doctor me toca el vientre y tarareando un paso doble me golpea con el dedo anular en la región umbilical).
“- Sí, hay gases, le voy a recetar una purga gaseosa…
“- Recéteme usted algo gracioso, doctor.
“- ¿Que le recete yo algo gracioso? Pues móntese usted en un tranvía, pague con un billete de a peso y verá lo gracioso que es que lo bajen por falta de cambio.”
Otro aspecto que ofrece la entrevista es el indicio sobre la práctica de la “clínica”, o cómo los médicos de entonces prestaban atención a todos los síntomas, pero también al estado anímico del paciente, y muchos se permitían una que otra vacilada con sus pacientes. Pero en el caso del doctor Urzáiz, el “Fantasma” también participa y le comenta que está a la espera de “ver algo nuevo suyo”, de su producción literaria. El médico aquí responde que eso ocurrirá “Cuando los partos corporales me dejen tiempo para dedicarme a mis partos cerebrales”, pues también tenía ganas de “desfacer muchos tumores literarios y regalar algunas muletas para versos cojos y maletas, que los hay, los hay por estas tierras de Dios”; pero después de eso, entregaba un boleto del tranvía en lugar de la receta.
Para ser el autor de la primera novela de ciencia ficción mexicana, dibujante, obstetra, siquiatra o “alienista”, como se decía entonces, además de docente, el doctor Urzáiz era también vacilador y despistado. Siguió apareciendo en los periódicos, pero eso es tema de otras notas, y otros tiempos.
Edición: Ana Ordaz