Opinión
Cristina Rivera Garza
14/07/2026 | Ciudad de México
Leí hace ya muchos años Drácula, la novela que Bram Stoker publicó en 1897, tan maravillada por las fechorías del pálido noble de Transilvania como por la eficiencia de los telégrafos europeos. La novela, que intercala varios puntos de vista, se estructura a partir de la presentación de diarios y cartas de los distintos grafómanos que son sus personajes. El abogado Jonathan Harker, quien va al castillo del conde Drácula para asesorarlo en cuestiones de bienes raíces, escribe largas cartas y un diario, el cual es posteriormente transcrito por su prometida y después esposa, la inteligente Mina Harker, sobreviviente a los deseos del vampiro. Lucy Westenra, víctima mortal del conde, escribe; y también lo hace, profusamente, el doctor Abraham Van Helsing, un hombre de ciencia de origen holandés que viaja a Inglaterra, primero para asesorar a su ex alumno, el doctor Seward, con la extraña enfermedad de Lucy, y después para comandar al equipo que dará verdadera muerte al nomuerto, clavándole una daga en el corazón y cortándole la cabeza.
Entre una cosa y otra, los personajes redactan, pasan a máquina, e intercambian una cantidad apabullante de documentos, entre los cuales brillan los telegramas. Las cartas y los diarios ayudan al principio, mientras se estructura el mundo insólito y oscuro que pronto atrapará a la lectora. Pero en cuanto inicia la persecución y una cuadrilla de científicos y de enamorados se dan a la tarea de identificar la ubicación del malhechor, los telegramas reinan en la trama. No es raro que el abogado, el científico o el doctor envíen varios comunicados en clave morse al día, y que reciban, a través de servicios que causarían envidia hoy, al menos un par de ellos mientras deciden rápidamente a dónde dirigirse o qué estrategia adoptar.
La novela de Stoker explora los poderes sobrenaturales del conde de los Cárpatos, pero también, acaso sobre todo, el poder de las tecnologías de la escritura y la comunicación. La máquina de escribir, que manipula con destreza Mina, era un invento reciente entonces –1872, por Christopher Sholes, Carlos Glidden y Samuel W. Soulé– como lo era también el oficio de mecanógrafa o secretaria, que ella adopta con gran naturalidad. El telégrafo, al que su inventor Samuel Morse denominó en la patente como Telégrafo Electromagnético Registrador Americano, en 1837, revolucionó la comunicación a distancia. Sin la participación de estas tecnologías, la trama de Drácula no podría avanzar y, de hecho, tampoco tendría sentido. ¿Podrá más la velocidad del telegrama o saldrá victoriosa la telepatía maligna del vampiro que intercepta los mensajes?
Si Drácula admite una lectura como una oda al telegrama, Mujeres al borde de un ataque de nervios, la película que Pedro Almodóvar dio a conocer en 1988, puede también ser leída como un homenaje al teléfono. Espléndidamente rojo, atado con toda suerte de cables a la red de telecomunicaciones, el aparato telefónico es el mejor aliado y el peor enemigo de Pepa cuando ésta enfrenta la abrupta ruptura de su relación con Iván, un actor de doblaje. Controversial desde sus orígenes, el teléfono, que al principio se conoció como “telegrama parlante”, fue inventado por el ingeniero italiano Antonio Meucci, y patentado luego formalmente por Alexander Graham Bell en 1876. A finales del siglo XX, Pepa lo arranca de su soporte varias veces con violencia, lo arroja por la ventana sin miramiento alguno, recurre a él de forma insistente, y lo reconecta otra vez, resignada y optimista a la vez, en sus intentos infructuosos de comunicarse con el amante que la ha dejado sin mayores explicaciones. La tecnología que cambió nuestra relación con la voz y, luego entonces, con nociones inmateriales de presencia, le ayuda a Iván a mentir, tanto como impide la comunicación de la verdad que requiere Pepa. El efecto cómico, el que provoca la risa incluso todos estos años después del estreno exitoso de la película, es que el teléfono, que tendría que conectarnos, en realidad nos incomunica: no sólo permite y refuerza la falta de presencia corporal que la amante despechada necesita, sino que también utiliza los conductores metálicos para transferir la voz aterciopelada que ha utilizado el amante para seducir a una gran diversidad de mujeres, incluida la abogada feminista con quien se va de viaje a Estocolmo. Tal vez la relación de amor y desamor de Pepa no era con Iván, sino con esa tecnología que promete y sustrae la cercanía corporal al mismo tiempo. Tal vez, como la misma Pepa lo comprueba, aceptando ya la disolución última de su relación, el teléfono siempre llega un par de horas tarde.
Edición: Ana Ordaz