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La amistad: el arte de estar presentes

La tecnología plantea una paradoja para la conexión humana
Foto: Jusaeri

La tecnología, las redes sociales e internet han cambiado la manera de construir nuestras relaciones. Hoy es muy fácil mantener el contacto con un amigo que vive a miles de kilómetros o cuando nuestro tiempo ya no nos permite visitarlo. Compartimos fotografías, mensajes o videollamadas y podemos saber qué hizo alguien hace apenas unos minutos, aunque viva al otro lado del mundo.

Sería injusto negar lo que la tecnología nos ha regalado. Para quien vive lejos de su país, trabaja en otra ciudad o atraviesa una etapa de soledad, poder hablar con un amigo puede aliviar el aislamiento y hacer más llevadera la distancia.

Sin embargo, nada sustituye la presencia. Las palabras son uno de nuestros medios de comunicación más importantes, pero cuando se pronuncian frente a frente llevan consigo el tono de la voz, la expresión del rostro, la mirada, los silencios y los gestos. Todo aquello que da sentido a lo que decimos desaparece, en gran medida, cuando la conversación se reduce a un mensaje escrito. Un emoticono intenta reemplazar una sonrisa; la palabra abrazo pretende ocupar el lugar de un abrazo verdadero, pero nunca podrá transmitir su calor. Decirle a un enfermo "deseo que te mejores pronto" expresa un afecto sincero, aunque no sustituye la compañía.

Las videollamadas y las llamadas telefónicas recuperan parte de lo perdido. Nos permiten escuchar la voz, reconocer una emoción, descubrir una vacilación o sostener una mirada. Es como si la presencia buscara abrirse camino a través de la tecnología. Y, sin embargo, tampoco eso basta.

Muchas veces hablamos con alguien que, mientras conversa, prepara la comida, ordena la casa, responde otros mensajes o revisa el teléfono. Las palabras siguen circulando, pero la atención se dispersa. Entonces comprendemos que escuchar no consiste simplemente en oír. Escuchar es ofrecer tiempo. Es detener, aunque sea por unos minutos, el resto del mundo para que el otro pueda sentirse realmente recibido. Hay pensamientos y emociones que solo encuentran su forma cuando descubren una escucha paciente.

La atención es una forma de presencia. Comunicar lo que sentimos nunca ha sido fácil; las palabras siempre dejan algo sin decir. Pero cuando dos personas se conceden una atención verdadera, logran una cercanía que ninguna aplicación puede garantizar. Comprender al otro no depende únicamente del lenguaje, sino de la disposición para permanecer con él, sostener sus silencios y darle el tiempo necesario para expresar aquello que quizá todavía no sabe cómo nombrar.

Quizá por eso la prisa se ha convertido en uno de los mayores enemigos de la amistad. Hemos llegado a creer que vivir más significa vivir más deprisa. Contestamos mensajes mientras caminamos, hablamos por teléfono mientras cocinamos o visitamos a un amigo sin dejar de mirar la pantalla. Estamos en muchos lugares al mismo tiempo y, paradójicamente, dejamos de estar donde realmente importa.

Ocurre entonces una extraña paradoja. Cuanto más intentamos ahorrar tiempo, más sentimos que nos falta. La prisa no nos regala tiempo; nos lo arrebata. Nos hace creer que vivimos más porque hacemos más, cuando en realidad habitamos menos cada instante.

Tal vez esa carrera esconda una ilusión todavía más profunda: la de creer que, si hacemos todo con suficiente rapidez, podremos ganarle tiempo al tiempo, como si la velocidad pudiera aplazar lo inevitable. Pero la muerte nunca ha competido con nosotros. Somos nosotros quienes competimos con el tiempo, convencidos de que siempre habrá una tarea más que terminar, un mensaje más que responder, una llamada más que hacer.

Y mientras corremos, olvidamos vivir aquello que decimos valorar. La amistad nunca pidió rapidez; siempre pidió presencia. Nunca necesitó respuestas inmediatas, sino miradas, silencios, conversación y la paciencia de permanecer junto al otro.

Quizá la amistad sea, en el fondo, el arte de estar presentes. La forma más generosa de compartir aquello que nunca podremos recuperar: nuestro tiempo. Porque el tiempo no es solo lo que pasa; es la materia de la que está hecha una vida. Y cuando se lo ofrecemos a un amigo, no le damos unos minutos: le entregamos una parte irrepetible de nosotros mismos.

La tecnología puede acortar la distancia entre dos cuerpos, pero solo una presencia ofrecida sin prisa puede acercar verdaderamente a dos seres humanos.

*También puedes leer el contenido de Lourdes Álvarez en Substack.

Lea, de la misma autora: La sabiduría de los matices

Edición: Fernando Sierra


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