Opinión
Lourdes Álvarez
24/06/2026 | Mérida, Yucatán
Con los años he descubierto que muchos problemas no eran tan difíciles como parecían. Lo difícil era la forma en que los planteábamos. Reducíamos la realidad a dos opciones y después sufríamos porque ninguna nos satisfacía completamente.
Pensábamos en blanco o negro. O me quedo o me voy. O acepto o rechazo. O triunfo o fracaso. O tengo razón o estoy equivocado. Como si la vida estuviera obligada a obedecer nuestras categorías.
Sin darnos cuenta, empobrecemos la realidad cuando la reducimos a dos posibilidades.
La realidad rara vez es tan simple. Somos nosotros quienes, buscando seguridad, la convertimos en algo más ordenado de lo que realmente es. Necesitamos clasificar, nombrar y separar para orientarnos, pero a veces terminamos confundiendo nuestras categorías con el mundo mismo. Dejamos de ver aquello que no encaja en ellas.
A veces queremos viajar y creemos que solo existen dos caminos: endeudarnos para hacer el viaje soñado o renunciar a él. Sin embargo, puede existir una tercera opción, una cuarta o una quinta. Tal vez descubrir un lugar cercano que nunca hemos visitado. Tal vez posponer el viaje y prepararlo mejor. Tal vez cambiar de destino. Lo mismo ocurre con una casa que ya no nos resulta cómoda. Pensamos en mudarnos o resignarnos a vivir mal. Pero entre ambas posibilidades suelen existir muchas otras: modificar espacios, hacer cambios graduales, adaptarnos a nuevas necesidades.
La vida suele ser más imaginativa que nuestras conclusiones apresuradas.
Por eso la creatividad no pertenece únicamente a los artistas. La creatividad aparece cada vez que somos capaces de descubrir posibilidades donde antes solo veíamos alternativas excluyentes. No nace de ignorar la realidad, sino de dialogar con ella. Surge cuando dejamos de exigir que las cosas sean exactamente como las habíamos imaginado y comenzamos a explorar lo que efectivamente es posible.
Lo mismo ocurre en nuestras relaciones. Con frecuencia transformamos a las personas en categorías. Son buenas o malas, leales o desleales, generosas o egoístas. Un desacuerdo puede convertir a un amigo en un adversario. Una decepción puede borrar años de afecto. Idealizamos o condenamos con la misma facilidad.
Sin embargo, las personas, como la vida misma, están hechas de matices. Quien hoy nos decepciona pudo habernos acompañado durante años. Quien se equivoca puede seguir siendo digno de afecto. Quien piensa diferente no necesariamente se convierte en un enemigo. A veces una amistad no termina ni permanece igual: simplemente cambia. Encuentra otra forma de existir.
Y otras veces la distancia se vuelve definitiva. Podemos desear recuperar una relación, volver a lo que fue o corregir lo que creemos que salió mal, pero no siempre depende de nosotros. El otro también tiene derecho a elegir, incluso cuando su decisión nos duele. Hay una forma de humildad en aceptar que algunas relaciones no regresarán a ser lo que fueron y que respetar la libertad ajena es también una forma de afecto.
Quizá una parte importante de nuestros conflictos nace de la dificultad para convivir con esos matices. Los extremos son más cómodos. Nos permiten emitir juicios rápidos y sentir que comprendemos lo que sucede. Los grises, en cambio, exigen paciencia. Nos obligan a permanecer un poco más cerca de la incertidumbre.
Y eso requiere humildad.
La humildad de reconocer que tal vez no entendemos toda la historia. La humildad de aceptar que nuestra mirada es parcial. La humildad de admitir que las personas, las circunstancias y nosotros mismos somos más complejos de lo que quisiéramos.
Con los años descubrimos que muchas certezas eran demasiado pequeñas para contener la realidad. Lo que parecía un fracaso terminó abriendo una puerta inesperada. Lo que juzgábamos como una pérdida también nos dejó una enseñanza. Lo que considerábamos imposible acabó ocurriendo de una forma que jamás habíamos imaginado.
Tal vez por eso la experiencia nos vuelve menos categóricos. No porque tengamos todas las respuestas, sino porque hemos comprobado muchas veces que la realidad termina desmintiendo nuestras simplificaciones.
Todos nosotros, especialmente cuando atravesamos momentos de incertidumbre, sentimos la tentación de buscar respuestas definitivas. Los años nos enseñan otra cosa: que pocas situaciones son completamente blancas o completamente negras y que la mayor parte de la vida transcurre en los territorios intermedios.
Quizá la sabiduría no consista en encontrar la respuesta correcta. Quizá consista en descubrir que la pregunta estaba mal planteada. En comprender que aquello que parecía una elección entre dos caminos era, en realidad, un territorio mucho más amplio.
La realidad es más amplia que nuestras certezas, las personas son más complejas que nuestros juicios y la vida ofrece más posibilidades de las que solemos imaginar.
Cuando dejamos de exigirle a la realidad que sea blanca o negra, aparecen los matices. Y con ellos surgen posibilidades que siempre estuvieron ahí, esperando ser vistas.
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Edición: Fernando Sierra