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Fragilidad y fortaleza

Aceptar nuestra humanidad
Foto: La Jornada Maya

Vivimos en una época que nos invita a creer que todo es posible. Se nos repite que basta con desear algo intensamente para alcanzarlo, que los límites son obstáculos que deben superarse y que la voluntad puede vencer cualquier resistencia. Sin embargo, gran parte de nuestro sufrimiento nace precisamente de esa ilusión.

Aceptar que no lo podemos todo no nos debilita. Por el contrario, es una de las formas más profundas de la fortaleza. Solo somos verdaderamente libres cuando reconocemos nuestros límites y dejamos de exigirnos una perfección imposible.

Con frecuencia confundimos la fuerza con la capacidad de controlar, resolver o preverlo todo. Queremos tener razón, evitar los errores, escapar de las pérdidas y conservar para siempre aquello que amamos. Pero la realidad no siempre responde a nuestros deseos. Hay acontecimientos que no podemos evitar, decisiones cuyos resultados no podemos garantizar y pérdidas que no podemos reparar.

La fragilidad forma parte de la condición humana. No es un defecto que deba corregirse, sino una verdad que debemos aprender a habitar. Cuanto más luchamos contra ella, más sufrimos. Cuanto más la aceptamos, más serena se vuelve nuestra relación con la vida.

Tal vez la soberbia más común no sea sentirnos superiores a los demás, sino creernos superiores a nuestros propios límites. Pensamos que siempre podremos más, que nunca necesitaremos ayuda, que el cuerpo obedecerá indefinidamente nuestros deseos y que el tiempo no tendrá consecuencias. Tarde o temprano la realidad se encarga de recordarnos lo contrario.

La vejez suele ser vista únicamente desde aquello que nos quita. Sin embargo, también puede ofrecernos una forma de sabiduría difícil de adquirir de otro modo. Los años nos muestran que la vida nunca estuvo completamente bajo nuestro control y que muchas de nuestras angustias nacían de intentar dominar lo que no podía ser dominado.

Con el tiempo aprendemos que aceptar no es resignarse. La resignación abandona la vida; la aceptación permite vivirla con mayor lucidez. Aceptar significa reconocer aquello que no podemos cambiar para dedicar nuestras fuerzas a aquello que todavía depende de nosotros.

También aprendemos a distinguir la humildad de la humillación. La humillación nos hace sentir menos. La humildad, en cambio, nos devuelve nuestra verdadera medida. Nos permite ver con claridad nuestras capacidades y nuestras limitaciones sin vergüenza ni orgullo excesivo.

Quizá por eso algunas personas mayores irradian una serenidad especial. No porque posean todas las respuestas, sino porque han dejado de exigirle a la vida lo imposible. Han comprendido que la existencia transcurre entre posibilidades y límites, entre fortaleza y fragilidad.

La sabiduría no consiste en saber más ni en acumular experiencias. Consiste en resistirse menos a la realidad. Aceptar nuestra fragilidad no nos hace más pequeños. Nos hace más humanos. Y tal vez no exista una fortaleza mayor que la de quien conoce sus límites y, aun así, continúa viviendo con dignidad, atención y gratitud.

*También puedes leer el contenido de Lourdes Álvarez en Substack.

Lea, de la misma autora: La intuición o la paranoia

Edición: Fernando Sierra


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