Opinión
José Juan Cervera
24/06/2026 | Mérida, Yucatán
El empeño en discernir las fuentes del pasado que todavía afloran en aspectos no del todo evidentes representa una inclinación vital, una inquietud activa que sondea las raíces de la experiencia en curso. Lejos está de entrañar una perspectiva reaccionaria puesto que no pretende revivir formas rezagadas en el tiempo, sino interrogar el sentido de los elementos esenciales que adoptan las transformaciones sociales en su inminente advenimiento. Este principio se aplica como ejercicio para interpretar los contenidos de la cultura y las propensiones de las voluntades que la crean.
El siglo XIX legó cambios decisivos para sentar cimientos sólidos en lo que toca a muchas nociones ampliamente compartidas en el mundo de hoy, las cuales sostienen tendencias y actitudes generalizadas en los diversos ámbitos que definen la condición humana, a pesar de las confusiones e incertidumbres que privan en muchas conciencias como fruto de las disyuntivas del propio devenir. Así, el interés en conocer los antecedentes de lo que se valora o se menosprecia en la actualidad es un ejercicio de lucidez que redunda en beneficios prácticos, aunque habrá quien lo juzgue un simple apego a ocupaciones estériles.
Las obras que se escribieron para el teatro de esa centuria guardan significados que todavía pueden transmitir mensajes frescos a los lectores de generaciones que se sitúan mucho tiempo después de haberse representado, si están dispuestos a ponderar sus alcances reales y sus efectos sensibles. Acaso logren reconocer también las contribuciones de autores con cualidades suficientes para trascender glosas y análisis practicados en claustros universitarios y cenáculos eruditos, nombres que suelen citarse sin mucho ánimo de ligarlos con el sentido pleno en el que comprometieron sus anhelos de vida.
El México decimonónico, a la vez que adoptó ideas y costumbres originarias de otros países, se propuso forjar una definición propia alentando el desarrollo de una identidad nacional que afianzara los pasos dados a partir del movimiento insurgente, que se propuso marcar distancia con respecto a moldes rancios y quehaceres inveterados que caracterizaron los usos del régimen virreinal. Pero en este proceso pesaban aún enseñanzas del exterior ante las que no era posible cerrar los ojos por completo, ya que todo propósito de innovación en un sistema social se nutre de influencias foráneas e intercambios culturales. Tales aspectos son susceptibles de rastrearse en la vida y en la obra de sus dramaturgos. Más que referencias muertas, una y otra comportan un interés de amplitud genuina y persuasiva.
Contigo pan y cebolla es una comedia que conserva su poder de sugestión pese al contexto en que surgió y a los escenarios a los que fue destinada. Su autor, el veracruzano Manuel Eduardo de Gorostiza (1789-1851), residió un tiempo en España y la estrenó en Madrid en 1833, año de su regreso a México, donde ocupó cargos administrativos de alto rango, con un desempeño alternado en el servicio diplomático. Su faceta militar lo llevó a participar en la defensa del cerro de Churubusco durante la intervención estadunidense de 1847. Fue viajero constante y tuvo una vida agitada al calor de las convulsiones políticas de aquel entonces.
Los investigadores de la historia del teatro en México relacionan a Gorostiza con la corriente neoclásica, y refieren a Leandro Fernández de Moratín como su principal modelo. Y, en efecto, Contigo pan y cebolla identifica esos principios rectores con su escritura. Toma como asunto básico el de la pretensión matrimonial. El joven que aspira a unir su vida con la de su amada, incluso sin contar con el beneplácito del padre de ella, debe sortear obstáculos que derivan de la inquietud constante de la muchacha a reconocerse en los personajes femeninos de novelas de amor, que lee con avidez –en los parlamentos menciona la Atala de Chateaubriand y Pablo y Virginia de Bernardino de Saint Pierre– y por tanto a preferir la formación de un hogar en que el sentimiento floreciera incluso entre estrecheces materiales y no en la solvencia que brinda un enlace ventajoso en términos convencionales.
El hombre práctico y la mujer soñadora parecen encarnar los valores que enarbolaban los movimientos literarios en pugna durante esos años. El ímpetu sentimental y el acento puesto en la subjetividad que reivindica el romanticismo hacen frente a los dictados de la razón y al principio de la realidad que defiende su contraparte neoclásica. Es así como dos visiones del mundo asumen sus diferencias y tienden a estabilizarse de la mano de una táctica ingeniosa que pone en juego quien se percata, en el aún incipiente contexto doméstico, del extravío a que puede conducir una imagen exaltada y fantasiosa del trato marital.
Es una obra que puede encontrarse en ediciones de años diversos, desde las más antiguas –que son piezas de fondo reservado– a las más recientes que suelen incluirla en compilaciones antológicas, como la que Eduardo Contreras Soto seleccionó con el nombre de Teatro mexicano decimonónico (México, Ediciones Cal y Arena, 2006), cuyo propósito de hacer llegar esta clase de títulos a las generaciones nuevas es loable y digno de apoyarse, por entrañar un esfuerzo de divulgación que puede abrir cauce para el disfrute de textos que dan muestra de una vitalidad en movimiento renovado.
Edición: Fernando Sierra