Opinión
José Juan Cervera
10/09/2026 | Ciudad de México
El recuerdo tenue y la imagen borrosa se ciernen como amenaza sobre los quehaceres que tienden a sustraerse de la frivolidad en boga. Los días actuales traen, como signo de ruina civilizatoria, el despliegue voraz del lucro y el desequilibrio emocional que condiciona actitudes pasivas y enajenadas. Este clima sombrío limita espacios para el desarrollo de valores de sello humanístico al calor de la memoria que los recrea en el orden de los ciclos generacionales.
Los predecesores lúcidos que abrieron brecha en la crítica cultural de fondo y quienes la han continuado resistiendo el embate del oscurantismo en sus múltiples manifestaciones son desplazados a una zona de poca visibilidad, sometidos al desprecio y al vilipendio. Por ello es preciso contribuir a la recuperación de su legado por modesto que pudiera parecer a caracteres desatentos y a miradas censoras. Un ejemplo en este sentido recae en la trayectoria intensa y breve de un escritor y periodista que destacó entre sus contemporáneos por la calidad de su trabajo y la riqueza de sus apreciaciones: Vicente Ayora Sarlat (Mérida, 1955-Ciudad de México, 1984). Es notable que las tres ediciones del Diccionario de Escritores de Yucatán (2003, 2019), de Roldán Peniche Barrera y Gaspar Gómez Chacón, acojan su biografía, y gracias a ello existe un registro básico de su labor creadora.
En lo que toca a su obra literaria, escribió la novela La gallina ciega que, de acuerdo con información que aporta Roger Campos Munguía, permaneció inédita. También fue autor de cuentos dispersos en impresos periódicos. En 1974 publicó artículos en la revista Juzgue, en los que aborda asuntos relativos a la educación y a la cultura. En uno de ellos hace referencia a las lecturas de los universitarios adoptando el enfoque que aportan Ariel Dorfman y Armand Mattelart en su libro Para leer al Pato Donald, de edición reciente en ese entonces; toma de modelo aquel estudio que desnuda los principios rectores de las historietas de Walt Disney en su tarea de propagar prejuicios, actitudes y hábitos de consumo que imitan el modo de vida estadunidense. Algo semejante formula cuando examina los dibujos animados de Los Picapiedra, de Hanna-Barbera, apoyándose en el materialismo histórico para reflexionar acerca de los mensajes que subyacen en estas figuras de entretenimiento. Sus textos en la prensa exhortan a los jóvenes a intervenir en asuntos públicos, desarrollando una conciencia clara de su responsabilidad frente a ellos.
Entre los editorialistas de su edad que se hicieron presentes en el quincenario citado fue, junto con Francisco López Cervantes, Marcos Heredia Pérez, Julio Macossay Vallado y algunos más, de los que incorporaron ideas frescas en sus colaboraciones; otros, en cambio, se mostraron más apergaminados en su expresión que muchos de sus colegas mayores, aunque también entre estos los hubo combativos y claridosos, tal fue el caso de Pastor Escalante Marín, Leopoldo Peniche Vallado, Fidelio Quintal Martín, Clemente López Trujillo y Humberto Lara y Lara; todos ellos confluyeron en un medio impreso de carácter misceláneo que, por ello, admitió temas diversos para satisfacer, asimismo, intereses disímbolos.
Vicente Ayora Sarlat dirigió en 1973, junto con Francisco Trueba, la revista ¡Lucha!, órgano de los alumnos de la Escuela de Economía de la Universidad de Yucatán, afiliada a la Organización Periodística Universitaria; en ella colaboró el economista Constantino Paz Hernández e incluyó una entrevista al compositor José de Molina. Cabe indicar que en ese mismo año circuló otra publicación periódica con el mismo nombre, del Frente Democrático Magisterial, en el que participaron profesores militantes del Partido Comunista Mexicano; ésta resultó más duradera que la de los estudiantes.
La Revista de la Universidad de Yucatán publicó, en su número 95 (septiembre-octubre de 1974), el ensayo dedicado a Felipe Carrillo Puerto con que el joven Ayora Sarlat, en coautoría con Alberto Cámara Patrón, resultó galardonado en un certamen conmemorativo. Cuando pasó a residir a la capital del país fue colaborador del periódico Unomásuno y se desempeñó como jefe del departamento de producción de Televisión Rural Mexicana. Otros escritos suyos figuran en el Diario del Sureste. Los aciertos vinculados con su nombre llevan a evocarlo entre los creadores que ejercieron su oficio con criterio cabal.
Edición: Ana Ordaz